En los puertos de Shenzhen había un hombre que apodaban “Tsingtao”, como la cerveza. Un trabajador de la familia Hu me llevó hasta el puerto. Habló con Tsingtao, me apuntaron varias veces mientras hablaban, escuché decir “recomendada” y “familia Hu”, a pesar de que hablaban entre ellos, hacía un viento a mi favor que me permitía escuchar sus susurros. Tsingtao contó los 80,000 yuanes que había enviado mi padre, ambos afirmaron con sus cabezas y se dieron la mano. Así fue, que en el puerto mercante de Shenzhen me convertí en una mercancía, en una transacción. Tsingtao me llevó hacia una zona de contenedores donde, escondido, había un contenedor marítimo que era en realidad una oficina, ligado a otros más que formaban un complejo escondido, había analistas en computadoras viendo pantallas, escribiendo y hablando por teléfono, después de un camino angosto entré a un comedor muy sucio, que al menos tenía aire acondicionado, ahí habrían unas quince personas, la mayoría mujeres, jóvenes, un par de parejas y un hombre mayor, sentados en el piso, esperando. —Faltan tres más, quédese ahí, ahí hay una máquina expendedora, compre lo que pueda que no volverá a ver una en tres semanas, me dijo casi al oído Tsingtao. —Pasaremos al contenedor en dos horas máximo, prepárense. Dijo para el resto. No volteé a ver a nadie, saqué mi copia de Crimen y castigo y me sumí en ella.
Durante todo el tiempo que pasó desde que supe de mi destierro, pensé en todas las bifurcaciones que tenía mi vida en ese momento, yo era una buena persona, pero pensaba, bajo qué escenario la tesis de matar por el bien aplicaba a mi situación. Aiko sería por placer, ello me vilificaba, salvo que fuera por venganza de la muerte de mi madre, pero no tenía pruebas y ello me convertía en una falsa víctima y la convertiría a ella en una mártir ante los ojos de mi padre, que no dudaría en deshacerse finalmente de mí, como “mercancía dañada”, sin contar que las relaciones que llevaba con la esposa del señor Hu complicarían todo. Matar a mi padre me abriría de par en par las puertas del infierno, al que parecía caer irremediablemente, podría terminar su asesinato con un suicidio, sería la comidilla de toda la colonia industrial de Dongguan. Aiko heredaría una pensión por parte de la familia Hu, los gemelos tendrían sus estudios pagados por la misma, serían gente de bien, niños caídos en desgracia, apoyados por toda la comunidad para salir adelante, Aiko vencía. Mi vida propia, eso no haría ningún cambio, Aiko igual habría ganado. Cuando pensé en cómo me desharía de los gemelos sentí una punzada de repulsión en el estómago, no podría. Definitivamente aquello me hizo sentir que una buena parte de mi humanidad estaba intacta, no era una mala persona, la calma con la que me veía estrangulando a mi padre y luego aventándome al río o dando hachazos sobre el cráneo de Aiko me hacían pensar que la idea de deshacerse de mí era acertada, era mercancía dañada, «no todavía», pensé.
Un contenedor marítimo con aire acondicionado posicionado sólo, en una parte olvidada de un barco de carga contenía 22 personas: 13 mujeres menores de veinte años, 2 parejas de recién casados en sus veintes, 5 hombres, uno mayor de cincuenta y 4 hombres jóvenes. De los 4 hombres jóvenes, 3 eran celadores, el otro era Tsingtao. 18 personas a 80,000 yuanes cada uno: 1,440,000 yuanes. Era una cantidad obscena de dólares, más o menos 10,000 dólares por persona, hubiera pensado que el infierno era el pago por tu maldad, no que tenía costo de entrada.

Pasaron dos días en silencio, había una luz tenue dentro del contenedor que venía acondicionado para mercancías, pero tenía un baño pequeño. Tsingtao repartía toallas húmedas con limpiador y desinfectantes cada mañana, así como bolsas con comida chatarra y huevos de codorniz en vinagre al vacío en bolsas selladas. Una botella de 1.5 litros de agua para todo el día por persona. Los primeros días leí y seguí meditando, diferentes formas de matar venían a mi mente como un flash esporádico. El tercer día las cosas se descompusieron cuando a uno de los celadores se le ocurrió frotar los senos de una de las chicas mientras dormía, la chica le dio una patada en la nariz al incorporarse asustada y un chorro de sangre brotó sin más. Tsingtao corrió hasta el lugar, pensé que golpearía al celador, erré, entre los dos patearon a la chica hasta dejarla inmóvil. El resto de la tripulación no hizo absolutamente nada, cuando traté de levantarme, los otros dos celadores estaban tras de mí y me dijo uno al oído, mientras siseaba su asquerosa lengua en él: “si metes tus narices de nada serviría tu protección boxeadora, aquí en el mar, nadie tiene derechos”. A partir de ahí, estábamos en un mundo nuevo, «bienvenida al segundo círculo del infierno» pensé, ¿o era el séptimo?, nada nunca es tan simple, Dante no sabía nada… de nada.
Al décimo día los celadores habían logrado tocar a las chicas sin que nadie se los impidiera, los dos hombres con pareja cuidaban a sus esposas, en un amago que hizo uno de ellos, dos celadores se acercaron a su mujer, el hombre desistió. No las habían violado, pero las obligaban a dejarse limpiar el cuerpo con toallas húmedas por las mañanas y dejarse tocar. Cuando me entregaban mis toallas reían y me hacían poses ridículas de artes marciales, propias de películas viejas de kung fu, sabían perfectamente quién era. Esto se fue exacerbando y un día una de las chicas, seguramente buscando tener un poco de ventaja, comenzó un coqueteo con los celadores, a cambio le empezaron a dar una ración extra de comida, luego otra hizo lo mismo, y otra más. A los días las tenían compitiendo por raciones extra de agua, comida o dulces. Tsingtao reía. Llegó el día veinte, el día que llegaríamos a puerto se aproximaba, una de las chicas accedió acostarse con un celador y tuvieron sexo en un cuarto improvisado con cobijas y cobertores que venían en las cajas. Luego otra.
Pasaron cinco días, ya eran veintisiete días y no salíamos del contenedor. Se escasearon las toallas húmedas y el desenfreno de las chicas subió de tono, peleaban entre ellas por hacer favores a los celadores, llegó el punto donde hacían concursos felaciones, y estas eran ahí, enfrente de todos, la ganadora se llevaba una golosina o lo que iba quedando, que no era mucho. Se escaseó la comida y los hombres de familia se comenzaron a impacientar, a exigir que parase el pago de comida extra por sexo. Los celadores reían, Tsingtao los ignoraba. Llegó el día treinta. La comida se racionaba, el agua también.
Cuatro o cinco días después el sexo ya no era una opción, el olor del contenedor era casi insoportable, aún con el poco aire que salía de las cortinillas donde se supone que estaba el aparato de aire acondicionado. O todavía no llegábamos al puerto o no abrían el contenedor, había dejado de sentirse el vaivén hacía días, «pronto estaremos muertos, ¿sería una casualidad o sería un crimen?, sólo si los cogen», pensaba.
Quedaban 20 litros de agua, los hombres se levantaron y estaban dispuestos a discutir con los celadores. Uno de ellos empujó a un celador y el mundo se le vino encima, los tres celadores comenzaron a golpearlo, la mujer gritaba y Tsingtao la restringía, el otro hombre regresó con su mujer y el viejo observaba desde su lugar. Cuando terminaron de golpearlo, el hombre del suelo no se movía, la mujer sollozaba casi en silencio, amenazada para que no hiciera más ruido.
Los celadores dejaron de ofrecernos agua. Aparentemente las chicas del sexo buscaron otra opción e hicieron un plan, en la siguiente madrugada, intentaron robarse agua mientras todos dormíamos, yo desperté cuando los celadores las golpeaban, sin piedad, había dejado de funcionar el aire acondicionado por la noche, el aire apenas entraba y hacía un calor insoportable. En un momento de rabia, el marido que no había sido golpeado se lanzó a la lucha, Tsingtao sacó un cuchillo y lo paró en seco al hundirle la hoja de acero en el estómago, la mujer gritó y se lanzó de forma desesperada, no duró mucho peleando, Tsingtao la tomó del pelo y le levantó la cabeza luego de haberla golpeado en el estómago y pateado la cara, le cortó el cuello mientras me miraba, siempre me miraba cuando alguna acción habría de generar violencia. En ese momento me vencí, supe que no saldría de ahí y que no moriría peleando, si bien una parte de mi mente deseaba levantarse, no podía reaccionar, eran muchos días sentados y mi debilidad y deshidratación tenían lo mejor de mí, una vez más, me pasmé, callé y observé, el infierno se hizo aún más insoportable cuando el olor a metal de la sangre atizó el contenedor, la sed era inclemente y no sabía si moriría de sed, hambre o miedo. El viejo seguía sentado, se paraba y se sentaba sin proferir sonido alguno, como lo había hecho por los últimos 35 días.
Hubo quietud, creo que todos pensamos lo mismo, era preferible morir esperando el final que a manos de estas bestias. Mientras recobraba el conocimiento y sentía que no podía respirar más, un poco de agua entró en mi boca, no abrí los ojos, esperaba lo peor. En otro momento se repitió el proceso, no supe más.
Sobrevivieron 4 chicas menores de veinte, 1 hombre moribundo, su mujer, 1 hombre de 50, 3 celadores y Tsingtao. 11 de 22. Los otros 11, en altamar, supongo.
Desperté en una casa, las paredes eran de madera roída y tierra remojada, había polvo en las ventanas, que estaban tapadas con pedazos de cajas de cartón, tenía un suero intravenoso conectado a mi antebrazo izquierdo. El viejo del contenedor se asomó tras una cortina, me vio y se fue. Una mujer entró a verme, me trajo gelatina de fresa y un vaso de agua con un sabor repulsivo, tenía que tomar “tragos pequeños”, me decía una y otra vez, la mujer hablaba cantonés, impulsivamente busqué mis cosas, en una caja de madera de las que se usan para la verdura estaba mi libro de Crimen y castigo, era todo lo que había, yo, desnuda bajo una sábana casi translúcida y con pequeños hoyuelos, seguramente causados por grillos o chinches, respiraba…respiraba… eso era lo raro, respiraba.
Nunca supe porqué no moví un dedo para pelear en ese infierno, nunca me he perdonado el haber juzgado a las chicas, que por lo que terminó siendo una oportunidad de sobrevivir, se dejaron sodomizar a cambio de comida, pero ¡qué diablos!, venían de Dongguan, ¿qué otra cosa podían hacer? Este episodio amenizaría mis madrugadas por muchos años.
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