Trabajo, amor y traición.

   Con las semanas me fui acostumbrando al horrible calor de este desierto, entraba y salía de la cocina, donde hacía más calor y además respirabas aceite. Me levantaba a las 6:00 AM para hacer ejercicio, eso me mantenía la mente clara y en esas dos horas que estaba ahí en mi lugar haciendo esfuerzo, tenía al menos una sensación de propiedad sobre mi persona. A las  9:00 AM estaba ya limpiando y lavando verduras en la cocina, cuando había menos gente empezaba a atender clientes, pensaba que el saber inglés me había ayudado, no sé porque pensaba eso, a empezar a hablar español, sabía decir los platillos del menú y con mi acento cantonés podía establecer una conversación sencilla con los comensales, y aunque la mayoría de las meseras eran mexicanas, pues a ellas si les pagaban, los días bajos atendíamos nosotros para abatir los costos, Juan Lee era un avaro pero él se veía sí mismo como un gran hombre de negocios, guapo y bondadoso, el muy panzón. Fui entendiendo en qué consistía La Cofradía, era una organización que ante el mundo aparentaba ser un club de empresarios chinos, una cámara, pero el tráfico de influencias y las ligas con el Partido Comunista eran innegables, definitivamente habría drogas, si había tráfico de gente en esa escala. 

   Era un jueves, cuando al llegar me encontré a un chico sentado en la cocina, su cara dotada todavía del terror del viaje era sin duda hermosa, imaginando lo que acababa de vivir me acerqué a platicar, era del mismo Shenzhen, se llamaba Wang. Platicamos un poco durante los primeros días. Pero al tiempo comenzamos a ser muy amigos, nos reíamos y guiñábamos durante el trabajo constantemente. Un día mientras servía a miembros de la comunidad china, al servir la sopa, Wang hizo unos pasos de reversa a la Michael Jackson para mi entretenimiento y sonreí como tonta, una mujer de la comunidad me tomó del brazo con fuerza, de una forma que me inmovilizó y me obligó a quedarme pasmada, de nuevo. —Él no niña, él no. Cuando quise contestar, la señora estaba tranquilamente batiendo sus palillos en su sopa, con bastante maestría, nadie más en la mesa hizo sonido alguno. Regresé contrariada y le pregunté a Xiang por la extraña señora. Xiang salió y regresó blanca. —No quieres tener nada que ver con Mei Liang niña, esa mujer es un demonio. “Otro demonio”, pensé. —Hey Ronda Rousey, ayúdame que acá hay una pila de 200 platos y viene un grupo grande, dijo Wang. Mi rostro se iluminaba cada vez que me hablaba, Xiang, con un rostro de complicidad asintió para permitirme ayudarle. Wang no era listo como Peter ni veía películas de Kung Fu, le gustaba la música Pop, escuchaba a Ricky Martin cuando nadie le veía, era adorable, aunque no era tonto, tenía esa inteligencia de saber cosas de los mayores y sobre todo de La Cofradía. Alguna vez le pregunté porqué lo habían exiliado, sólo decía que su padre había hecho un trato, nunca mucho más. 

   Una rara tarde de otoño en que llovía a cántaros en Mexicali, cosa que ocurría un par de veces al año, los recuerdos de mi última y única noche con Peter llegaron de golpe, me pregunté porqué, en tres meses no se me había ocurrido escribirle, no podría, yo no era la misma persona, ¿qué le iba a decir? Esa noche salimos temprano, pero había un grupo especial de La Cofradía y Xiang se debía quedar a atender a los invitados VIP, me mandó sola a los apartamentos, salí al mismo tiempo que Wang y este me acompañó, le dije que entrara hasta que bajara la lluvia, los apartamentos donde vivían los hombres estaban a dos cuadras. —¿Por qué saliste de Dongguan? La pregunta me sobresaltó. No había tocado el tema con nadie, ni siquiera había recibido cartas de mi padre, salvo cuando me escribió de puño y letra de Aiko, que todo estaba bien y que era una bendición que estuviera yo bien y en Mexicali. Tardé dos horas en platicarle mi historia, por primera vez lloré desde aquel momento en que se me secaron las lágrimas, ni siquiera en el infierno de contenedor ese derramé una. Lo vivido ahí no se lo conté nunca a nadie, creo que se sabía, pero nunca hablé de ello. Al terminar mi historia Wang me besó. Mi primer beso, ahí, como testigos sólo dos arañas que me acompañaban desde hacía un mes a las que apodaba Aragog A y Aragog B. El beso duró mucho más de la cuenta, luego vinieron besos en el cuello y algo más, cuando me di cuenta ambos teníamos ya el torso desnudo, Wang sacó un preservativo, y si bien me detuve en frío al verlo, después de un momento de duda me entregué, ahí, en la cama de mi compañera de cuarto, ahí dejé la niñez, al menos físicamente, desde hacía mucho no me consideraba tal, pero mientras sus manos me tocaban yo me estremecía, me dejé llevar, luego tomé el control como si fuera la protagonista de una película americana, clasificada R. 

   Al irse Wang cambié las sábanas a mi compañera y me dormí, con el olor de nuestros cuerpos en la fibra de las sábanas descansé en una ensoñación permanente, sonriente, si no era felicidad, porque yo no podía saber lo que era ser feliz, se debe haber parecido. 

   A la mañana siguiente me levanté más tarde, aun así, hice mi rutina: 6 rounds de sombras, 10 series de piernas, saltos, ejercicio abdominal, lagartijas y estiramiento, la primera serie de Yoga Ashtanga, lo último que aprendí de mi maestra en Dongguan. —Buenos días, ¿cómo estuvo el amor, niñita?, enmudecí. —No sé de que hablas, repliqué. —Estaba guapo el niño, luego lo traes de nuevo y entre las dos le hacemos el día, sirve que te enseño algún truco, algo tendrás que aprender a hacer, aparte de fregar platos. —Que te den, contesté. —Me dan diario niñita, y luego me pagan, por cierto, en tres meses es la segunda vez que hablamos, al menos podríamos hacerlo más seguido. Quizá te sirva dejar esos libros y conocer la ciudad. Reflexioné un minuto. —De acuerdo Xie, de acuerdo, pero deja de decirme niñita. —Es un trato Shui Li, acto seguido me guiñó un ojo y regresó a dormir, cuando salí de bañar, Xie roncaba de nuevo. 

   Al llegar al Nuevo Cantón, Xiang me esperaba con un rostro serio. —Ven, tengo que decirte algo. Fuimos a la parte de atrás de la cocina, donde estaban los tanques de gas, que era donde fumaban en secreto los cocineros, listos ellos. —Tengo varias cosas que decirte. —¿A mí? —Sí, a ti. Primero, te manda esta tarjeta Mei Lian, era una tarjeta con el símbolo del dragón, mi símbolo zodiacal, las características y años de nacimiento. —¿Qué tengo que hacer con esto? —Yo no le hago preguntas a Mei Lian, los santos me libren y Buda me acompañe. —¿Es todo?, la cara de Xiang se descompuso de nuevo. —No, ayer me enteré quién es Wang, por alguna razón sus palabras me cimbraron hasta la médula, asentí sin poder decir palabra. —Wang es hijo de una rama de la familia Wu, que son los que controlan los transportes de carga en Shenzhen, así como el tráfico de personas, un tío de él es muy conocido, le apodan Tsingtao. Al escuchar esto las piernas me flaquearon y el mundo me dio vueltas. —Y eso no es lo triste niña, Wang Wu, viene a casarse con la ahijada de Juan Lee, la nieta del líder de La Cofradía en Mexicali y se casará en enero en San Francisco. Está esperando tener sus papeles mexicanos y luego su visado americano, eso es lo que hace mientras trabaja aquí, además aprende el negocio porque se hará cargo de un restaurante en San Francisco una vez que se case. 

   Con esas palabras solamente, fueron varios los niveles de descenso en este infierno, mis vivencias en los últimos 4 meses habían cambiado todo mi horizonte, hacía un par de años me hacía campeona olímpica para estas fechas, la más joven. Seis meses atrás pensaba en mi preparación para Beijing, en un nuevo deporte, y en Peter. De todos los descensos este fue el de menor impacto visible, pero sería el que menos olvidaría y el que más me marcaría, la traición era una cosa, pero ser usada por un hombre era algo peor, demasiado personal. Aun así, de nuevo pensé en las chicas del contenedor, ellas se habían dejado usar para sobrevivir, habían muerto haciendo algo al respecto, lo que estaba en sus manos y yo, yo había sido usada por tonta. No hay nada que afecte tu seguridad como la traición en el amor, más, cuando tienes dieciséis. 

   No recuerdo nada de esa jornada laboral. Le buscaba el rostro a Wang y él actuaba como si nada hubiera pasado, no me volteaba a ver y hacía sus labores, aun cuando se percató en mis ojos que algo había cambiado, hizo caso omiso y siguió con sus rutinas. Su maldita sonrisa perfecta, su español aceptable y su inglés británico daban una fachada perfecta para un chino occidental, su desfachatez completaba el círculo, era material de La Cofradía, “perteneces, hijo de puta”. Al salir, nos fuimos directo al apartamento, Wang salió detrás de mí y de Xiang, —Ronda Rousey, ¿a dónde vas?, hay postre y cena para todos. —Dame un minuto, le dije a Xiang. —No demores, te espero en la entrada. —¿A qué has venido a Mexicali?, pregunté. —Como todos, a trabajar. —¿Cuánto tiempo trabajarás en el Nuevo Cantón?, y, ¿qué relación tienes con Tsingtao? Al mencionar a su tío su mirada cambió.  —Espera, sé lo que pasaste ahí, cosas salieron mal, no es culpa de mi tío. —¿Sabías? —Todos sabemos Rousey —¿Y tu esposa? Dio un paso atrás y ahora sí cambió su semblante. —Escucha, no la conozco, yo que sé, son cosas de familia, tú y yo nos podemos seguir viendo. No terminó la frase cuando sin pensarlo, mi pie había impactado de lleno su cara, inmediatamente después, un volado de izquierda le hizo caer al suelo, sin pensar, mi rodilla derecha había impactado su nariz. Un flujo de sangre brotó de su rostro mientras Xiang gritaba: “Te van a matar idiota, ¡para!, ¡para!, ¡para!” Una patada circular en su costillar izquierdo cerró la tanda, Xiang gritaba y movía las manos frente a mí. Caminé rumbo a mi habitación y me encerré, cerré los ojos, a buena hora se me quitó el pasmo. 

   A la mañana siguiente tocaron a mi puerta a las 5:45 de la mañana. Xie se levantó, abrió la puerta y salió. —Levántate. La voz seca provenía de una mujer de 1.65 mts, delgada y fibrosa. —Mueve ese enorme trasero y ponte frente a mí. Lo hice lentamente, ¿enorme trasero?, ¿qué se cree? — Lo que hiciste ayer ha cambiado toda tu existencia, niña imbécil. Agaché la cabeza, no dije nada. —Llegaste como activo de La Cofradía… —Claro que no, llegué porque la perra de mi madrastra me tendió una trampa… —¡Cállate! Están evaluando desaparecerte, dormirte como perro sin control, te advertí aquel día, es que aparte de gorda eres bruta. La bilis no me brotaba por lo bruta, me brotaba por lo gorda, ¿gorda?, ¿gorda? — No pensé que… —Exacto, la que no piensa se muere, así funciona el infierno en el que te has metido, ¡bruta! Un silencio, obvio incómodo, vino de inmediato. Mantuve mi mirada firme ante este demonio, como le llamaba Xiang, nunca le pregunté por qué, mira que si soy bruta, era la pregunta que debía hacer, pero estaba embrutecida, enamorada, pendeja. —Me dicen que hablas bien español. —No tan bien, pero puedo hablarlo. — Estaremos evaluando tu situación, no está nada dicho. No salgas de tu habitación, Xiang te traerá comida, pero no puedes regresar a trabajar hasta que se decida tu suerte, y ni se te ocurra escapar, que tus puñetazos débiles y tu trasero gordo no durarán mucho en la calle, terminarás en una fosa común en menos de un día. Regresaré cuando esté decidido. 

   Pasé diez días encerrada, afortunadamente en mis escapadas con Wang había conocido una librería llamada Sanborns, y estaba acompañada del ingenuo de Dante, su Divina comedia y El retrato de Dorian Grey, 2 por 100 pesos, una ganga que, con lo que ganaba era lo que había, no estaba mal. Cada que mi mente divagaba pensaba en qué pasaría si me convertía en asesina, qué pasaría si mataba a: Xie, Xiang, Wang, Juan Lee… Cada iteración de mis pensamientos tenía una serie de eventos distintos, en todos y cada uno de ellos Mei Lian terminaba con mi vida, en ninguna pude vencerla, era como ver una película con diferentes finales en la que distintas situaciones se daban en función de cada decisión. No sé si era el hecho que me llamara gorda o en cómo me hablaba, pero había algo muy peligroso en la forma en que se movía Mei Lian, era como ver a una pantera. Además, era sumamente perturbador en cómo había salido Xie del cuarto aquella mañana y no me había vuelto a dirigir la palabra desde entonces, ni siquiera estaba durmiendo en el cuarto, sólo venía por ropa. Leí y divagué mientras incrementé mi ejercicio a 3 horas diarias, ahí como presa, en mi celda. 9 rounds de sombras, 20 series, piernas, abdomen, espalda, brincos, brazos, la serie de Ashtanga completa para terminar. 

   En mis divagaciones hice comunión con Dostoyevsky. Raskólnikov erró, se dejó atrapar, ese fue su error, debió matar al juez, no dejarse atrapar, debió matar a Sonia, no enamorarse de ella. 

—¡Despierta ya!, eran las 5:45 AM, de nuevo. Mei Lian estaba parada frente a mi litera. Bajé sin decir nada, estaba despierta, tenía al menos 15 minutos viendo al techo en la obscuridad. Imaginando a las Aragogs haciendo su telaraña, pensando que era una de ellas, hilvanando la trampa para la mosca Wang, para el grillo Aiko. —Tienes suerte, se ha decidido que trabajarás para La Cofradía, por medio mío, deberás servir platos de día con Juan Lee, pero ciertas noches deberás servir de otra forma, lo lamento, al menos vivirás. No tardé mucho en entender. Cuando finalmente lo hice abrí los ojos y una lágrima brotó de ellos, no me sentía triste, estaba enojada. —Entrenarás conmigo en mi gimnasio, tu nueva disciplina será el wing chun, cuando estés lista, quizá otros trabajos vengan. No dije palabra alguna. Otro silencio incómodo se creó entre nosotras. —Báñate, haz tu rutina, empiezas a las 11:00 AM, sales a las 6:00 PM, te veo en el gimnasio. Dile a Xie que te lleve, ni se te ocurra llegar tarde. —Wang… —Wang se ha ido a San Francisco, Xie y Xiang han explicado al comité tu versión por ti, contradiciendo la de él, que por cierto implicaba que lo sedujiste para evitar su pactada boda, pequeño imbécil, no tendrá lo que merece, pero no le irá tan bien como él pensaba, aun así, su familia tiene poder en La Cofradía, le buscarán otra esposa con menos… gracia. Muévete gordita. Con esto se fue, ¿gordita?, ¿gordita?, ¿qué se cree? 

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