Una camioneta llena de pan llevaba a mi cuerpo, que seguía falto de espíritu e inteligencia, a un lado de un hombre viejo, que, viéndolo de cerca y con luz, habrá tenido más de sesenta, era el mismo que venía en el contenedor desde Shenzhen, tampoco aquí cruzamos palabra. La camioneta venía repleta de pan y galletas de la suerte, habré comido cinco bollos a escondidas de mi acompañante, en una dormida que se dio. Cuatro horas nos separaban del hospital de la “Masacre de la motosierra”, una choza en un área agrícola en el sur de Ensenada, mi morada por sabrá el diablo cuántos días que nunca conté, de un restaurante chino llamado “El Nuevo Cantón” ubicado en el verdadero infierno terrenal, nuestro destino: Mexicali.
Bajamos a un calor inaudito que después supe eran 51 grados centígrados a la parte trasera de un restaurant. Nos pidieron descargar la camioneta y acto seguido nuestro chofer se fue. A recibirnos llegó un hombre gordo que hablaba un cantonés muy extraño, no pude ubicar el acento, era el aquí famoso cantonés mexicalense, el que hablaban las segundas y terceras generaciones de gente llegada de Cantón. — Lee Lian, tu hermana Mei Lian me ha hablado mucho acerca de ti, bienvenido, ella te espera afuera, pasa por la cocina, está en el restaurante. —Tú debes ser Shui Li, te esperaba, aguarda un momento aquí mientras ayudas a acomodar estas cajas en la cocina, mi nombre es Juan Lee y soy primo tercero o algo así de tu padre, vienes a trabajar conmigo, no conozco bien a mi primo, pero vienes recomendada por la familia Hu de Dongguan, ¿qué habrás hecho para que te echaran de la ciudad de las putas? Bueno, aquí no es muy diferente, anda, anda, muévete ya.
—El hombre del contenedor me observó e hizo una pequeña reverencia, dio la media vuelta y se fue. La cocina estaba sucia y pude ver dos ratas corretearse la una a la otra por una canaleta cercana al techo, olía fuerte, a aceite quemado de ese que se usa varias veces y termina pareciendo petróleo, se respiraba la melcocha en el aire, con mucho esfuerzo moví las cajas, mis fuerzas estaban aún bastante mermadas, al pasar por un espejo vi una calavera de lo que en China fui, asumo que mi peso apenas rozaba los cuarenta kilos, quizá menos.
—Muévete niña que las cajas no se mueven solas, me dijo una mujer al pasar. Todos en la cocina seguían sus labores mientras me observaban con disimulo, el vestido que me había dado la señora en Ensenada, mi ángel o mi demonio, mas bien mi otra celadora, estaba atado con un listón y me quedaba como una túnica enorme. Tampoco supe el nombre de la mujer, ni pregunté, en ese momento, cuando alguien me saludó intenté contestar, para mi sorpresa no pude, no había hablado palabra desde Shenzhen, se me había ido la voz, así me mantuve, supongo que mi cobardía, el haberme visto fuera de mi cuerpo por días sin saber si estaba viva o muerta y el olor a metal que todavía podía sentir en los dientes me habían desgastado hasta volverme un trapo.
Juan llegó una hora después, una vez que acomodé las cajas, la señora que me había apurado pasó y me dio una escoba, no dije nada, barrí. —Aquí estás niña, me dice Lee Lian que no hablas, pero a mí me habían prometido una atleta y mira nada más, uno paga por buenos empleados y ¿qué recibe?, tremendos esperpentos. Ayudarás a la señora Xiang en la cocina, harás todo lo que ella te diga hasta que te diga yo lo contrario, anda, anda, anda que los platos no se sirven solos, es domingo, estamos a reventar, muévete, anda.
En la noche, ya como a las 11:00 PM, la señora Xiang me llevó a unos apartamentos que estaban a media cuadra del restaurante, el lugar era muy sencillo y pequeño, se notaba que habían metido más cuartos de los que estaban originalmente, se hubiera visto deplorable si no fuera que estaba excepcionalmente limpio. Me dio una bolsa con jabón y artículos de limpieza y me apuntó a una litera. —Vas arriba tú, abajo no, abajo es de alguien, aséate y descansa, mañana el trabajo empieza a las 9:00 AM.
Una idea había dado vueltas en mi cabeza durante toda la tarde, mi padre o el señor Hu pagaron 80,000 yuanes porque yo llegara a salvo. Once personas murieron a pesar de que habían pagado 80,000 yuanes cada uno. Llegamos de milagro, algo obviamente se salió de control, pero dijo Juan Lee que él había pagado, mi padre pagó por deshacerse de la “mercancía dañada”, Juan Lee pagó por otra mercancía, pagó…pagó, ¿me compró? ¿Cuánto dinero había aquí? O… ¿Quién mentía? Intuí que nadie, esto era una especie de mafia. Recordé las palabras de mi padre, él dijo empezar de cero, esto no era empezar de cero, esto era empezar bajo tierra, este era un infierno que se revelaba a sí mismo en capas, como una diantre cebolla.
Por la mañana bajé de la litera, había una joven dormida, delgada, con senos prominentes según se veía por fuera de la sábana, tenía aún rímel en los ojos y claramente estaba desnuda. Colgado en un clavo en la pared había un vestido rojo, pequeño y muy corto, “las putas de Dongguan, las putas de Mexicali”, pensé. Al verla dormida e indefensa, pensé de nuevo en Crimen y castigo, y lo iluso y afortunado que era el imbécil ese, ¿cómo le pudieron pillar?, quizá fue que lo leí tantas veces, era mi único acompañante por tanto tiempo, concluí que Dostoyevsky había creado a Pinocho, cuando la chica de la litera de abajo y yo, éramos niños de verdad. Vino de nuevo a mi mente el sabor a metal en mi garganta, el olor a muerte… “no hice ni putas madres”, se murieron, vivo por cobarde, chuparles la pija a los animales esos requería más valentía que la que yo tuve, ahora entiendo, no, no entiendo nada, no soy nada, no existo, soy una masa de carne en el suelo, estuve viendo a las demás pelear con las herramientas que tenían a la mano, yo pasmada, no merezco vivir… ¡Vaya al diablo!, me ha trastornado Dostoyévsky, “¡Vete al diablo!”, dije en voz alta, mis primeras palabras no podrían ser otras, estaba viendo fijamente el vestido rojo con lentejuela. —Y ¿tú qué eres?, ¿puta, mesera o cocinera?, soy Rubí, jaja, en realidad me llamo Xie, tú ¿cómo te llamas? Después de un largo silencio dije: “Shui Li”, y esa fue toda la conversación con mi nueva compañera, por muchos días.
12 horas diarias, 28 días al mes son 336 horas, que al equivalente de 5 dólares por hora que se podían llevar los meseros regulares eran $1,680 dólares al mes. Eso era lo que no me pagó Juan Lee esos meses. 80,000 yuanes o $9,390 dólares que cobraron Tsingtao y sus asesinos, otro tanto que pagó Juan Lee por mí. Menos los 100 dólares que recibía para artículos personales al mes… Estos cabrones estaban haciendo dinero, con razón los demonios la pasan bien, ¡hijos de puta! Alguien estaba haciendo $37,740.00 dólares ese año conmigo, entre contrabando y salarios no devengados, y yo era una empleada de piso, ni siquiera era puta como Xie. En los apartamentos dormíamos 40 mujeres, había otro de hombres y ahí dormían hasta 6 por habitación, podrían haber 120. Si las cuentas fueran lineales, había seis millones de dólares, sólo bajo el control de Juan Lee, sólo en salarios, sin contar ventas, ganancias ni contrabando. ¿Dónde me metiste Aiko?, te odio… claramente escuché en mi mente la voz de Aiko, dulce y llena de hipocresía: “Bienvenida a La Cofradía Shui Li, tienes lo que tu madre merecía…”
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