Mei Lian

   Siempre fue parte de mi vida la pintura del dragón en tinta. Me decía mi padre que al ser un dragón de tierra tendría una función importante en mi entorno, y que representaría a China en el mundo. De niña soñaba con tatuarme un dragón en la espalda o en el cuello. Cuando Mei Lian me envió con Xiang la tarjeta del dragón asumí que era para que supiera que sabía mi fecha de nacimiento, que sabía más de mí. Mientras estuve en la cocina en mis primeros meses un cocinero me platicó la leyenda de un dragón que fundaría el nuevo Cantón en las faldas del desierto, sobre las ruinas del primer intento, que regeneraría la tierra, luego, bromeando que era yo, me mandó a lavar los vegetales y librarlos de la tierra, el muy cabrón. Tiempo después supe que esto era parte de las leyendas chinas de la ciudad, ya que se había encontrado esto escrito en un documento, dejado en algo así como una cámara del tiempo en la que un hombre, de los primeros pobladores, uno que había sobrevivido las muertes del chinero y vivido sus últimos 20 años bajo los subterráneos de La Chinesca había dejado para sus descendientes. En Cantón, somos un pueblo que vive en la barbarie, pero come de las putas, no de la guerra, decían en Dongguan. 

   Al paso de las semanas pasaba de 6:00 PM a 11:00 PM en el gimnasio de Mei Lian. Ella estaba algunos días, me dejaba un listado de tareas por cumplir, entre las que estaban llenar de agua los bebederos, lavar los pisos y dejar limpio el gimnasio para la mañana siguiente, se habrá creído que yo era Daniel-san, ni siquiera bromeé con ello, no creo que Mei Lian hubiera visto Karate kid. Hacía hasta 3 horas de pelea y práctica de wing chun. El wing chun no era tan parecido al judo como pensaba, requiere, además de la flexibilidad del yoga, la velocidad y fuerza del box, consiste en utilizar la fuerza de tu contrincante en su contra, muy de mujeres la cosa, de hecho, es la única arte marcial inventada por una mujer. 

   Llegó mi cumpleaños 17 sin fanfarrias, en un año ya había estado al borde de la muerte un par de veces, salido de casa, cambiado de continente, convertido en esclava, aprendido español y endurecido mi cuerpo como no lo había hecho en mis previas preparaciones. Recibí un pastel de dulce en el Nuevo Cantón de parte de Juan Lee y una cadena para mi muñeca con el hanzi del dragón de Mei Lian. Al llegar la tarde, cuando llegué al gimnasio se apareció Mei Lian de forma sorpresiva, sin haber entrado por la puerta principal, que hacía sonar un conjunto de campanas al abrirse, ello implicaba que el gimnasio estaba unido al sistema de subterráneos de la comunidad china, algo que desconocía. —No quería que llegara el día, Shui Li, me has sorprendido gratamente en tus entrenamientos, después de todo, “trasero gordo” puede pelear. «¿Trasero gordo?, ¿trasero gordo? ¿qué se cree?» —Dime Mei Lian, repliqué con sequedad mientras bajaba la cabeza, como lo hacían todas las mujeres cuando le hablaban. —Tendrás que ofrecer un servicio a un cliente de La Cofradía, deberás tener relaciones con él. Sabía que de eso se trataba, pero al no haber pasado nada en tanto tiempo y sin saber para qué entrenaba tanto, me hice otras ideas, claro, era estúpida. Me había llegado la hora, sabía que las chicas lo hacían, pero pensé que, por ser menor, pensé, «sigue pensando pendeja», me repetí yo misma. —Es tu primer trabajo, sé que no eres virgen, pero el hombre espera toparse con una virgen así que no es necesario que sepas hacer nada, y probablemente no pida pruebas, eres deportista y eso lo explicará. —Pero… —Estás bajo la protección de la cofradía, no pasa nada. Deberás seducirle, irán a un hotel aquí en La Chinesca, él estará en un bar a dos cuadras. Hablarás con él y te comportarás de forma sugestiva, cuando te invite a tener sexo, aceptarás y te deberás asegurar que el crea que te gusta, es posible que sea rudo y te lastime. —No me dejaré lastimar. —Harás lo que yo te pida, te guste o no. El hombre se llama Ramiro Salido, tiene 52 años y esta es su foto, tómala. Ha pagado buen dinero a La Cofradía para acostarse contigo, ¿qué pensabas, que eras especial? En tu estado, o sirves a La Cofradía o no existes. —Está bien Mei Lian. —Ganarás dinero, 50 dólares por tu primer trabajo, si sale bien podrás ir luego ganando más. —¿Cuánto cobra por mí La Cofradía? —Ja, ja, la pregunta de toda prostituta, créeme, violar a una china, virgen y menor de edad no es barato. 

  “Violar a una virgen menor de edad no es barato”, hijos de puta. 

   Llegué al bar, se llamaba “El gato pardo” era un bar viejo de los años sesenta, había prostitutas muy mayorcitas y trasvestis, estaba sucio y medio vacío. Un hombre se me acercó al llegar y me dijo: “tú debes ser la chinita” —Y ¿tú qué crees pendejo?, contesté. —No se enoje chinita, que la paso para atrás antes de dársela al viejo, cabrona… ven, te espera tu… cliente. 

   Ramiro Salido era el líder de la cámara de comercio local, según supe después, gustaba de pagar prostitutas de noche, pero de día manejaba una de las redes de contrabando de autos de americanos más grande de México, clonaban placas mexicanas y cruzaban los autos por la garita, conducidos por americanos, luego los vendían en el sur del país, daba su mochada al general del ejército y al secretario de comunicaciones y transportes en la ciudad de México, sin contar al gobernador del estado. Además, tenía locales comerciales con permisos de licor y prostitución, aunque esta última era ilegal, en México lo único ilegal es lo que no paga moche. —Esmeralda, qué bueno que llegas, pensé que no tendría hoy el gusto. Mientras me sentaba me tomó por el trasero de una forma grotesca metiendo el dedo en la raya de mis nalgas por afuera del vestido, todavía no me sentaba y ya lo quería matar. —Hola señor, gracias, ¿cómo se llama usted? —Ejem, yo pensé que te habían enseñado a no hacer preguntas, pero, empecemos bien, llámame Ram, y no me digas señor, hoy seremos mejores amigos. De nuevo ponía sus asquerosas manos en mi cuerpo, pasando sus dedos por encima de mis pezones me hacía saber que estaba con él de renta, y la renta es propiedad temporal. Durante el rato que estuvimos ahí me platicó acerca de la ciudad y cómo se había fundado el centro, otra variante de la historia que contaban los chinos en las cocinas, así como del poder del que él gozaba en la ciudad y en el gobierno. Supe que tenía tres exesposas y una cuarta actual y que en total tenía 10 hijos, vaya ficha. Trató de darme tres o cuatro bebidas con dios sabe qué, hice como que las tomaba y salimos de ahí cuarenta minutos después. Entramos al callejón. —¿Hacia dónde vamos? pregunté. —Vamos a hacerte mujer, niña, el hotel Camila debe acogernos bastante bien, si no, podemos empezar aquí. Supongo que alcanzó a ver mi expresión de asco, porque se paró de improviso. —¿No te gusta la idea, chinita? —Lo que tú quieras… Ram. —Chamaca pendeja, la noche empieza aquí. Acto seguido se bajó el pantalón me tomó por los hombros esperando que le hiciera una felación ahí mismo, en el puto callejón, ¡en el puto callejón! Con asco bajé y tomé su pene flácido con mi boca, el olor a orines era fétido, asumo que era diabético o estaba enfermo, con torpeza comencé a mover mi cabeza mientras tenía la masa de carne esa en mi boca. —En efecto, no sabes mamar la verga, no me mintieron, eres virgen, dijo el cerdo con una carcajada. Acto seguido me empujó y se subió el pantalón, satisfecho. En eso sonó su teléfono celular. —¿Qué chingados quieres? Estoy en una cita de negocios. ¿Qué? Y como pasó eso, ¿quién se ha enterado? Dile al presidente que le pagaremos hasta el último centavo, dile que tenemos todo su dinero, que no se preocupe… Obvio que no lo tenemos estúpido, pero gana tiempo… Okay, termino… mi… cita… y voy. Apagó el celular con una mueca llena de odio. —No te estrenarás en el amor chinita, pero si te voy a culear, no vaya a ser que no conozcas la verga en tu vida, dijo al esbozar una especie de risa. Me tomó por la espalda, yo lo permití, me subió el vestido, mientras se aseguraba que nadie venía, la calle estaba obscura, una luz al final del callejón habría permitido a alguien vernos como dos sombras, un degenerado con su trasvesti, pensarían. Me embistió con fuerza, mi vagina no lubricaba y me dolió mucho, había pensado que no lo paraba, pero el asqueroso logró sacar sangre de algún lado para que su excusa de pene tomara una erección, luego de un rato que se me hizo interminable, durante el cual el asco y la repulsión no me permitían hacer un sonido, unas manos me tomaron por el cuello: el hijo de puta quería estrangularme. 

   Tomé con una mano sus testículos y los apreté, me soltó del cuello, pero me tomó del pelo. —China pendeja, aquí quedas, de todos modos, no ibas a amanecer. Acto seguido me acerqué más a su axila y con mis dedos presioné su cuello, me soltó, después golpeé con mi pie su pecho, a la altura del corazón, se desmayó, pude correr… pero no lo hice. Le tomé de la cabeza y lo estrellé contra el pavimento varias veces, demasiadas quizá, después presioné su tráquea con mis dedos en dos puntos, tardó tres o cuatro minutos en morir. «Raskólnikov imbécil, un hacha ensucia demasiado». Lo llevé rodando hasta una alcantarilla, de alguna manera logré abrirla y lo rodé hacia abajo, quedaron sus pies a la altura del alcantarillado, lo cerré y me fui. 

   Regresé al gimnasio de Mei Lian, no me pensaba quedar ahí, asumí que cuando se dieran cuenta me sentenciarían, pero no sabía qué hacer, y es que La Cofradía funciona como una corte marcial. «Soy un jodido desastre», pensé. No sirvo ni de puta, además, al menos cinco personas me vieron salir con él, si no me mataba La Cofradía, me meterían a la cárcel, y a mí, una china sin papeles a la que le irá lindo en una cárcel mexicana, sin refrigeración, en este infierno. ¿Cómo llegué aquí? No sentía el menor remordimiento porque el cerdo ese merecía morir y el mundo era un mejor lugar sin él, pero igual que el personaje de Dostoyevsky, lo había hecho todo mal. Me habían visto salir, no planifiqué nada, no era Napoleón, ni Hitler, no era una revolucionaria que obraba a bien por la sociedad, era una china muerta, violada, con sabor a orines en la boca y según mi mentora y próximo verdugo, gorda… ¿gorda? ¿Qué se cree?

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Trabajo, amor y traición.

   Con las semanas me fui acostumbrando al horrible calor de este desierto, entraba y salía de la cocina, donde hacía más calor y además respirabas aceite. Me levantaba a las 6:00 AM para hacer ejercicio, eso me mantenía la mente clara y en esas dos horas que estaba ahí en mi lugar haciendo esfuerzo, tenía al menos una sensación de propiedad sobre mi persona. A las  9:00 AM estaba ya limpiando y lavando verduras en la cocina, cuando había menos gente empezaba a atender clientes, pensaba que el saber inglés me había ayudado, no sé porque pensaba eso, a empezar a hablar español, sabía decir los platillos del menú y con mi acento cantonés podía establecer una conversación sencilla con los comensales, y aunque la mayoría de las meseras eran mexicanas, pues a ellas si les pagaban, los días bajos atendíamos nosotros para abatir los costos, Juan Lee era un avaro pero él se veía sí mismo como un gran hombre de negocios, guapo y bondadoso, el muy panzón. Fui entendiendo en qué consistía La Cofradía, era una organización que ante el mundo aparentaba ser un club de empresarios chinos, una cámara, pero el tráfico de influencias y las ligas con el Partido Comunista eran innegables, definitivamente habría drogas, si había tráfico de gente en esa escala. 

   Era un jueves, cuando al llegar me encontré a un chico sentado en la cocina, su cara dotada todavía del terror del viaje era sin duda hermosa, imaginando lo que acababa de vivir me acerqué a platicar, era del mismo Shenzhen, se llamaba Wang. Platicamos un poco durante los primeros días. Pero al tiempo comenzamos a ser muy amigos, nos reíamos y guiñábamos durante el trabajo constantemente. Un día mientras servía a miembros de la comunidad china, al servir la sopa, Wang hizo unos pasos de reversa a la Michael Jackson para mi entretenimiento y sonreí como tonta, una mujer de la comunidad me tomó del brazo con fuerza, de una forma que me inmovilizó y me obligó a quedarme pasmada, de nuevo. —Él no niña, él no. Cuando quise contestar, la señora estaba tranquilamente batiendo sus palillos en su sopa, con bastante maestría, nadie más en la mesa hizo sonido alguno. Regresé contrariada y le pregunté a Xiang por la extraña señora. Xiang salió y regresó blanca. —No quieres tener nada que ver con Mei Liang niña, esa mujer es un demonio. “Otro demonio”, pensé. —Hey Ronda Rousey, ayúdame que acá hay una pila de 200 platos y viene un grupo grande, dijo Wang. Mi rostro se iluminaba cada vez que me hablaba, Xiang, con un rostro de complicidad asintió para permitirme ayudarle. Wang no era listo como Peter ni veía películas de Kung Fu, le gustaba la música Pop, escuchaba a Ricky Martin cuando nadie le veía, era adorable, aunque no era tonto, tenía esa inteligencia de saber cosas de los mayores y sobre todo de La Cofradía. Alguna vez le pregunté porqué lo habían exiliado, sólo decía que su padre había hecho un trato, nunca mucho más. 

   Una rara tarde de otoño en que llovía a cántaros en Mexicali, cosa que ocurría un par de veces al año, los recuerdos de mi última y única noche con Peter llegaron de golpe, me pregunté porqué, en tres meses no se me había ocurrido escribirle, no podría, yo no era la misma persona, ¿qué le iba a decir? Esa noche salimos temprano, pero había un grupo especial de La Cofradía y Xiang se debía quedar a atender a los invitados VIP, me mandó sola a los apartamentos, salí al mismo tiempo que Wang y este me acompañó, le dije que entrara hasta que bajara la lluvia, los apartamentos donde vivían los hombres estaban a dos cuadras. —¿Por qué saliste de Dongguan? La pregunta me sobresaltó. No había tocado el tema con nadie, ni siquiera había recibido cartas de mi padre, salvo cuando me escribió de puño y letra de Aiko, que todo estaba bien y que era una bendición que estuviera yo bien y en Mexicali. Tardé dos horas en platicarle mi historia, por primera vez lloré desde aquel momento en que se me secaron las lágrimas, ni siquiera en el infierno de contenedor ese derramé una. Lo vivido ahí no se lo conté nunca a nadie, creo que se sabía, pero nunca hablé de ello. Al terminar mi historia Wang me besó. Mi primer beso, ahí, como testigos sólo dos arañas que me acompañaban desde hacía un mes a las que apodaba Aragog A y Aragog B. El beso duró mucho más de la cuenta, luego vinieron besos en el cuello y algo más, cuando me di cuenta ambos teníamos ya el torso desnudo, Wang sacó un preservativo, y si bien me detuve en frío al verlo, después de un momento de duda me entregué, ahí, en la cama de mi compañera de cuarto, ahí dejé la niñez, al menos físicamente, desde hacía mucho no me consideraba tal, pero mientras sus manos me tocaban yo me estremecía, me dejé llevar, luego tomé el control como si fuera la protagonista de una película americana, clasificada R. 

   Al irse Wang cambié las sábanas a mi compañera y me dormí, con el olor de nuestros cuerpos en la fibra de las sábanas descansé en una ensoñación permanente, sonriente, si no era felicidad, porque yo no podía saber lo que era ser feliz, se debe haber parecido. 

   A la mañana siguiente me levanté más tarde, aun así, hice mi rutina: 6 rounds de sombras, 10 series de piernas, saltos, ejercicio abdominal, lagartijas y estiramiento, la primera serie de Yoga Ashtanga, lo último que aprendí de mi maestra en Dongguan. —Buenos días, ¿cómo estuvo el amor, niñita?, enmudecí. —No sé de que hablas, repliqué. —Estaba guapo el niño, luego lo traes de nuevo y entre las dos le hacemos el día, sirve que te enseño algún truco, algo tendrás que aprender a hacer, aparte de fregar platos. —Que te den, contesté. —Me dan diario niñita, y luego me pagan, por cierto, en tres meses es la segunda vez que hablamos, al menos podríamos hacerlo más seguido. Quizá te sirva dejar esos libros y conocer la ciudad. Reflexioné un minuto. —De acuerdo Xie, de acuerdo, pero deja de decirme niñita. —Es un trato Shui Li, acto seguido me guiñó un ojo y regresó a dormir, cuando salí de bañar, Xie roncaba de nuevo. 

   Al llegar al Nuevo Cantón, Xiang me esperaba con un rostro serio. —Ven, tengo que decirte algo. Fuimos a la parte de atrás de la cocina, donde estaban los tanques de gas, que era donde fumaban en secreto los cocineros, listos ellos. —Tengo varias cosas que decirte. —¿A mí? —Sí, a ti. Primero, te manda esta tarjeta Mei Lian, era una tarjeta con el símbolo del dragón, mi símbolo zodiacal, las características y años de nacimiento. —¿Qué tengo que hacer con esto? —Yo no le hago preguntas a Mei Lian, los santos me libren y Buda me acompañe. —¿Es todo?, la cara de Xiang se descompuso de nuevo. —No, ayer me enteré quién es Wang, por alguna razón sus palabras me cimbraron hasta la médula, asentí sin poder decir palabra. —Wang es hijo de una rama de la familia Wu, que son los que controlan los transportes de carga en Shenzhen, así como el tráfico de personas, un tío de él es muy conocido, le apodan Tsingtao. Al escuchar esto las piernas me flaquearon y el mundo me dio vueltas. —Y eso no es lo triste niña, Wang Wu, viene a casarse con la ahijada de Juan Lee, la nieta del líder de La Cofradía en Mexicali y se casará en enero en San Francisco. Está esperando tener sus papeles mexicanos y luego su visado americano, eso es lo que hace mientras trabaja aquí, además aprende el negocio porque se hará cargo de un restaurante en San Francisco una vez que se case. 

   Con esas palabras solamente, fueron varios los niveles de descenso en este infierno, mis vivencias en los últimos 4 meses habían cambiado todo mi horizonte, hacía un par de años me hacía campeona olímpica para estas fechas, la más joven. Seis meses atrás pensaba en mi preparación para Beijing, en un nuevo deporte, y en Peter. De todos los descensos este fue el de menor impacto visible, pero sería el que menos olvidaría y el que más me marcaría, la traición era una cosa, pero ser usada por un hombre era algo peor, demasiado personal. Aun así, de nuevo pensé en las chicas del contenedor, ellas se habían dejado usar para sobrevivir, habían muerto haciendo algo al respecto, lo que estaba en sus manos y yo, yo había sido usada por tonta. No hay nada que afecte tu seguridad como la traición en el amor, más, cuando tienes dieciséis. 

   No recuerdo nada de esa jornada laboral. Le buscaba el rostro a Wang y él actuaba como si nada hubiera pasado, no me volteaba a ver y hacía sus labores, aun cuando se percató en mis ojos que algo había cambiado, hizo caso omiso y siguió con sus rutinas. Su maldita sonrisa perfecta, su español aceptable y su inglés británico daban una fachada perfecta para un chino occidental, su desfachatez completaba el círculo, era material de La Cofradía, “perteneces, hijo de puta”. Al salir, nos fuimos directo al apartamento, Wang salió detrás de mí y de Xiang, —Ronda Rousey, ¿a dónde vas?, hay postre y cena para todos. —Dame un minuto, le dije a Xiang. —No demores, te espero en la entrada. —¿A qué has venido a Mexicali?, pregunté. —Como todos, a trabajar. —¿Cuánto tiempo trabajarás en el Nuevo Cantón?, y, ¿qué relación tienes con Tsingtao? Al mencionar a su tío su mirada cambió.  —Espera, sé lo que pasaste ahí, cosas salieron mal, no es culpa de mi tío. —¿Sabías? —Todos sabemos Rousey —¿Y tu esposa? Dio un paso atrás y ahora sí cambió su semblante. —Escucha, no la conozco, yo que sé, son cosas de familia, tú y yo nos podemos seguir viendo. No terminó la frase cuando sin pensarlo, mi pie había impactado de lleno su cara, inmediatamente después, un volado de izquierda le hizo caer al suelo, sin pensar, mi rodilla derecha había impactado su nariz. Un flujo de sangre brotó de su rostro mientras Xiang gritaba: “Te van a matar idiota, ¡para!, ¡para!, ¡para!” Una patada circular en su costillar izquierdo cerró la tanda, Xiang gritaba y movía las manos frente a mí. Caminé rumbo a mi habitación y me encerré, cerré los ojos, a buena hora se me quitó el pasmo. 

   A la mañana siguiente tocaron a mi puerta a las 5:45 de la mañana. Xie se levantó, abrió la puerta y salió. —Levántate. La voz seca provenía de una mujer de 1.65 mts, delgada y fibrosa. —Mueve ese enorme trasero y ponte frente a mí. Lo hice lentamente, ¿enorme trasero?, ¿qué se cree? — Lo que hiciste ayer ha cambiado toda tu existencia, niña imbécil. Agaché la cabeza, no dije nada. —Llegaste como activo de La Cofradía… —Claro que no, llegué porque la perra de mi madrastra me tendió una trampa… —¡Cállate! Están evaluando desaparecerte, dormirte como perro sin control, te advertí aquel día, es que aparte de gorda eres bruta. La bilis no me brotaba por lo bruta, me brotaba por lo gorda, ¿gorda?, ¿gorda? — No pensé que… —Exacto, la que no piensa se muere, así funciona el infierno en el que te has metido, ¡bruta! Un silencio, obvio incómodo, vino de inmediato. Mantuve mi mirada firme ante este demonio, como le llamaba Xiang, nunca le pregunté por qué, mira que si soy bruta, era la pregunta que debía hacer, pero estaba embrutecida, enamorada, pendeja. —Me dicen que hablas bien español. —No tan bien, pero puedo hablarlo. — Estaremos evaluando tu situación, no está nada dicho. No salgas de tu habitación, Xiang te traerá comida, pero no puedes regresar a trabajar hasta que se decida tu suerte, y ni se te ocurra escapar, que tus puñetazos débiles y tu trasero gordo no durarán mucho en la calle, terminarás en una fosa común en menos de un día. Regresaré cuando esté decidido. 

   Pasé diez días encerrada, afortunadamente en mis escapadas con Wang había conocido una librería llamada Sanborns, y estaba acompañada del ingenuo de Dante, su Divina comedia y El retrato de Dorian Grey, 2 por 100 pesos, una ganga que, con lo que ganaba era lo que había, no estaba mal. Cada que mi mente divagaba pensaba en qué pasaría si me convertía en asesina, qué pasaría si mataba a: Xie, Xiang, Wang, Juan Lee… Cada iteración de mis pensamientos tenía una serie de eventos distintos, en todos y cada uno de ellos Mei Lian terminaba con mi vida, en ninguna pude vencerla, era como ver una película con diferentes finales en la que distintas situaciones se daban en función de cada decisión. No sé si era el hecho que me llamara gorda o en cómo me hablaba, pero había algo muy peligroso en la forma en que se movía Mei Lian, era como ver a una pantera. Además, era sumamente perturbador en cómo había salido Xie del cuarto aquella mañana y no me había vuelto a dirigir la palabra desde entonces, ni siquiera estaba durmiendo en el cuarto, sólo venía por ropa. Leí y divagué mientras incrementé mi ejercicio a 3 horas diarias, ahí como presa, en mi celda. 9 rounds de sombras, 20 series, piernas, abdomen, espalda, brincos, brazos, la serie de Ashtanga completa para terminar. 

   En mis divagaciones hice comunión con Dostoyevsky. Raskólnikov erró, se dejó atrapar, ese fue su error, debió matar al juez, no dejarse atrapar, debió matar a Sonia, no enamorarse de ella. 

—¡Despierta ya!, eran las 5:45 AM, de nuevo. Mei Lian estaba parada frente a mi litera. Bajé sin decir nada, estaba despierta, tenía al menos 15 minutos viendo al techo en la obscuridad. Imaginando a las Aragogs haciendo su telaraña, pensando que era una de ellas, hilvanando la trampa para la mosca Wang, para el grillo Aiko. —Tienes suerte, se ha decidido que trabajarás para La Cofradía, por medio mío, deberás servir platos de día con Juan Lee, pero ciertas noches deberás servir de otra forma, lo lamento, al menos vivirás. No tardé mucho en entender. Cuando finalmente lo hice abrí los ojos y una lágrima brotó de ellos, no me sentía triste, estaba enojada. —Entrenarás conmigo en mi gimnasio, tu nueva disciplina será el wing chun, cuando estés lista, quizá otros trabajos vengan. No dije palabra alguna. Otro silencio incómodo se creó entre nosotras. —Báñate, haz tu rutina, empiezas a las 11:00 AM, sales a las 6:00 PM, te veo en el gimnasio. Dile a Xie que te lleve, ni se te ocurra llegar tarde. —Wang… —Wang se ha ido a San Francisco, Xie y Xiang han explicado al comité tu versión por ti, contradiciendo la de él, que por cierto implicaba que lo sedujiste para evitar su pactada boda, pequeño imbécil, no tendrá lo que merece, pero no le irá tan bien como él pensaba, aun así, su familia tiene poder en La Cofradía, le buscarán otra esposa con menos… gracia. Muévete gordita. Con esto se fue, ¿gordita?, ¿gordita?, ¿qué se cree? 

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Un restaurant y La Cofradía.

   Una camioneta llena de pan llevaba a mi cuerpo, que seguía falto de espíritu e inteligencia, a un lado de un hombre viejo, que, viéndolo de cerca y con luz, habrá tenido más de sesenta, era el mismo que venía en el contenedor desde Shenzhen, tampoco aquí cruzamos palabra. La camioneta venía repleta de pan y galletas de la suerte, habré comido cinco bollos a escondidas de mi acompañante, en una dormida que se dio. Cuatro horas nos separaban del hospital de la “Masacre de la motosierra”, una choza en un área agrícola en el sur de Ensenada, mi morada por sabrá el diablo cuántos días que nunca conté, de un restaurante chino llamado “El Nuevo Cantón” ubicado en el verdadero infierno terrenal, nuestro destino: Mexicali. 

   Bajamos a un calor inaudito que después supe eran 51 grados centígrados a la parte trasera de un restaurant. Nos pidieron descargar la camioneta y acto seguido nuestro chofer se fue. A recibirnos llegó un hombre gordo que hablaba un cantonés muy extraño, no pude ubicar el acento, era el aquí famoso cantonés mexicalense, el que hablaban las segundas y terceras generaciones de gente llegada de Cantón. — Lee Lian, tu hermana Mei Lian me ha hablado mucho acerca de ti, bienvenido, ella te espera afuera, pasa por la cocina, está en el restaurante. —Tú debes ser Shui Li, te esperaba, aguarda un momento aquí mientras ayudas a acomodar estas cajas en la cocina, mi nombre es Juan Lee y soy primo tercero o algo así de tu padre, vienes a trabajar conmigo, no conozco bien a mi primo, pero vienes recomendada por la familia Hu de Dongguan, ¿qué habrás hecho para que te echaran de la ciudad de las putas? Bueno, aquí no es muy diferente, anda, anda, muévete ya. 

—El hombre del contenedor me observó e hizo una pequeña reverencia, dio la media vuelta y se fue. La cocina estaba sucia y pude ver dos ratas corretearse la una a la otra por una canaleta cercana al techo, olía fuerte, a aceite quemado de ese que se usa varias veces y termina pareciendo petróleo, se respiraba la melcocha en el aire, con mucho esfuerzo moví las cajas, mis fuerzas estaban aún bastante mermadas, al pasar por un espejo vi una calavera de lo que en China fui, asumo que mi peso apenas rozaba los cuarenta kilos, quizá menos. 

   —Muévete niña que las cajas no se mueven solas, me dijo una mujer al pasar. Todos en la cocina seguían sus labores mientras me observaban con disimulo, el vestido que me había dado la señora en Ensenada, mi ángel o mi demonio, mas bien mi otra celadora, estaba atado con un listón y me quedaba como una túnica enorme. Tampoco supe el nombre de la mujer, ni pregunté, en ese momento, cuando alguien me saludó intenté contestar, para mi sorpresa no pude, no había hablado palabra desde Shenzhen, se me había ido la voz, así me mantuve, supongo que mi cobardía, el haberme visto fuera de mi cuerpo por días sin saber si estaba viva o muerta y el olor a metal que todavía podía sentir en los dientes me habían desgastado hasta volverme un trapo. 

   Juan llegó una hora después, una vez que acomodé las cajas, la señora que me había apurado pasó y me dio una escoba, no dije nada, barrí. —Aquí estás niña, me dice Lee Lian que no hablas, pero a mí me habían prometido una atleta y mira nada más, uno paga por buenos empleados y ¿qué recibe?, tremendos esperpentos. Ayudarás a la señora Xiang en la cocina, harás todo lo que ella te diga hasta que te diga yo lo contrario, anda, anda, anda que los platos no se sirven solos, es domingo, estamos a reventar, muévete, anda.

   En la noche, ya como a las 11:00 PM, la señora Xiang me llevó a unos apartamentos que estaban a media cuadra del restaurante, el lugar era muy sencillo y pequeño, se notaba que habían metido más cuartos de los que estaban originalmente, se hubiera visto deplorable si no fuera que estaba excepcionalmente limpio. Me dio una bolsa con jabón y artículos de limpieza y me apuntó a una litera. —Vas arriba tú, abajo no, abajo es de alguien, aséate y descansa, mañana el trabajo empieza a las 9:00 AM. 

   Una idea había dado vueltas en mi cabeza durante toda la tarde, mi padre o el señor Hu pagaron 80,000 yuanes porque yo llegara a salvo. Once personas murieron a pesar de que habían pagado 80,000 yuanes cada uno. Llegamos de milagro, algo obviamente se salió de control, pero dijo Juan Lee que él había pagado, mi padre pagó por deshacerse de la “mercancía dañada”, Juan Lee pagó por otra mercancía, pagó…pagó, ¿me compró? ¿Cuánto dinero había aquí? O… ¿Quién mentía? Intuí que nadie, esto era una especie de mafia. Recordé las palabras de mi padre, él dijo empezar de cero, esto no era empezar de cero, esto era empezar bajo tierra, este era un infierno que se revelaba a sí mismo en capas, como una diantre cebolla. 

   Por la mañana bajé de la litera, había una joven dormida, delgada, con senos prominentes según se veía por fuera de la sábana, tenía aún rímel en los ojos y claramente estaba desnuda. Colgado en un clavo en la pared había un vestido rojo, pequeño y muy corto, “las putas de Dongguan, las putas de Mexicali”, pensé. Al verla dormida e indefensa, pensé de nuevo en Crimen y castigo, y lo iluso y afortunado que era el imbécil ese, ¿cómo le pudieron pillar?, quizá fue que lo leí tantas veces, era mi único acompañante por tanto tiempo, concluí que Dostoyevsky había creado a Pinocho, cuando la chica de la litera de abajo y yo, éramos niños de verdad. Vino de nuevo a mi mente el sabor a metal en mi garganta, el olor a muerte… “no hice ni putas madres”, se murieron, vivo por cobarde, chuparles la pija a los animales esos requería más valentía que la que yo tuve, ahora entiendo, no, no entiendo nada, no soy nada, no existo, soy una masa de carne en el suelo, estuve viendo a las demás pelear con las herramientas que tenían a la mano, yo pasmada, no merezco vivir… ¡Vaya al diablo!, me ha trastornado Dostoyévsky, “¡Vete al diablo!”, dije en voz alta, mis primeras palabras no podrían ser otras, estaba viendo fijamente el vestido rojo con lentejuela. —Y ¿tú qué eres?, ¿puta, mesera o cocinera?, soy Rubí, jaja, en realidad me llamo Xie, tú ¿cómo te llamas? Después de un largo silencio dije: “Shui Li”, y esa fue toda la conversación con mi nueva compañera, por muchos días. 

   12 horas diarias, 28 días al mes son 336 horas, que al equivalente de 5 dólares por hora que se podían llevar los meseros regulares eran $1,680 dólares al mes. Eso era lo que no me pagó Juan Lee esos meses. 80,000 yuanes o $9,390 dólares que cobraron Tsingtao y sus asesinos, otro tanto que pagó Juan Lee por mí. Menos los 100 dólares que recibía para artículos personales al mes… Estos cabrones estaban haciendo dinero, con razón los demonios la pasan bien, ¡hijos de puta! Alguien estaba haciendo $37,740.00 dólares ese año conmigo, entre contrabando y salarios no devengados, y yo era una empleada de piso, ni siquiera era puta como Xie. En los apartamentos dormíamos 40 mujeres, había otro de hombres y ahí dormían hasta 6 por habitación, podrían haber 120. Si las cuentas fueran lineales, había seis millones de dólares, sólo bajo el control de Juan Lee, sólo en salarios, sin contar ventas, ganancias ni contrabando. ¿Dónde me metiste Aiko?, te odio… claramente escuché en mi mente la voz de Aiko, dulce y llena de hipocresía: “Bienvenida a La Cofradía Shui Li, tienes lo que tu madre merecía…”

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El viaje

   En los puertos de Shenzhen había un hombre que apodaban “Tsingtao”, como la cerveza. Un trabajador de la familia Hu me llevó hasta el puerto. Habló con Tsingtao, me apuntaron varias veces mientras hablaban, escuché decir “recomendada” y “familia Hu”, a pesar de que hablaban entre ellos, hacía un viento a mi favor que me permitía escuchar sus susurros. Tsingtao contó los 80,000 yuanes que había enviado mi padre, ambos afirmaron con sus cabezas y se dieron la mano. Así fue, que en el puerto mercante de Shenzhen me convertí en una mercancía, en una transacción. Tsingtao me llevó hacia una zona de contenedores donde, escondido, había un contenedor marítimo que era en realidad una oficina, ligado a otros más que formaban un complejo escondido, había analistas en computadoras viendo pantallas, escribiendo y hablando por teléfono, después de un camino angosto entré a un comedor muy sucio, que al menos tenía aire acondicionado, ahí habrían unas quince personas, la mayoría mujeres, jóvenes, un par de parejas y un hombre mayor, sentados en el piso, esperando. —Faltan tres más, quédese ahí, ahí hay una máquina expendedora, compre lo que pueda que no volverá a ver una en tres semanas, me dijo casi al oído Tsingtao. —Pasaremos al contenedor en dos horas máximo, prepárense. Dijo para el resto. No volteé a ver a nadie, saqué mi copia de Crimen y castigo y me sumí en ella.

   Durante todo el tiempo que pasó desde que supe de mi destierro, pensé en todas las bifurcaciones que tenía mi vida en ese momento, yo era una buena persona, pero pensaba, bajo qué escenario la tesis de matar por el bien aplicaba a mi situación. Aiko sería por placer, ello me vilificaba, salvo que fuera por venganza de la muerte de mi madre, pero no tenía pruebas y ello me convertía en una falsa víctima y la convertiría a ella en una mártir ante los ojos de mi padre, que no dudaría en deshacerse finalmente de mí, como “mercancía dañada”, sin contar que las relaciones que llevaba con la esposa del señor Hu complicarían todo. Matar a mi padre me abriría de par en par las puertas del infierno, al que parecía caer irremediablemente, podría terminar su asesinato con un suicidio, sería la comidilla de toda la colonia industrial de Dongguan. Aiko heredaría una pensión por parte de la familia Hu, los gemelos tendrían sus estudios pagados por la misma, serían gente de bien, niños caídos en desgracia, apoyados por toda la comunidad para salir adelante, Aiko vencía. Mi vida propia, eso no haría ningún cambio, Aiko igual habría ganado. Cuando pensé en cómo me desharía de los gemelos sentí una punzada de repulsión en el estómago, no podría. Definitivamente aquello me hizo sentir que una buena parte de mi humanidad estaba intacta, no era una mala persona, la calma con la que me veía estrangulando a mi padre y luego aventándome al río o dando hachazos sobre el cráneo de Aiko me hacían pensar que la idea de deshacerse de mí era acertada, era mercancía dañada, «no todavía», pensé. 

   Un contenedor marítimo con aire acondicionado posicionado sólo, en una parte olvidada de un barco de carga contenía 22 personas: 13 mujeres menores de veinte años, 2 parejas de recién casados en sus veintes, 5 hombres, uno mayor de cincuenta y 4 hombres jóvenes. De los 4 hombres jóvenes, 3 eran celadores, el otro era Tsingtao. 18 personas a 80,000 yuanes cada uno: 1,440,000 yuanes. Era una cantidad obscena de dólares, más o menos 10,000 dólares por persona, hubiera pensado que el infierno era el pago por tu maldad, no que tenía costo de entrada. 

   Pasaron dos días en silencio, había una luz tenue dentro del contenedor que venía acondicionado para mercancías, pero tenía un baño pequeño. Tsingtao repartía toallas húmedas con limpiador y desinfectantes cada mañana, así como bolsas con comida chatarra y huevos de codorniz en vinagre al vacío en bolsas selladas. Una botella de 1.5 litros de agua para todo el día por persona. Los primeros días leí y seguí meditando, diferentes formas de matar venían a mi mente como un flash esporádico. El tercer día las cosas se descompusieron cuando a uno de los celadores se le ocurrió frotar los senos de una de las chicas mientras dormía, la chica le dio una patada en la nariz al incorporarse asustada y un chorro de sangre brotó sin más. Tsingtao corrió hasta el lugar, pensé que golpearía al celador, erré, entre los dos patearon a la chica hasta dejarla inmóvil. El resto de la tripulación no hizo absolutamente nada, cuando traté de levantarme, los otros dos celadores estaban tras de mí y me dijo uno al oído, mientras siseaba su asquerosa lengua en él: “si metes tus narices de nada serviría tu protección boxeadora, aquí en el mar, nadie tiene derechos”. A partir de ahí, estábamos en un mundo nuevo, «bienvenida al segundo círculo del infierno» pensé, ¿o era el séptimo?, nada nunca es tan simple, Dante no sabía nada… de nada. 

   Al décimo día los celadores habían logrado tocar a las chicas sin que nadie se los impidiera, los dos hombres con pareja cuidaban a sus esposas, en un amago que hizo uno de ellos, dos celadores se acercaron a su mujer, el hombre desistió. No las habían violado, pero las obligaban a dejarse limpiar el cuerpo con toallas húmedas por las mañanas y dejarse tocar. Cuando me entregaban mis toallas reían y me hacían poses ridículas de artes marciales, propias de películas viejas de kung fu, sabían perfectamente quién era. Esto se fue exacerbando y un día una de las chicas, seguramente buscando tener un poco de ventaja, comenzó un coqueteo con los celadores, a cambio le empezaron a dar una ración extra de comida, luego otra hizo lo mismo, y otra más. A los días las tenían compitiendo por raciones extra de agua, comida o dulces. Tsingtao reía. Llegó el día veinte, el día que llegaríamos a puerto se aproximaba, una de las chicas accedió acostarse con un celador y tuvieron sexo en un cuarto improvisado con cobijas y cobertores que venían en las cajas. Luego otra. 

   Pasaron cinco días, ya eran veintisiete días y no salíamos del contenedor. Se escasearon las toallas húmedas y el desenfreno de las chicas subió de tono, peleaban entre ellas por hacer favores a los celadores, llegó el punto donde hacían concursos felaciones, y estas eran ahí, enfrente de todos, la ganadora se llevaba una golosina o lo que iba quedando, que no era mucho. Se escaseó la comida y los hombres de familia se comenzaron a impacientar, a exigir que parase el pago de comida extra por sexo. Los celadores reían, Tsingtao los ignoraba. Llegó el día treinta. La comida se racionaba, el agua también.

   Cuatro o cinco días después el sexo ya no era una opción, el olor del contenedor era casi insoportable, aún con el poco aire que salía de las cortinillas donde se supone que estaba el aparato de aire acondicionado. O todavía no llegábamos al puerto o no abrían el contenedor, había dejado de sentirse el vaivén hacía días, «pronto estaremos muertos, ¿sería una casualidad o sería un crimen?, sólo si los cogen», pensaba.

   Quedaban 20 litros de agua, los hombres se levantaron y estaban dispuestos a discutir con los celadores. Uno de ellos empujó a un celador y el mundo se le vino encima, los tres celadores comenzaron a golpearlo, la mujer gritaba y Tsingtao la restringía, el otro hombre regresó con su mujer y el viejo observaba desde su lugar. Cuando terminaron de golpearlo, el hombre del suelo no se movía, la mujer sollozaba casi en silencio, amenazada para que no hiciera más ruido. 

   Los celadores dejaron de ofrecernos agua. Aparentemente las chicas del sexo buscaron otra opción e hicieron un plan, en la siguiente madrugada, intentaron robarse agua mientras todos dormíamos, yo desperté cuando los celadores las golpeaban, sin piedad, había dejado de funcionar el aire acondicionado por la noche, el aire apenas entraba y hacía un calor insoportable. En un momento de rabia, el marido que no había sido golpeado se lanzó a la lucha, Tsingtao sacó un cuchillo y lo paró en seco al hundirle la hoja de acero en el estómago, la mujer gritó y se lanzó de forma desesperada, no duró mucho peleando, Tsingtao la tomó del pelo y le levantó la cabeza luego de haberla golpeado en el estómago y pateado la cara, le cortó el cuello mientras me miraba, siempre me miraba cuando alguna acción habría de generar violencia. En ese momento me vencí, supe que no saldría de ahí y que no moriría peleando, si bien una parte de mi mente deseaba levantarse, no podía reaccionar, eran muchos días sentados y mi debilidad y deshidratación tenían lo mejor de mí, una vez más, me pasmé, callé y observé, el infierno se hizo aún más insoportable cuando el olor a metal de la sangre atizó el contenedor, la sed era inclemente y no sabía si moriría de sed, hambre o miedo. El viejo seguía sentado, se paraba y se sentaba sin proferir sonido alguno, como lo había hecho por los últimos 35 días. 

   Hubo quietud, creo que todos pensamos lo mismo, era preferible morir esperando el final que a manos de estas bestias. Mientras recobraba el conocimiento y sentía que no podía respirar más, un poco de agua entró en mi boca, no abrí los ojos, esperaba lo peor. En otro momento se repitió el proceso, no supe más. 

   Sobrevivieron 4 chicas menores de veinte, 1 hombre moribundo, su mujer, 1 hombre de 50, 3 celadores y Tsingtao. 11 de 22. Los otros 11, en altamar, supongo. 

   Desperté en una casa, las paredes eran de madera roída y tierra remojada, había polvo en las ventanas, que estaban tapadas con pedazos de cajas de cartón, tenía un suero intravenoso conectado a mi antebrazo izquierdo. El viejo del contenedor se asomó tras una cortina, me vio y se fue. Una mujer entró a verme, me trajo gelatina de fresa y un vaso de agua con un sabor repulsivo, tenía que tomar “tragos pequeños”, me decía una y otra vez, la mujer hablaba cantonés, impulsivamente busqué mis cosas, en una caja de madera de las que se usan para la verdura estaba mi libro de Crimen y castigo, era todo lo que había, yo, desnuda bajo una sábana casi translúcida y con pequeños hoyuelos, seguramente causados por grillos o chinches, respiraba…respiraba… eso era lo raro, respiraba. 

   Nunca supe porqué no moví un dedo para pelear en ese infierno, nunca me he perdonado el haber juzgado a las chicas, que por lo que terminó siendo una oportunidad de sobrevivir, se dejaron sodomizar a cambio de comida, pero ¡qué diablos!, venían de Dongguan, ¿qué otra cosa podían hacer? Este episodio amenizaría mis madrugadas por muchos años. 

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La caída

   Para esa tarde no había más lágrimas, aunque sentía ganas de llorar, no podía hacerlo más. Luego me había quedado dormida y solamente escuchaba los pasos de los gemelos que gritaban a sus anchas y corrían. Entró Aiko a mi recámara sin tocar la puerta y me dijo que me cambiara, me dio un vestido que había sido de mi madre y salió de forma intempestiva. Me di un baño y me arreglé, cuando bajé estaba el señor Hu sentado en la pequeña sala en la entrada del vestíbulo, adornada con los viejos muebles que mi abuela paterna había heredado a mi padre, vestigios de una vida mejor. Eran de terciopelo rojo y en la parte de atrás lucían el símbolo del partido comunista. Sobre la mesa de centro estaba el conjunto de té de jade de mi madre, ese que atesoraba tanto y que decía había sido el orgullo de mi abuela, mi abuela prostituta. En cuanto me senté, mi padre, sin voltearme a ver se disculpó con el señor Hu, porque, y estas fueron sus palabras: “Mi hija Shui Li ha deshonrado a tu hijo Xian Hu, y por ende a tu estirpe. De acuerdo con las reglas sociales, te absuelvo de nuestro compromiso y quedo a tus órdenes, como tu ciervo y subordinado.” El señor Hu no estaba precisamente enojado, más bien tenía un aspecto de tristeza. —Shui Li es una deportista de élite, que me hubiera dado nietos fuertes y valientes, contrarrestando las carencias de mi hijo, pero ante tal afrenta, como mencionas, no podremos continuar con el compromiso. Eres un hombre cabal y tu familia no quedará desamparada, trabajarás para mí hasta que me pagues tus deudas y luego, el tiempo dirá.   

    No lograba leer la expresión de Aiko, era todo lo que me importaba en ese momento, ver a la serpiente en acción, estaba pasiva, servía el té con la mirada baja, mientras lucía un vestido nuevo de seda. Parecía un robot, sus movimientos mecanizados eran prueba de su falsedad, ¿con quién he crecido todos estos años? Una duda terrible me asaltó en ese momento, ¿sería capaz? Y si… No tenía sentido, ella y mamá eran las mejores amigas, crecieron juntas, qué podría ella ganar de algo tan terrible. Acababa de cumplir dieciséis años, ¿cómo podría esconder de mi rostro mis sentimientos? —Shui Li, no se te ven muestras de arrepentimiento, creo que esto ha sido una bendición para mi familia, veo que has heredado… Comentó el señor Hu, al mismo tiempo que una mirada minúscula se daba entre él y Aiko, esa arpía era capaz de hacer lo que estaba pensando, mi mirada de odio se agudizó por un momento, hasta que voltee a ver a mi padre, que me observaba horrorizado. —Shui Li, déjanos con el señor Hu, has hecho suficiente. —Pero papá es que no… No me salieron más palabras, mi conmoción, mi odio, mi sorpresa, todo al mismo tiempo, de nuevo me pasmé. Me levanté y regresé a mi cuarto, no recuerdo mucho más, era como si en ese momento me hubiera convertido en un fantasma, que vagaba de un lugar a otro. 

   —Señor Hu, lamento mucho este golpe, tanto para su familia como para la mía, le garantizo que trabajaré para limpiar esta afrenta entre nuestras familias, hasta el último día de mi vida. Fue lo último que escuché, un rato después escuché al Señor Hu partir, no escuché nada hasta el día siguiente. 

   Afuera de mi habitación estaba el libro de Crimen y castigo en inglés y un DVD de KILL BILL Vol.1. Los gemelos pasaron corriendo, diciendo “te lo dejó tu novio Shui Li”.

   En el sótano de su trastienda, mi padre debatía con Aiko. —Bo, querido, decenas de nuestros coterráneos han pasado, hecho, mejor dicho, una nueva vida en Mexicali. —Mi hija es un dragón, es un dragón de tierra que abrirá el paso a una generación de cantoneses, así lo predijeron Ming Li y su madre, se referían a Shui Li, no debe ser de otra manera. —Yo amaba a Ming Li y Jing Li no sólo fue su madre, también me crio a mí, no lo olvides, yo también perdí a mi familia cuando murieron. También sufrí cuando Jing Li tuvo que… También viví el momento en que la desgracia llegó, tú sabes lo que pasó.  Lamentablemente, lo que ellas soñaron no pasará en Dongguan, ni en Cantón, donde la sociedad es tan, cerrada. Lo único que logrará tu hija aquí es que un día su amiga Kim se la lleve a trabajar, y tendremos otra vez esa vergüenza encima. Además, ¿quién querrá casarse con ella?, para la familia Hu la naturaleza violenta de tu hija era bien recibida, su hijo es un afeminado, además, la estirpe de Jing Li, aún manchada, sigue pesando en Cantón. Después de lo ocurrido, ¿crees que alguien la tomará como esposa?, ¿cuánto tiempo hasta que termine en una fábrica?, ¿cuánto tiempo hasta que golpee a un supervisor que le trate mal? Tú sabes lo que le pasará si llama la atención del gobierno, del ejército. — Pero en Mexicali, La Cofradía hace lo mismo que el ejército. —No llores Bo Guo, sabes que cuenta con la protección de los Hu, ¡que dejes el llanto digo! Será bien recibida… y si, su destino es ese, lo mismo será aquí que allá, pero allá al menos tendrá la oportunidad de empezar de cero. Tu dragón ha muerto para Cantón. —Han pasado cuarenta años desde el desafío de la viuda Jing Li, tu padre estuvo ahí, le juraste a Ming Li, le juramos juntos… Jing Li no supo aprovechar la oportunidad que tenía, Ming Li era débil, Shui Li está marcada, acepta el destino que te forjaste al casarte la primera vez. —No sé qué haría sin ti, no sé que haré sin Shui Li. 

   Pasaron varios días en los que nadie me dirigía la palabra, supe por lo que escuchaba tras las paredes que mi padre había entregado su negocio al señor Hu y ahora trabajaba para él, se iba temprano y regresaba tarde. Aiko arreglaba la casa y se llevaba a los gemelos por las mañanas, ni siquiera me pedía que lavara ropa o atendiera a sus hijos. Una semana después, salí de la casa al quedarme sola y me percaté que todos en el vecindario me veían, pero nadie me hablaba, cuchicheaban, pero no me dirigían el saludo. Kim fue la única que se me acercó, claro, la puta, todavía veía en ella a mi amiga de la infancia, pero no era ni la sombra de aquella niña. —No debes temer lo que viene Shui Li, no has hecho nada malo, muchos te vieron, pero las cosas en Cantón no cambian, seguimos siendo un pueblo bárbaro. Regresa a tus entrenamientos y súmete en tus cosas, todo pasará. En ese momento mi mente y cuerpo vibraron de necesidad, fui por mis guantes y ropa deportiva y salí de la casa. Entrené los días subsecuentes a diario, en el gimnasio me hablaban poco, pero los entrenadores me seguían dejando entrenar, así pasaron algunos días hasta que la entrenadora me pidió ir a su oficina. Como era de esperar de una exboxeadora olímpica, su medalla de bronce en la olimpiada de 1988 relucía en el centro de su anaquel tras su escritorio, junto con muchos trofeos. —Tu padre dejó de pagar tu entrenamiento hace varias semanas Shui Li, te puedo seguir entrenando porque yo no te voy a hacer a un lado, pero debes entender, que en los torneos subsecuentes no podrás participar, el gobierno no ha tomado tu carta aún y para hacerlo se requiere la firma de tus padres, ayer hablé con Aiko y me dijo que no firmarán. Me enojé, me enojé mucho, los siguientes días salía de la casa a las 8:00 AM y regresaba a las 4:00 PM, como si me preparara para la olimpiada. Dejé ir libre a mi ira en el boxeo, durante las prácticas de sparring noqueé a una candidata olímpica mayor que yo, de nuevo la entrenadora me pidió que fuera a su oficina. —Pero ¿qué te pasa a ti? Dije que podías seguir entrenando, pero si no vas a competir de nada me sirves, y por más buena que te creas, de nada sirve noquear a tus compañeras en una sesión de sparring, no sé qué te ha pasado en casa ni me importa, pero si no te controlas tendré que cerrarte las puertas, estás aquí por la promesa de lo que puedes ser, pero por el momento no me agregas ningún valor, ¿te queda claro? Asentí maquinalmente, di las gracias con toda la hipocresía de la que era capaz y regresé a entrenar. No pasaron dos días y ya me habían echado del gimnasio, hice sparring con una ex peleadora profesional y después de haber recibido una combinación, de un gancho izquierdo me mandó a la lona, cambié mi guardia a izquierda, ella pensaba que era derecha porque así había entrenado el último año, cayó fulminada con un gancho al hígado. No entrené más.

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   Recuerdo llegar a casa, pero de nuevo no recuerdo haber visto ni oído nada en el trayecto, iba cegada de coraje, lágrimas salían de mis ojos, ya no había tristeza, quería ver el mundo arder. Todo cambió cuando al llegar vi a mi padre sentado en una silla afuera de la casa, sus ojos estaban rojos de haber llorado, sostenía una pintura a tinta de un dragón, la pintura que mi abuela materna, la puta, le regaló a mi madre el día en que nací. No me había percatado de que era domingo, por eso mi padre estaba en casa, antes los domingos hacía las cuentas del negocio en la mesa de la cocina, ya no hacía cuentas porque ahora tenía un empleo, y yo era la culpable. Sus ojos me trajeron de inmediato al presente, como un shock eléctrico, me paré y le observé unos segundos, su mirada al suelo me decía que algo más había pasado. —Hija, cámbiate y come, tenemos que hablar contigo. Aiko esperaba sentada en la sala, limpiando el preciado juego de té de jade de mi madre, llegué a la habitación, de nuevo, temblando de furia. Después de darme un baño y ponerme ropa limpia me senté en la sala y esperé a que mi destino se volcara en mí. 

—Hija, las cosas aquí no pintan bien para ti. —Pero ¿qué crees que hice papá?, no hice nada, los compañeros se fueron, no podía venir, no hice nada. —La decisión es final, tengo un primo segundo. —¿De qué hablas papá? —Tengo un primo en México, hay una asociación que ayuda a chinos en el exilio, hemos decidido… —¿Quiénes? Tú eres mi padre, solo tú. —Aiko te ama como si fueras su hija, debes entender, te irás a México a comenzar de nuevo. —¿Qué? ¿Y mis estudios? ¿Y mis amigos? ¿Y mi vida? —Después de lo que ha pasado con los Hu, tu vida será otra, ni siquiera en los deportes podemos augurarte el favor del partido comunista, recuerda que el tío del señor Hu es el patriarca del partido aquí en Cantón, para ellos ha sido una afrenta muy grave. —¡No hi-ce naa-daa! — ¡Calla! No sigas lastimando a tu padre, dijo Aiko. —Desafortunadamente eso es lo que menos importa hija, solo velamos por tu bien. —¿Quiénes? Tú eres mi padre. 

   La mirada de Aiko estuvo en blanco durante toda la plática, parada estoicamente detrás de mi padre. Pero en un último segundo, en el que la comisura de sus labios se torció y pude ver unos ojos llenos de odio, supe cuál era la respuesta a mis preguntas, tendría que probarlo, debía probar que ella había matado a mi madre, de alguna forma. En eso, como un impacto en un diapasón, mi cerebro vibró de nuevo, México había dicho, ¿quién vive en México?

—Soy tu hija, ¿cómo puedes? —Tu padre se está enfermando por esta decisión y es la única forma de salvaguardar su honor y de que los gemelos tengan acceso a una vida mejor, ¿es que solo piensas en ti? 

De nuevo callé, callé porque no supe qué decir, de nuevo, me pasmé.

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El último día

—Increíble que creas que siempre te puedes salir con la tuya, tu padre trabaja largas jornadas, yo le ayudo todo el día y tú solo le ayudas a cerrar el puesto, ¡qué ingrata eres! —Aiko, ayudo todos los días en casa, me levanto a las 5:00 de la mañana a hacer desayuno a tus hijos… —Tus hermanos dirás, ni siquiera los incluyes, los haces menos y ellos te veneran como su hermana mayor, tu padre siempre preocupado por ti, y mis hijos en segundo término. —Mi padre los ama Aiko, y yo me hago cargo de ellos, sólo salgo al instituto y a las prácticas, no salgo con amigos. —Pero no pierdes oportunidad de deshonrar a tu padre con ese americano. —Peter es mi amigo, nunca he tenido novio ni me he besado con nadie, creo que soy la única de toda la escuela a la que han prometido en matrimonio y eso no significa que no pueda tener amigos. —¿Te atreves a levantarme la voz? ¿Después de todo lo que hago por ti? ¿Por esta familia? —Aiko… haré lo que me pides, pero hoy es el último día de clases, quiero pasar un rato con mis amigos —Dirás, amigo… —Iremos todos a la plaza después de clase, sólo será un rato. —Haz lo que te pido y no diré nada a tu padre. —Mi padre me ha dado permiso, pero debía tener el tuyo también, te agradezco Aiko, llegaré a tiempo para hacer lo que me pides y haré de cenar a los gemelos. —No demores. 

   Pensaba que Aiko sufría mucho por la muerte de mi madre y el abandono de su primer esposo y por eso era tan dura, desde que mi madre murió ella estuvo ahí para ayudar a mi padre en el funeral, mi madre había sido su mejor amiga y desde niñas eran inseparables. Cuando yo era pequeña, ella cuidaba de mi padre y de mí cuando mi madre estaba enferma, que era casi todo el tiempo. Luego nacieron sus gemelos y se separó un tiempo de la familia. Durante esa época mi madre tuvo mejor salud y los tres pasábamos el día en la tienda de telas de mi padre, nos divertíamos mucho, son los mejores recuerdos de mi infancia. Cuando mi madre enfermó de nuevo, Aiko ya había regresado a la familia, el hombre con el que se había ido desapareció, nunca se habló mucho del caso, sólo sabemos que ella sufría y mi madre siempre estaba consolándola, decía que era su hermana del alma, no pasaron muchos meses antes de que madre enfermara y un día, así como así, no despertó. Su vómito negro se transformó en una espuma blanca, blanca como su piel, traslúcida y firme, su cara de sufrimiento al morir quedo tatuada en mi memoria, como último recuerdo. La enterramos con su vestido de encajes blanco y una peineta de jade que ella atesoraba, pertenecía a mi abuela, de la que no se hablaba en la casa. Fue después que me enteré que mi abuela había sido una más de las prostitutas de Dongguan y había muerto asesinada, me lo dijo Aiko en un arranque de coraje, de esos que le daban cada vez con más frecuencia, decía que por eso era tan dura conmigo, porque quería llevarme por el buen camino y temía que fuera a resultar como mi abuela. Al morir mi madre, Aiko empezó a venir a casa a diario a preparar la comida y hacer compañía a mi padre en la tienda, junto con los gemelos y yo. Al tiempo se casaron, yo estaba en la escuela, me tocaba atender a los gemelos y llevarlos a sus clases, hubo cierta funcionalidad en la familia. Cuando cumplí doce años, Aiko convenció a mi padre de prometerme con un hijo de la familia Hu, una familia adinerada que a veces hacía préstamos a mi padre. Prometer en matrimonio a los hijos ya no es común en Cantón, pero Aiko decía que esas buenas costumbres mantenían la fibra social, que tan desgastada estaba en Dongguan por la prostitución y el libertinaje. Mi padre aceptó este acuerdo, la señora Hu era buena amiga de la juventud de mi madre y de Aiko, eso habrá ayudado, supongo. Cierto día llegaron a la casa los papas de Xian Hu, mi prometido, que tenía dieciséis en ese tiempo, la visita era para que nos conociéramos y que se cerrara el pacto de matrimonio con mi padre. Cuando yo cumpliera los diecisiete nos casaríamos, Xian Hu no era feo, sólo un poco raro y callado; es el menor de los tres hijos del señor Hu, era un poco gordo, pero no era feo.

   Luego de que Aiko se fue al puesto de telas, la mañana se dio sin contra tiempos, serví desayuno a los gemelos, los dejé en la escuela y me fui a clases. Peter me estaba esperando a la entrada del instituto, tenía una caja de twinkies para el desayuno, un desayuno americano, decía él. Los comimos debajo de un eucalipto mientras Peter me platicaba de la película que había visto la noche anterior: True romance.

—Te digo que hay casos donde lo que hablamos es real, toma el caso del chulo de Alabama, no podía quedar vivo para que la historia siguiera, era un delito sí, pero era un delito moralmente correcto. —Ja, eso no existe Peter, el delito moral es una cosa que se inventaron tú, Raskólnikov y los infames ingleses que exterminaban indios en tu tierra. —A ti no te parece del todo mal. —Pero me aterra que lo sienta correcto, he sido entrenada en artes marciales desde los 4 años, la violencia no es para hacer daño. —Pero si es para defender, entonces es correcto usarla para defender a alguien. —Ya te dije que no soy el señor Miyagi y no seré tu sicaria, debes ser amable y no andar por ahí causando problemas. —Me burlaba de ti —Y me encargué de eso, y mira ahora cómo me vas a extrañar cuando no puedas vivir sin mí en San Antonio. —Vamos tarde a clase, muévete Bruce Lee que es mi último día y no quiero dejar un mal precedente. —El que tiene un trasero gordo eres tú, señor super size, corre. 

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   Unas nubes se formaron esa mañana en Dongguan, el cielo se oscureció de forma brusca, violenta podría decir. Al terminar la clase de historia se iban escuchando algunos truenos, cada que tronaba, algún payaso hacía un ruido en clase o algún cerdo simulaba una flatulencia. Al salir de clase estaba lloviendo a cántaros y como habíamos quedado, habríamos de ir a la plaza, ya nos habíamos empapado así que nadie se preocupó por traer plásticos para taparse. Cuando llegamos ahí, la lluvia se había acentuado y la mayoría se fue a casa. Quedamos algunos bajo el kiosko del parque viendo el cielo caerse a cántaros. Hablamos un rato, los que quedaban vivían del lado del río al que quedaba la escuela, todos excepto yo. Esperamos que pasara la lluvia porque el puente estaba cerrado. La lluvia no paraba, así pasamos algunas horas. 

   —Qué vas de que esto no es mas que la naturaleza diciéndote que te quedes a vivir en Dongguan. —Qué vas de que esto no es que mas que la naturaleza diciéndote que Dongguan apesta y que debes moverte a Texas. —Eh, el tiempo dirá. ¿Qué es lo que más te ha sorprendido de Cantón? — ¿Aparte de la cantidad de prostitutas? —Obvio, ¡cerdo! —Pues que viven en el medievo, el que estés prometida a un tipo mayor que ni conoces, por ejemplo. —A veces me sorprendo yo misma, cuando escucho a los grandes hablar del pasado y luego analizando los tiempos en que vivimos, me tranquiliza saber que no tengo que vivir las inclemencias del amor o que no tendré que recorrer las fábricas buscando trabajo como lo hacen los universitarios recién graduados, me casaré y tendré responsabilidades, eso es todo. Mi padre ha hablado con la familia Hu, y si estoy en posibilidades de ir a la olimpiada, estará bien que no me embarace hasta entonces. —¿Pero te estás escuchando? Es lo más arcaico que he escuchado en toda mi vida, y eso que vivo en Texas. Tú no eres la clásica niña de pueblo, sabes kung fu. —Judo y box. —¡Eso! Además, sabes cosas, lees, ¿y si te aburres con el gordito ese? ¿Qué vas a hacer? —No lo sé, pero no me cae mal, es amable, aunque lo he visto pocas veces, dicen que es aplicado en la escuela y que es muy tranquilo y trabajador, no estoy preocupada. —Locos están los chinos de Cantón. Tengo un disco nuevo, lo compré ayer, ¿lo escuchamos?, es un grupo nuevo, te va a gustar, se llama MY CHEMICAL ROMANCE, escucha…

   Mientras tanto, no paraba de llover y yo no podía dejar de pensar en mi compromiso con Aiko, y si bien suponía entendería que estaba cerrado el puente, con ella nunca se sabía. Jamás hubiera imaginado que, en una de las ventanas frente al parque, desde uno de los apartamentos de lujo, estaba viéndonos y tomándonos fotos. En esos apartamentos de lujo vivía una de sus amigas de dinero, prima del señor Hu, y precisamente se habían juntado para hablar de mí y de mi futuro, o en retrospectiva, para espiarme.

   Las horas pasaron y ríos de agua pasaban por las calles, los relámpagos y las centellas no permitieron que viera que la noche había llegado y mi plática con Peter, la última, me mantenía el hueco en el estómago en orden, evitando así que vomitara del nervio. Había poco que hacer, era imposible ir a casa hasta que todo pasara, por un momento decidí dejarme llevar, olvidar mis obligaciones, mi deber familiar, el futuro de mi padre, los gemelos, de Aiko y curiosamente, no me preguntaba en ese momento acerca del mío, como si no existieran posibilidades.

   Minutos después, Peter cambió el disco que escuchábamos a un mixto de David Bowie, escuchamos en silencio hasta que perdimos el conocimiento, entré en un sueño, o al menos así lo recuerdo, profundo y plácido. Desperté en la madrugada y la tormenta había pasado, había gente en el parque que nos observaba, todavía traían impermeables y botas de hule, algunos tenían bolsas de plástico cubriendo sus zapatos, barrían o recogían escombro, pero todos nos veían. Estaba clareando y sonaban algunos pájaros, a pesar de que había quietud, un vacío se fue formando en mi estómago de manera vertiginosa, explosiva. Pegué un salto —¡Peter! Me matará Aiko, debo irme. —¿Qué dices?, vámonos, tranquila, te acompaño, es muy fácil de explicar, no había manera de salir de aquí anoche. —¡No!, vete a la casa de tus mentores, yo iré a la mía, luego te buscaré, antes de que te vayas. —¿Cómo crees?, claro que no. —Adiós. 

   Corrí a toda velocidad, la verdad, aunque no hubiera estado el suelo mojado, Peter no tenía posibilidad alguna de alcanzarme, corrí sin descanso hasta llegar a casa. Al llegar pude ver a mi padre en la puerta, su semblante no era de enojo sino de miedo, llegué corriendo y le abracé. —¿Dónde estabas hija? Te he esperado toda la noche, ¿con quién estabas? —Estaba con los amigos del instituto papá, nos alcanzó la lluvia y nos quedamos en el kiosko cercano a la escuela, el puente estaba cerrado, pensábamos que nunca pararía de llover, fue sorpresiva, ni siquiera estaba en los reportes meteorológicos. Mi padre me observó con dureza, esa mirada quedaría indeleble en mi memoria. —¿Con quién dices que estabas? —Con los compañeros de clase, te comenté y tú me diste permiso, también Aiko me dio el suyo. Aiko salió tras la puerta, nunca había visto la verdadera crueldad en sus ojos, lo que antes veía en ellos y en ese entonces no alcanzaba a discernir, era vil y llana falsedad. —¿Estás segura de que estabas ahí? ¿Con compañeros de clase? —Aiko, discúlpame por favor, he fallado a tu encargo, pero sólo porque la lluvia no me permitió salir hasta este momento. En ese momento mi padre agachó la mirada y se metió a la casa. Pasaron unos segundos y pude ver claramente como se agudizaba el odio en la mirada de Aiko. —Eres una puta mentirosa, siempre supe que tenías la sangre de tu abuela prostituta, se lo he dicho a tu padre por años, ahora con tu comportamiento le has traído vergüenza y deshonra. Mira con tus propios ojos, aquí está la foto donde con estás abrazada con el americano ese, ¡lo sabía!, y así es como finalmente acabas con la esperanza de tu padre, en la tarde vendrá el señor Hu a deshacer el compromiso que tenía a tu padre apenas por encima de la bancarrota. Toda la colonia sabe que no eres mas que una puta más, otra puta en Dongguan. 

   Las lágrimas me habían empezado a brotar involuntariamente desde que mi padre agachó la mirada, pero después un odio fulgurante se originó en mi estómago, dirigido hacia Aiko, ella había tomado las fotos con su cámara, era su cámara, ella había torcido todo, ella había manipulado todo, hubiera querido decirle algo, pero no lograba formular ni una palabra, me quedé pasmada, viéndole a los ojos. Podía ver su gozo, un placer anidado en lo que ahora sabía era un corazón negro y podrido. Luego di la media vuelta y me dirigí a mi cuarto, las lágrimas no cesaban, recordaba con dolor la mueca de mi padre y quería hacerle daño a Aiko, la hubiera podido matar. 

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Del diario de Shui Li, junio 27 de 2004

   Si mi mamá viviera, no hubiera escrito un diario. Si mi papá no se hubiera vuelto a casar, hubiera escrito más seguido. Si yo estuviera muerta, no habría nada y este diario estaría en las manos de otra tonta llorando su desahogo a su amigo imaginario. 

   Tengo dos años sin escribirte, pero podrás verificar en tus primeras páginas cómo pensaba que sería mi vida al llegar a mis dieciséis, iría al instituto y me graduaría con honores luego de participar en la olimpiada de Atenas, sería la primera cantonesa en ganar una medalla de oro en judo, aquí en Cantón el judo no es muy apreciado, es un deporte japonés, pero mi padre y Aiko estarían finalmente orgullosos. Esas eran mis expectativas en el año nuevo del 2000, cuando escribí en ti por primera vez. Dejé el judo hace dos años, cuando me descalificaron en la primera eliminatoria para la olimpiada que, por uso excesivo de la violencia, mi competidora me estaba poniendo una golpiza y era dos años mayor que yo, le gané bien, pero explícaselo a los dementes del comité olímpico de China. Había dos oportunidades más, pero Aiko dijo que era muy costoso y que sus hijos también merecían oportunidades, mi padre aceptó. Pensé que mi vida se acababa, yo quería seguir luchando por ese lugar, pero supongo que Aiko solo buscaba que las cosas fueran justas. Finalmente, el mundo no se me vino encima como en ese momento pensé, y hoy en mi cumpleaños, estoy bien. Ayer tuve competencia de box, me reconocieron como la mejor boxeadora menor de dieciséis en el condado de Dongguan, eso debe contar en algo, si bien, no estoy en Atenas ahora mismo, siempre puede haber un 2008 y ni más ni menos, un Beijing 2008, en box, que es mucho más competido que el judo, solamente tengo que ganarle a unas 5,000 competidoras más, pero los cursos los paga el gobierno.

   No te había escrito en dos años, reconozco mi falta de carácter, pero no tenía ganas de escribir. Aparte de ser un día especial, tenía la necesidad de escribir porque estoy leyendo el libro al que me ha instado leer Peter, mi amigo americano de intercambio, ya que está haciendo un proyecto escolar acerca de él. Trata de un chico que intenta justificar un asesinato, ¿cómo se puede justificar matar a alguien?, ¿cómo justificaría yo a quien mató a mi abuela? Si se asesina por dinero, ¿está bien? La verdad es que no lo entiendo muy bien, para Peter, como buen norteamericano es fácil hablar de ello, dice que las armas son un derecho de la gente allá, que él tiene incluso una escopeta que le regaló su papá a los doce años. El personaje del libro piensa que si se hace con ello un bien a la humanidad, es correcto beneficiarse de un asesinato. Necesito digerirlo, ¿puede ser que quien mata a una puta de Dongguan haga un bien? Se compara un asesinato con las matanzas en las guerras, como las de Napoleón, o como los nazis, que justificaban sus crímenes por el bien del pueblo. Por ejemplo, aquí en los libros de historia se habla de la grandeza de Mao y del partido comunista, pero no de los muertos. Visto desde los libros de historia me parece una aberración, pero visto desde el punto de vista de Raskólnikov, el personaje del libro, me hace sentido y eso me asusta. El que una supuesta moralidad te dé derecho a terminar la vida de un ser humano suena horrible, pero, ¿por qué me hace tanto sentido? Si pudiera, por ejemplo, desaparecer a Hiro, el padrastro de Kim, que la obliga a prostituirse para seguir manteniendo el hogar luego de que encontraran a su mamá estrangulada, considerando lo leído, pienso que lo haría. La lógica de “Crimen y castigo” me hace sentido cuando se trata de alguien que ha matado a una persona inocente, como a mi abuela o a la mamá de Kim. Y aunque a mí nadie me ha violado, mi padre me ama, he encontrado un deporte donde me siento bien y creo que podría llegar a cumplir mi sueño olímpico, por alguna razón, me he quedado pensando demasiado en esto. He hablado con Peter de ello, él dice que si viviera en Texas sufriría menos por sentirme así. Te dejo, pero prometo regresar pronto, en unos días quizá, después de que se vaya Peter a América, como él le dice. No tengo muchos amigos con quien hablar y vendré a consolarme contigo seguramente. También sé que Aiko te leyó, pero ahora te esconderé mejor. 

Te escribo pronto, querido diario. 

Shui Li

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