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Mei Lian

Siempre fue parte de mi vida la pintura del dragĂłn en tinta. Me decĂa mi padre que al ser un dragĂłn de tierra tendrĂa una funciĂłn importante en mi entorno, y que representarĂa a China en el mundo. De niña soñaba con tatuarme un dragĂłn en la espalda o en el cuello. Cuando Mei Lian me enviĂł con Xiang la tarjeta del dragĂłn asumĂ que era para que supiera que sabĂa mi fecha de nacimiento, que sabĂa más de mĂ. Mientras estuve en la cocina en mis primeros meses un cocinero me platicĂł la leyenda de un dragĂłn que fundarĂa el nuevo CantĂłn en las faldas del desierto, sobre las ruinas del primer intento, que regenerarĂa la tierra, luego, bromeando que era yo, me mandĂł a lavar los vegetales y librarlos de la tierra, el muy cabrĂłn. Tiempo despuĂ©s supe que esto era parte de las leyendas chinas de la ciudad, ya que se habĂa encontrado esto escrito en un documento, dejado en algo asĂ como una cámara del tiempo en la que un hombre, de los primeros pobladores, uno que habĂa sobrevivido las muertes del chinero y vivido sus Ăşltimos 20 años bajo los subterráneos de La Chinesca habĂa dejado para sus descendientes. En CantĂłn, somos un pueblo que vive en la barbarie, pero come de las putas, no de la guerra, decĂan en Dongguan.
Al paso de las semanas pasaba de 6:00 PM a 11:00 PM en el gimnasio de Mei Lian. Ella estaba algunos dĂas, me dejaba un listado de tareas por cumplir, entre las que estaban llenar de agua los bebederos, lavar los pisos y dejar limpio el gimnasio para la mañana siguiente, se habrá creĂdo que yo era Daniel-san, ni siquiera bromeĂ© con ello, no creo que Mei Lian hubiera visto Karate kid. HacĂa hasta 3 horas de pelea y práctica de wing chun. El wing chun no era tan parecido al judo como pensaba, requiere, además de la flexibilidad del yoga, la velocidad y fuerza del box, consiste en utilizar la fuerza de tu contrincante en su contra, muy de mujeres la cosa, de hecho, es la Ăşnica arte marcial inventada por una mujer.

LlegĂł mi cumpleaños 17 sin fanfarrias, en un año ya habĂa estado al borde de la muerte un par de veces, salido de casa, cambiado de continente, convertido en esclava, aprendido español y endurecido mi cuerpo como no lo habĂa hecho en mis previas preparaciones. RecibĂ un pastel de dulce en el Nuevo CantĂłn de parte de Juan Lee y una cadena para mi muñeca con el hanzi del dragĂłn de Mei Lian. Al llegar la tarde, cuando lleguĂ© al gimnasio se apareciĂł Mei Lian de forma sorpresiva, sin haber entrado por la puerta principal, que hacĂa sonar un conjunto de campanas al abrirse, ello implicaba que el gimnasio estaba unido al sistema de subterráneos de la comunidad china, algo que desconocĂa. —No querĂa que llegara el dĂa, Shui Li, me has sorprendido gratamente en tus entrenamientos, despuĂ©s de todo, “trasero gordo” puede pelear. «¿Trasero gordo?, Âżtrasero gordo? ÂżquĂ© se cree?» —Dime Mei Lian, repliquĂ© con sequedad mientras bajaba la cabeza, como lo hacĂan todas las mujeres cuando le hablaban. —Tendrás que ofrecer un servicio a un cliente de La CofradĂa, deberás tener relaciones con Ă©l. SabĂa que de eso se trataba, pero al no haber pasado nada en tanto tiempo y sin saber para quĂ© entrenaba tanto, me hice otras ideas, claro, era estĂşpida. Me habĂa llegado la hora, sabĂa que las chicas lo hacĂan, pero pensĂ© que, por ser menor, pensĂ©, «sigue pensando pendeja», me repetĂ yo misma. —Es tu primer trabajo, sĂ© que no eres virgen, pero el hombre espera toparse con una virgen asĂ que no es necesario que sepas hacer nada, y probablemente no pida pruebas, eres deportista y eso lo explicará. —Pero… —Estás bajo la protecciĂłn de la cofradĂa, no pasa nada. Deberás seducirle, irán a un hotel aquĂ en La Chinesca, Ă©l estará en un bar a dos cuadras. Hablarás con Ă©l y te comportarás de forma sugestiva, cuando te invite a tener sexo, aceptarás y te deberás asegurar que el crea que te gusta, es posible que sea rudo y te lastime. —No me dejarĂ© lastimar. —Harás lo que yo te pida, te guste o no. El hombre se llama Ramiro Salido, tiene 52 años y esta es su foto, tĂłmala. Ha pagado buen dinero a La CofradĂa para acostarse contigo, ÂżquĂ© pensabas, que eras especial? En tu estado, o sirves a La CofradĂa o no existes. —Está bien Mei Lian. —Ganarás dinero, 50 dĂłlares por tu primer trabajo, si sale bien podrás ir luego ganando más. —¿Cuánto cobra por mĂ La CofradĂa? —Ja, ja, la pregunta de toda prostituta, crĂ©eme, violar a una china, virgen y menor de edad no es barato.
“Violar a una virgen menor de edad no es barato”, hijos de puta.
LleguĂ© al bar, se llamaba “El gato pardo” era un bar viejo de los años sesenta, habĂa prostitutas muy mayorcitas y trasvestis, estaba sucio y medio vacĂo. Un hombre se me acercĂł al llegar y me dijo: “tĂş debes ser la chinita” —Y ÂżtĂş quĂ© crees pendejo?, contestĂ©. —No se enoje chinita, que la paso para atrás antes de dársela al viejo, cabrona… ven, te espera tu… cliente.
Ramiro Salido era el lĂder de la cámara de comercio local, segĂşn supe despuĂ©s, gustaba de pagar prostitutas de noche, pero de dĂa manejaba una de las redes de contrabando de autos de americanos más grande de MĂ©xico, clonaban placas mexicanas y cruzaban los autos por la garita, conducidos por americanos, luego los vendĂan en el sur del paĂs, daba su mochada al general del ejĂ©rcito y al secretario de comunicaciones y transportes en la ciudad de MĂ©xico, sin contar al gobernador del estado. Además, tenĂa locales comerciales con permisos de licor y prostituciĂłn, aunque esta Ăşltima era ilegal, en MĂ©xico lo Ăşnico ilegal es lo que no paga moche. —Esmeralda, quĂ© bueno que llegas, pensĂ© que no tendrĂa hoy el gusto. Mientras me sentaba me tomĂł por el trasero de una forma grotesca metiendo el dedo en la raya de mis nalgas por afuera del vestido, todavĂa no me sentaba y ya lo querĂa matar. —Hola señor, gracias, ÂżcĂłmo se llama usted? —Ejem, yo pensĂ© que te habĂan enseñado a no hacer preguntas, pero, empecemos bien, llámame Ram, y no me digas señor, hoy seremos mejores amigos. De nuevo ponĂa sus asquerosas manos en mi cuerpo, pasando sus dedos por encima de mis pezones me hacĂa saber que estaba con Ă©l de renta, y la renta es propiedad temporal. Durante el rato que estuvimos ahĂ me platicĂł acerca de la ciudad y cĂłmo se habĂa fundado el centro, otra variante de la historia que contaban los chinos en las cocinas, asĂ como del poder del que Ă©l gozaba en la ciudad y en el gobierno. Supe que tenĂa tres exesposas y una cuarta actual y que en total tenĂa 10 hijos, vaya ficha. TratĂł de darme tres o cuatro bebidas con dios sabe quĂ©, hice como que las tomaba y salimos de ahĂ cuarenta minutos despuĂ©s. Entramos al callejĂłn. —¿Hacia dĂłnde vamos? preguntĂ©. —Vamos a hacerte mujer, niña, el hotel Camila debe acogernos bastante bien, si no, podemos empezar aquĂ. Supongo que alcanzĂł a ver mi expresiĂłn de asco, porque se parĂł de improviso. —¿No te gusta la idea, chinita? —Lo que tĂş quieras… Ram. —Chamaca pendeja, la noche empieza aquĂ. Acto seguido se bajĂł el pantalĂłn me tomĂł por los hombros esperando que le hiciera una felaciĂłn ahĂ mismo, en el puto callejĂłn, ¡en el puto callejĂłn! Con asco bajĂ© y tomĂ© su pene flácido con mi boca, el olor a orines era fĂ©tido, asumo que era diabĂ©tico o estaba enfermo, con torpeza comencĂ© a mover mi cabeza mientras tenĂa la masa de carne esa en mi boca. —En efecto, no sabes mamar la verga, no me mintieron, eres virgen, dijo el cerdo con una carcajada. Acto seguido me empujĂł y se subiĂł el pantalĂłn, satisfecho. En eso sonĂł su telĂ©fono celular. —¿QuĂ© chingados quieres? Estoy en una cita de negocios. ÂżQuĂ©? Y como pasĂł eso, ÂżquiĂ©n se ha enterado? Dile al presidente que le pagaremos hasta el Ăşltimo centavo, dile que tenemos todo su dinero, que no se preocupe… Obvio que no lo tenemos estĂşpido, pero gana tiempo… Okay, termino… mi… cita… y voy. ApagĂł el celular con una mueca llena de odio. —No te estrenarás en el amor chinita, pero si te voy a culear, no vaya a ser que no conozcas la verga en tu vida, dijo al esbozar una especie de risa. Me tomĂł por la espalda, yo lo permitĂ, me subiĂł el vestido, mientras se aseguraba que nadie venĂa, la calle estaba obscura, una luz al final del callejĂłn habrĂa permitido a alguien vernos como dos sombras, un degenerado con su trasvesti, pensarĂan. Me embistiĂł con fuerza, mi vagina no lubricaba y me doliĂł mucho, habĂa pensado que no lo paraba, pero el asqueroso logrĂł sacar sangre de algĂşn lado para que su excusa de pene tomara una erecciĂłn, luego de un rato que se me hizo interminable, durante el cual el asco y la repulsiĂłn no me permitĂan hacer un sonido, unas manos me tomaron por el cuello: el hijo de puta querĂa estrangularme.

TomĂ© con una mano sus testĂculos y los apretĂ©, me soltĂł del cuello, pero me tomĂł del pelo. —China pendeja, aquĂ quedas, de todos modos, no ibas a amanecer. Acto seguido me acerquĂ© más a su axila y con mis dedos presionĂ© su cuello, me soltĂł, despuĂ©s golpeĂ© con mi pie su pecho, a la altura del corazĂłn, se desmayĂł, pude correr… pero no lo hice. Le tomĂ© de la cabeza y lo estrellĂ© contra el pavimento varias veces, demasiadas quizá, despuĂ©s presionĂ© su tráquea con mis dedos en dos puntos, tardĂł tres o cuatro minutos en morir. «RaskĂłlnikov imbĂ©cil, un hacha ensucia demasiado». Lo llevĂ© rodando hasta una alcantarilla, de alguna manera logrĂ© abrirla y lo rodĂ© hacia abajo, quedaron sus pies a la altura del alcantarillado, lo cerrĂ© y me fui.
RegresĂ© al gimnasio de Mei Lian, no me pensaba quedar ahĂ, asumĂ que cuando se dieran cuenta me sentenciarĂan, pero no sabĂa quĂ© hacer, y es que La CofradĂa funciona como una corte marcial. «Soy un jodido desastre», pensĂ©. No sirvo ni de puta, además, al menos cinco personas me vieron salir con Ă©l, si no me mataba La CofradĂa, me meterĂan a la cárcel, y a mĂ, una china sin papeles a la que le irá lindo en una cárcel mexicana, sin refrigeraciĂłn, en este infierno. ÂżCĂłmo lleguĂ© aquĂ? No sentĂa el menor remordimiento porque el cerdo ese merecĂa morir y el mundo era un mejor lugar sin Ă©l, pero igual que el personaje de Dostoyevsky, lo habĂa hecho todo mal. Me habĂan visto salir, no planifiquĂ© nada, no era NapoleĂłn, ni Hitler, no era una revolucionaria que obraba a bien por la sociedad, era una china muerta, violada, con sabor a orines en la boca y segĂşn mi mentora y prĂłximo verdugo, gorda… Âżgorda? ÂżQuĂ© se cree?
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Trabajo, amor y traiciĂłn.

Con las semanas me fui acostumbrando al horrible calor de este desierto, entraba y salĂa de la cocina, donde hacĂa más calor y además respirabas aceite. Me levantaba a las 6:00 AM para hacer ejercicio, eso me mantenĂa la mente clara y en esas dos horas que estaba ahĂ en mi lugar haciendo esfuerzo, tenĂa al menos una sensaciĂłn de propiedad sobre mi persona. A las 9:00 AM estaba ya limpiando y lavando verduras en la cocina, cuando habĂa menos gente empezaba a atender clientes, pensaba que el saber inglĂ©s me habĂa ayudado, no sĂ© porque pensaba eso, a empezar a hablar español, sabĂa decir los platillos del menĂş y con mi acento cantonĂ©s podĂa establecer una conversaciĂłn sencilla con los comensales, y aunque la mayorĂa de las meseras eran mexicanas, pues a ellas si les pagaban, los dĂas bajos atendĂamos nosotros para abatir los costos, Juan Lee era un avaro pero Ă©l se veĂa sĂ mismo como un gran hombre de negocios, guapo y bondadoso, el muy panzĂłn. Fui entendiendo en quĂ© consistĂa La CofradĂa, era una organizaciĂłn que ante el mundo aparentaba ser un club de empresarios chinos, una cámara, pero el tráfico de influencias y las ligas con el Partido Comunista eran innegables, definitivamente habrĂa drogas, si habĂa tráfico de gente en esa escala.
Era un jueves, cuando al llegar me encontrĂ© a un chico sentado en la cocina, su cara dotada todavĂa del terror del viaje era sin duda hermosa, imaginando lo que acababa de vivir me acerquĂ© a platicar, era del mismo Shenzhen, se llamaba Wang. Platicamos un poco durante los primeros dĂas. Pero al tiempo comenzamos a ser muy amigos, nos reĂamos y guiñábamos durante el trabajo constantemente. Un dĂa mientras servĂa a miembros de la comunidad china, al servir la sopa, Wang hizo unos pasos de reversa a la Michael Jackson para mi entretenimiento y sonreĂ como tonta, una mujer de la comunidad me tomĂł del brazo con fuerza, de una forma que me inmovilizĂł y me obligĂł a quedarme pasmada, de nuevo. —Él no niña, Ă©l no. Cuando quise contestar, la señora estaba tranquilamente batiendo sus palillos en su sopa, con bastante maestrĂa, nadie más en la mesa hizo sonido alguno. RegresĂ© contrariada y le preguntĂ© a Xiang por la extraña señora. Xiang saliĂł y regresĂł blanca. —No quieres tener nada que ver con Mei Liang niña, esa mujer es un demonio. “Otro demonio”, pensĂ©. —Hey Ronda Rousey, ayĂşdame que acá hay una pila de 200 platos y viene un grupo grande, dijo Wang. Mi rostro se iluminaba cada vez que me hablaba, Xiang, con un rostro de complicidad asintiĂł para permitirme ayudarle. Wang no era listo como Peter ni veĂa pelĂculas de Kung Fu, le gustaba la mĂşsica Pop, escuchaba a Ricky Martin cuando nadie le veĂa, era adorable, aunque no era tonto, tenĂa esa inteligencia de saber cosas de los mayores y sobre todo de La CofradĂa. Alguna vez le preguntĂ© porquĂ© lo habĂan exiliado, sĂłlo decĂa que su padre habĂa hecho un trato, nunca mucho más.

Una rara tarde de otoño en que llovĂa a cántaros en Mexicali, cosa que ocurrĂa un par de veces al año, los recuerdos de mi Ăşltima y Ăşnica noche con Peter llegaron de golpe, me preguntĂ© porquĂ©, en tres meses no se me habĂa ocurrido escribirle, no podrĂa, yo no era la misma persona, ÂżquĂ© le iba a decir? Esa noche salimos temprano, pero habĂa un grupo especial de La CofradĂa y Xiang se debĂa quedar a atender a los invitados VIP, me mandĂł sola a los apartamentos, salĂ al mismo tiempo que Wang y este me acompañó, le dije que entrara hasta que bajara la lluvia, los apartamentos donde vivĂan los hombres estaban a dos cuadras. —¿Por quĂ© saliste de Dongguan? La pregunta me sobresaltĂł. No habĂa tocado el tema con nadie, ni siquiera habĂa recibido cartas de mi padre, salvo cuando me escribiĂł de puño y letra de Aiko, que todo estaba bien y que era una bendiciĂłn que estuviera yo bien y en Mexicali. TardĂ© dos horas en platicarle mi historia, por primera vez llorĂ© desde aquel momento en que se me secaron las lágrimas, ni siquiera en el infierno de contenedor ese derramĂ© una. Lo vivido ahĂ no se lo contĂ© nunca a nadie, creo que se sabĂa, pero nunca hablĂ© de ello. Al terminar mi historia Wang me besĂł. Mi primer beso, ahĂ, como testigos sĂłlo dos arañas que me acompañaban desde hacĂa un mes a las que apodaba Aragog A y Aragog B. El beso durĂł mucho más de la cuenta, luego vinieron besos en el cuello y algo más, cuando me di cuenta ambos tenĂamos ya el torso desnudo, Wang sacĂł un preservativo, y si bien me detuve en frĂo al verlo, despuĂ©s de un momento de duda me entreguĂ©, ahĂ, en la cama de mi compañera de cuarto, ahĂ dejĂ© la niñez, al menos fĂsicamente, desde hacĂa mucho no me consideraba tal, pero mientras sus manos me tocaban yo me estremecĂa, me dejĂ© llevar, luego tomĂ© el control como si fuera la protagonista de una pelĂcula americana, clasificada R.
Al irse Wang cambiĂ© las sábanas a mi compañera y me dormĂ, con el olor de nuestros cuerpos en la fibra de las sábanas descansĂ© en una ensoñaciĂłn permanente, sonriente, si no era felicidad, porque yo no podĂa saber lo que era ser feliz, se debe haber parecido.
A la mañana siguiente me levantĂ© más tarde, aun asĂ, hice mi rutina: 6 rounds de sombras, 10 series de piernas, saltos, ejercicio abdominal, lagartijas y estiramiento, la primera serie de Yoga Ashtanga, lo Ăşltimo que aprendĂ de mi maestra en Dongguan. —Buenos dĂas, ÂżcĂłmo estuvo el amor, niñita?, enmudecĂ. —No sĂ© de que hablas, repliquĂ©. —Estaba guapo el niño, luego lo traes de nuevo y entre las dos le hacemos el dĂa, sirve que te enseño algĂşn truco, algo tendrás que aprender a hacer, aparte de fregar platos. —Que te den, contestĂ©. —Me dan diario niñita, y luego me pagan, por cierto, en tres meses es la segunda vez que hablamos, al menos podrĂamos hacerlo más seguido. Quizá te sirva dejar esos libros y conocer la ciudad. ReflexionĂ© un minuto. —De acuerdo Xie, de acuerdo, pero deja de decirme niñita. —Es un trato Shui Li, acto seguido me guiñó un ojo y regresĂł a dormir, cuando salĂ de bañar, Xie roncaba de nuevo.

Al llegar al Nuevo CantĂłn, Xiang me esperaba con un rostro serio. —Ven, tengo que decirte algo. Fuimos a la parte de atrás de la cocina, donde estaban los tanques de gas, que era donde fumaban en secreto los cocineros, listos ellos. —Tengo varias cosas que decirte. —¿A mĂ? —SĂ, a ti. Primero, te manda esta tarjeta Mei Lian, era una tarjeta con el sĂmbolo del dragĂłn, mi sĂmbolo zodiacal, las caracterĂsticas y años de nacimiento. —¿QuĂ© tengo que hacer con esto? —Yo no le hago preguntas a Mei Lian, los santos me libren y Buda me acompañe. —¿Es todo?, la cara de Xiang se descompuso de nuevo. —No, ayer me enterĂ© quiĂ©n es Wang, por alguna razĂłn sus palabras me cimbraron hasta la mĂ©dula, asentĂ sin poder decir palabra. —Wang es hijo de una rama de la familia Wu, que son los que controlan los transportes de carga en Shenzhen, asĂ como el tráfico de personas, un tĂo de Ă©l es muy conocido, le apodan Tsingtao. Al escuchar esto las piernas me flaquearon y el mundo me dio vueltas. —Y eso no es lo triste niña, Wang Wu, viene a casarse con la ahijada de Juan Lee, la nieta del lĂder de La CofradĂa en Mexicali y se casará en enero en San Francisco. Está esperando tener sus papeles mexicanos y luego su visado americano, eso es lo que hace mientras trabaja aquĂ, además aprende el negocio porque se hará cargo de un restaurante en San Francisco una vez que se case.
Con esas palabras solamente, fueron varios los niveles de descenso en este infierno, mis vivencias en los Ăşltimos 4 meses habĂan cambiado todo mi horizonte, hacĂa un par de años me hacĂa campeona olĂmpica para estas fechas, la más joven. Seis meses atrás pensaba en mi preparaciĂłn para Beijing, en un nuevo deporte, y en Peter. De todos los descensos este fue el de menor impacto visible, pero serĂa el que menos olvidarĂa y el que más me marcarĂa, la traiciĂłn era una cosa, pero ser usada por un hombre era algo peor, demasiado personal. Aun asĂ, de nuevo pensĂ© en las chicas del contenedor, ellas se habĂan dejado usar para sobrevivir, habĂan muerto haciendo algo al respecto, lo que estaba en sus manos y yo, yo habĂa sido usada por tonta. No hay nada que afecte tu seguridad como la traiciĂłn en el amor, más, cuando tienes diecisĂ©is.
No recuerdo nada de esa jornada laboral. Le buscaba el rostro a Wang y Ă©l actuaba como si nada hubiera pasado, no me volteaba a ver y hacĂa sus labores, aun cuando se percatĂł en mis ojos que algo habĂa cambiado, hizo caso omiso y siguiĂł con sus rutinas. Su maldita sonrisa perfecta, su español aceptable y su inglĂ©s británico daban una fachada perfecta para un chino occidental, su desfachatez completaba el cĂrculo, era material de La CofradĂa, “perteneces, hijo de puta”. Al salir, nos fuimos directo al apartamento, Wang saliĂł detrás de mĂ y de Xiang, —Ronda Rousey, Âża dĂłnde vas?, hay postre y cena para todos. —Dame un minuto, le dije a Xiang. —No demores, te espero en la entrada. —¿A quĂ© has venido a Mexicali?, preguntĂ©. —Como todos, a trabajar. —¿Cuánto tiempo trabajarás en el Nuevo CantĂłn?, y, ÂżquĂ© relaciĂłn tienes con Tsingtao? Al mencionar a su tĂo su mirada cambiĂł. —Espera, sĂ© lo que pasaste ahĂ, cosas salieron mal, no es culpa de mi tĂo. —¿SabĂas? —Todos sabemos Rousey —¿Y tu esposa? Dio un paso atrás y ahora sĂ cambiĂł su semblante. —Escucha, no la conozco, yo que sĂ©, son cosas de familia, tĂş y yo nos podemos seguir viendo. No terminĂł la frase cuando sin pensarlo, mi pie habĂa impactado de lleno su cara, inmediatamente despuĂ©s, un volado de izquierda le hizo caer al suelo, sin pensar, mi rodilla derecha habĂa impactado su nariz. Un flujo de sangre brotĂł de su rostro mientras Xiang gritaba: “Te van a matar idiota, ¡para!, ¡para!, ¡para!” Una patada circular en su costillar izquierdo cerrĂł la tanda, Xiang gritaba y movĂa las manos frente a mĂ. CaminĂ© rumbo a mi habitaciĂłn y me encerrĂ©, cerrĂ© los ojos, a buena hora se me quitĂł el pasmo.
A la mañana siguiente tocaron a mi puerta a las 5:45 de la mañana. Xie se levantĂł, abriĂł la puerta y saliĂł. —Levántate. La voz seca provenĂa de una mujer de 1.65 mts, delgada y fibrosa. —Mueve ese enorme trasero y ponte frente a mĂ. Lo hice lentamente, Âżenorme trasero?, ÂżquĂ© se cree? — Lo que hiciste ayer ha cambiado toda tu existencia, niña imbĂ©cil. AgachĂ© la cabeza, no dije nada. —Llegaste como activo de La CofradĂa… —Claro que no, lleguĂ© porque la perra de mi madrastra me tendiĂł una trampa… —¡Cállate! Están evaluando desaparecerte, dormirte como perro sin control, te advertĂ aquel dĂa, es que aparte de gorda eres bruta. La bilis no me brotaba por lo bruta, me brotaba por lo gorda, Âżgorda?, Âżgorda? — No pensĂ© que… —Exacto, la que no piensa se muere, asĂ funciona el infierno en el que te has metido, ¡bruta! Un silencio, obvio incĂłmodo, vino de inmediato. Mantuve mi mirada firme ante este demonio, como le llamaba Xiang, nunca le preguntĂ© por quĂ©, mira que si soy bruta, era la pregunta que debĂa hacer, pero estaba embrutecida, enamorada, pendeja. —Me dicen que hablas bien español. —No tan bien, pero puedo hablarlo. — Estaremos evaluando tu situaciĂłn, no está nada dicho. No salgas de tu habitaciĂłn, Xiang te traerá comida, pero no puedes regresar a trabajar hasta que se decida tu suerte, y ni se te ocurra escapar, que tus puñetazos dĂ©biles y tu trasero gordo no durarán mucho en la calle, terminarás en una fosa comĂşn en menos de un dĂa. RegresarĂ© cuando estĂ© decidido.
PasĂ© diez dĂas encerrada, afortunadamente en mis escapadas con Wang habĂa conocido una librerĂa llamada Sanborns, y estaba acompañada del ingenuo de Dante, su Divina comedia y El retrato de Dorian Grey, 2 por 100 pesos, una ganga que, con lo que ganaba era lo que habĂa, no estaba mal. Cada que mi mente divagaba pensaba en quĂ© pasarĂa si me convertĂa en asesina, quĂ© pasarĂa si mataba a: Xie, Xiang, Wang, Juan Lee… Cada iteraciĂłn de mis pensamientos tenĂa una serie de eventos distintos, en todos y cada uno de ellos Mei Lian terminaba con mi vida, en ninguna pude vencerla, era como ver una pelĂcula con diferentes finales en la que distintas situaciones se daban en funciĂłn de cada decisiĂłn. No sĂ© si era el hecho que me llamara gorda o en cĂłmo me hablaba, pero habĂa algo muy peligroso en la forma en que se movĂa Mei Lian, era como ver a una pantera. Además, era sumamente perturbador en cĂłmo habĂa salido Xie del cuarto aquella mañana y no me habĂa vuelto a dirigir la palabra desde entonces, ni siquiera estaba durmiendo en el cuarto, sĂłlo venĂa por ropa. LeĂ y divaguĂ© mientras incrementĂ© mi ejercicio a 3 horas diarias, ahĂ como presa, en mi celda. 9 rounds de sombras, 20 series, piernas, abdomen, espalda, brincos, brazos, la serie de Ashtanga completa para terminar.
En mis divagaciones hice comuniĂłn con Dostoyevsky. RaskĂłlnikov errĂł, se dejĂł atrapar, ese fue su error, debiĂł matar al juez, no dejarse atrapar, debiĂł matar a Sonia, no enamorarse de ella.
—¡Despierta ya!, eran las 5:45 AM, de nuevo. Mei Lian estaba parada frente a mi litera. BajĂ© sin decir nada, estaba despierta, tenĂa al menos 15 minutos viendo al techo en la obscuridad. Imaginando a las Aragogs haciendo su telaraña, pensando que era una de ellas, hilvanando la trampa para la mosca Wang, para el grillo Aiko. —Tienes suerte, se ha decidido que trabajarás para La CofradĂa, por medio mĂo, deberás servir platos de dĂa con Juan Lee, pero ciertas noches deberás servir de otra forma, lo lamento, al menos vivirás. No tardĂ© mucho en entender. Cuando finalmente lo hice abrĂ los ojos y una lágrima brotĂł de ellos, no me sentĂa triste, estaba enojada. —Entrenarás conmigo en mi gimnasio, tu nueva disciplina será el wing chun, cuando estĂ©s lista, quizá otros trabajos vengan. No dije palabra alguna. Otro silencio incĂłmodo se creĂł entre nosotras. —Báñate, haz tu rutina, empiezas a las 11:00 AM, sales a las 6:00 PM, te veo en el gimnasio. Dile a Xie que te lleve, ni se te ocurra llegar tarde. —Wang… —Wang se ha ido a San Francisco, Xie y Xiang han explicado al comitĂ© tu versiĂłn por ti, contradiciendo la de Ă©l, que por cierto implicaba que lo sedujiste para evitar su pactada boda, pequeño imbĂ©cil, no tendrá lo que merece, pero no le irá tan bien como Ă©l pensaba, aun asĂ, su familia tiene poder en La CofradĂa, le buscarán otra esposa con menos… gracia. MuĂ©vete gordita. Con esto se fue, Âżgordita?, Âżgordita?, ÂżquĂ© se cree?
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Un restaurant y La CofradĂa.

Una camioneta llena de pan llevaba a mi cuerpo, que seguĂa falto de espĂritu e inteligencia, a un lado de un hombre viejo, que, viĂ©ndolo de cerca y con luz, habrá tenido más de sesenta, era el mismo que venĂa en el contenedor desde Shenzhen, tampoco aquĂ cruzamos palabra. La camioneta venĂa repleta de pan y galletas de la suerte, habrĂ© comido cinco bollos a escondidas de mi acompañante, en una dormida que se dio. Cuatro horas nos separaban del hospital de la “Masacre de la motosierra”, una choza en un área agrĂcola en el sur de Ensenada, mi morada por sabrá el diablo cuántos dĂas que nunca contĂ©, de un restaurante chino llamado “El Nuevo CantĂłn” ubicado en el verdadero infierno terrenal, nuestro destino: Mexicali.
Bajamos a un calor inaudito que despuĂ©s supe eran 51 grados centĂgrados a la parte trasera de un restaurant. Nos pidieron descargar la camioneta y acto seguido nuestro chofer se fue. A recibirnos llegĂł un hombre gordo que hablaba un cantonĂ©s muy extraño, no pude ubicar el acento, era el aquĂ famoso cantonĂ©s mexicalense, el que hablaban las segundas y terceras generaciones de gente llegada de CantĂłn. — Lee Lian, tu hermana Mei Lian me ha hablado mucho acerca de ti, bienvenido, ella te espera afuera, pasa por la cocina, está en el restaurante. —TĂş debes ser Shui Li, te esperaba, aguarda un momento aquĂ mientras ayudas a acomodar estas cajas en la cocina, mi nombre es Juan Lee y soy primo tercero o algo asĂ de tu padre, vienes a trabajar conmigo, no conozco bien a mi primo, pero vienes recomendada por la familia Hu de Dongguan, ÂżquĂ© habrás hecho para que te echaran de la ciudad de las putas? Bueno, aquĂ no es muy diferente, anda, anda, muĂ©vete ya.
—El hombre del contenedor me observĂł e hizo una pequeña reverencia, dio la media vuelta y se fue. La cocina estaba sucia y pude ver dos ratas corretearse la una a la otra por una canaleta cercana al techo, olĂa fuerte, a aceite quemado de ese que se usa varias veces y termina pareciendo petrĂłleo, se respiraba la melcocha en el aire, con mucho esfuerzo movĂ las cajas, mis fuerzas estaban aĂşn bastante mermadas, al pasar por un espejo vi una calavera de lo que en China fui, asumo que mi peso apenas rozaba los cuarenta kilos, quizá menos.
—MuĂ©vete niña que las cajas no se mueven solas, me dijo una mujer al pasar. Todos en la cocina seguĂan sus labores mientras me observaban con disimulo, el vestido que me habĂa dado la señora en Ensenada, mi ángel o mi demonio, mas bien mi otra celadora, estaba atado con un listĂłn y me quedaba como una tĂşnica enorme. Tampoco supe el nombre de la mujer, ni preguntĂ©, en ese momento, cuando alguien me saludĂł intentĂ© contestar, para mi sorpresa no pude, no habĂa hablado palabra desde Shenzhen, se me habĂa ido la voz, asĂ me mantuve, supongo que mi cobardĂa, el haberme visto fuera de mi cuerpo por dĂas sin saber si estaba viva o muerta y el olor a metal que todavĂa podĂa sentir en los dientes me habĂan desgastado hasta volverme un trapo.
Juan llegĂł una hora despuĂ©s, una vez que acomodĂ© las cajas, la señora que me habĂa apurado pasĂł y me dio una escoba, no dije nada, barrĂ. —AquĂ estás niña, me dice Lee Lian que no hablas, pero a mĂ me habĂan prometido una atleta y mira nada más, uno paga por buenos empleados y ÂżquĂ© recibe?, tremendos esperpentos. Ayudarás a la señora Xiang en la cocina, harás todo lo que ella te diga hasta que te diga yo lo contrario, anda, anda, anda que los platos no se sirven solos, es domingo, estamos a reventar, muĂ©vete, anda.
En la noche, ya como a las 11:00 PM, la señora Xiang me llevĂł a unos apartamentos que estaban a media cuadra del restaurante, el lugar era muy sencillo y pequeño, se notaba que habĂan metido más cuartos de los que estaban originalmente, se hubiera visto deplorable si no fuera que estaba excepcionalmente limpio. Me dio una bolsa con jabĂłn y artĂculos de limpieza y me apuntĂł a una litera. —Vas arriba tĂş, abajo no, abajo es de alguien, asĂ©ate y descansa, mañana el trabajo empieza a las 9:00 AM.
Una idea habĂa dado vueltas en mi cabeza durante toda la tarde, mi padre o el señor Hu pagaron 80,000 yuanes porque yo llegara a salvo. Once personas murieron a pesar de que habĂan pagado 80,000 yuanes cada uno. Llegamos de milagro, algo obviamente se saliĂł de control, pero dijo Juan Lee que Ă©l habĂa pagado, mi padre pagĂł por deshacerse de la “mercancĂa dañada”, Juan Lee pagĂł por otra mercancĂa, pagó…pagĂł, Âżme comprĂł? ÂżCuánto dinero habĂa aquĂ? O… ÂżQuiĂ©n mentĂa? IntuĂ que nadie, esto era una especie de mafia. RecordĂ© las palabras de mi padre, Ă©l dijo empezar de cero, esto no era empezar de cero, esto era empezar bajo tierra, este era un infierno que se revelaba a sĂ mismo en capas, como una diantre cebolla.
Por la mañana bajĂ© de la litera, habĂa una joven dormida, delgada, con senos prominentes segĂşn se veĂa por fuera de la sábana, tenĂa aĂşn rĂmel en los ojos y claramente estaba desnuda. Colgado en un clavo en la pared habĂa un vestido rojo, pequeño y muy corto, “las putas de Dongguan, las putas de Mexicali”, pensĂ©. Al verla dormida e indefensa, pensĂ© de nuevo en Crimen y castigo, y lo iluso y afortunado que era el imbĂ©cil ese, ÂżcĂłmo le pudieron pillar?, quizá fue que lo leĂ tantas veces, era mi Ăşnico acompañante por tanto tiempo, concluĂ que Dostoyevsky habĂa creado a Pinocho, cuando la chica de la litera de abajo y yo, Ă©ramos niños de verdad. Vino de nuevo a mi mente el sabor a metal en mi garganta, el olor a muerte… “no hice ni putas madres”, se murieron, vivo por cobarde, chuparles la pija a los animales esos requerĂa más valentĂa que la que yo tuve, ahora entiendo, no, no entiendo nada, no soy nada, no existo, soy una masa de carne en el suelo, estuve viendo a las demás pelear con las herramientas que tenĂan a la mano, yo pasmada, no merezco vivir… ¡Vaya al diablo!, me ha trastornado DostoyĂ©vsky, “¡Vete al diablo!”, dije en voz alta, mis primeras palabras no podrĂan ser otras, estaba viendo fijamente el vestido rojo con lentejuela. —Y ÂżtĂş quĂ© eres?, Âżputa, mesera o cocinera?, soy RubĂ, jaja, en realidad me llamo Xie, tĂş ÂżcĂłmo te llamas? DespuĂ©s de un largo silencio dije: “Shui Li”, y esa fue toda la conversaciĂłn con mi nueva compañera, por muchos dĂas.
12 horas diarias, 28 dĂas al mes son 336 horas, que al equivalente de 5 dĂłlares por hora que se podĂan llevar los meseros regulares eran $1,680 dĂłlares al mes. Eso era lo que no me pagĂł Juan Lee esos meses. 80,000 yuanes o $9,390 dĂłlares que cobraron Tsingtao y sus asesinos, otro tanto que pagĂł Juan Lee por mĂ. Menos los 100 dĂłlares que recibĂa para artĂculos personales al mes… Estos cabrones estaban haciendo dinero, con razĂłn los demonios la pasan bien, ¡hijos de puta! Alguien estaba haciendo $37,740.00 dĂłlares ese año conmigo, entre contrabando y salarios no devengados, y yo era una empleada de piso, ni siquiera era puta como Xie. En los apartamentos dormĂamos 40 mujeres, habĂa otro de hombres y ahĂ dormĂan hasta 6 por habitaciĂłn, podrĂan haber 120. Si las cuentas fueran lineales, habĂa seis millones de dĂłlares, sĂłlo bajo el control de Juan Lee, sĂłlo en salarios, sin contar ventas, ganancias ni contrabando. ÂżDĂłnde me metiste Aiko?, te odio… claramente escuchĂ© en mi mente la voz de Aiko, dulce y llena de hipocresĂa: “Bienvenida a La CofradĂa Shui Li, tienes lo que tu madre merecĂa…”
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El viaje

En los puertos de Shenzhen habĂa un hombre que apodaban “Tsingtao”, como la cerveza. Un trabajador de la familia Hu me llevĂł hasta el puerto. HablĂł con Tsingtao, me apuntaron varias veces mientras hablaban, escuchĂ© decir “recomendada” y “familia Hu”, a pesar de que hablaban entre ellos, hacĂa un viento a mi favor que me permitĂa escuchar sus susurros. Tsingtao contĂł los 80,000 yuanes que habĂa enviado mi padre, ambos afirmaron con sus cabezas y se dieron la mano. AsĂ fue, que en el puerto mercante de Shenzhen me convertĂ en una mercancĂa, en una transacciĂłn. Tsingtao me llevĂł hacia una zona de contenedores donde, escondido, habĂa un contenedor marĂtimo que era en realidad una oficina, ligado a otros más que formaban un complejo escondido, habĂa analistas en computadoras viendo pantallas, escribiendo y hablando por telĂ©fono, despuĂ©s de un camino angosto entrĂ© a un comedor muy sucio, que al menos tenĂa aire acondicionado, ahĂ habrĂan unas quince personas, la mayorĂa mujeres, jĂłvenes, un par de parejas y un hombre mayor, sentados en el piso, esperando. —Faltan tres más, quĂ©dese ahĂ, ahĂ hay una máquina expendedora, compre lo que pueda que no volverá a ver una en tres semanas, me dijo casi al oĂdo Tsingtao. —Pasaremos al contenedor en dos horas máximo, prepárense. Dijo para el resto. No volteĂ© a ver a nadie, saquĂ© mi copia de Crimen y castigo y me sumĂ en ella.
Durante todo el tiempo que pasĂł desde que supe de mi destierro, pensĂ© en todas las bifurcaciones que tenĂa mi vida en ese momento, yo era una buena persona, pero pensaba, bajo quĂ© escenario la tesis de matar por el bien aplicaba a mi situaciĂłn. Aiko serĂa por placer, ello me vilificaba, salvo que fuera por venganza de la muerte de mi madre, pero no tenĂa pruebas y ello me convertĂa en una falsa vĂctima y la convertirĂa a ella en una mártir ante los ojos de mi padre, que no dudarĂa en deshacerse finalmente de mĂ, como “mercancĂa dañada”, sin contar que las relaciones que llevaba con la esposa del señor Hu complicarĂan todo. Matar a mi padre me abrirĂa de par en par las puertas del infierno, al que parecĂa caer irremediablemente, podrĂa terminar su asesinato con un suicidio, serĂa la comidilla de toda la colonia industrial de Dongguan. Aiko heredarĂa una pensiĂłn por parte de la familia Hu, los gemelos tendrĂan sus estudios pagados por la misma, serĂan gente de bien, niños caĂdos en desgracia, apoyados por toda la comunidad para salir adelante, Aiko vencĂa. Mi vida propia, eso no harĂa ningĂşn cambio, Aiko igual habrĂa ganado. Cuando pensĂ© en cĂłmo me desharĂa de los gemelos sentĂ una punzada de repulsiĂłn en el estĂłmago, no podrĂa. Definitivamente aquello me hizo sentir que una buena parte de mi humanidad estaba intacta, no era una mala persona, la calma con la que me veĂa estrangulando a mi padre y luego aventándome al rĂo o dando hachazos sobre el cráneo de Aiko me hacĂan pensar que la idea de deshacerse de mĂ era acertada, era mercancĂa dañada, «no todavĂa», pensĂ©.
Un contenedor marĂtimo con aire acondicionado posicionado sĂłlo, en una parte olvidada de un barco de carga contenĂa 22 personas: 13 mujeres menores de veinte años, 2 parejas de reciĂ©n casados en sus veintes, 5 hombres, uno mayor de cincuenta y 4 hombres jĂłvenes. De los 4 hombres jĂłvenes, 3 eran celadores, el otro era Tsingtao. 18 personas a 80,000 yuanes cada uno: 1,440,000 yuanes. Era una cantidad obscena de dĂłlares, más o menos 10,000 dĂłlares por persona, hubiera pensado que el infierno era el pago por tu maldad, no que tenĂa costo de entrada.

Pasaron dos dĂas en silencio, habĂa una luz tenue dentro del contenedor que venĂa acondicionado para mercancĂas, pero tenĂa un baño pequeño. Tsingtao repartĂa toallas hĂşmedas con limpiador y desinfectantes cada mañana, asĂ como bolsas con comida chatarra y huevos de codorniz en vinagre al vacĂo en bolsas selladas. Una botella de 1.5 litros de agua para todo el dĂa por persona. Los primeros dĂas leĂ y seguĂ meditando, diferentes formas de matar venĂan a mi mente como un flash esporádico. El tercer dĂa las cosas se descompusieron cuando a uno de los celadores se le ocurriĂł frotar los senos de una de las chicas mientras dormĂa, la chica le dio una patada en la nariz al incorporarse asustada y un chorro de sangre brotĂł sin más. Tsingtao corriĂł hasta el lugar, pensĂ© que golpearĂa al celador, errĂ©, entre los dos patearon a la chica hasta dejarla inmĂłvil. El resto de la tripulaciĂłn no hizo absolutamente nada, cuando tratĂ© de levantarme, los otros dos celadores estaban tras de mĂ y me dijo uno al oĂdo, mientras siseaba su asquerosa lengua en Ă©l: “si metes tus narices de nada servirĂa tu protecciĂłn boxeadora, aquĂ en el mar, nadie tiene derechos”. A partir de ahĂ, estábamos en un mundo nuevo, «bienvenida al segundo cĂrculo del infierno» pensĂ©, Âżo era el sĂ©ptimo?, nada nunca es tan simple, Dante no sabĂa nada… de nada.
Al dĂ©cimo dĂa los celadores habĂan logrado tocar a las chicas sin que nadie se los impidiera, los dos hombres con pareja cuidaban a sus esposas, en un amago que hizo uno de ellos, dos celadores se acercaron a su mujer, el hombre desistiĂł. No las habĂan violado, pero las obligaban a dejarse limpiar el cuerpo con toallas hĂşmedas por las mañanas y dejarse tocar. Cuando me entregaban mis toallas reĂan y me hacĂan poses ridĂculas de artes marciales, propias de pelĂculas viejas de kung fu, sabĂan perfectamente quiĂ©n era. Esto se fue exacerbando y un dĂa una de las chicas, seguramente buscando tener un poco de ventaja, comenzĂł un coqueteo con los celadores, a cambio le empezaron a dar una raciĂłn extra de comida, luego otra hizo lo mismo, y otra más. A los dĂas las tenĂan compitiendo por raciones extra de agua, comida o dulces. Tsingtao reĂa. LlegĂł el dĂa veinte, el dĂa que llegarĂamos a puerto se aproximaba, una de las chicas accediĂł acostarse con un celador y tuvieron sexo en un cuarto improvisado con cobijas y cobertores que venĂan en las cajas. Luego otra.
Pasaron cinco dĂas, ya eran veintisiete dĂas y no salĂamos del contenedor. Se escasearon las toallas hĂşmedas y el desenfreno de las chicas subiĂł de tono, peleaban entre ellas por hacer favores a los celadores, llegĂł el punto donde hacĂan concursos felaciones, y estas eran ahĂ, enfrente de todos, la ganadora se llevaba una golosina o lo que iba quedando, que no era mucho. Se escaseĂł la comida y los hombres de familia se comenzaron a impacientar, a exigir que parase el pago de comida extra por sexo. Los celadores reĂan, Tsingtao los ignoraba. LlegĂł el dĂa treinta. La comida se racionaba, el agua tambiĂ©n.
Cuatro o cinco dĂas despuĂ©s el sexo ya no era una opciĂłn, el olor del contenedor era casi insoportable, aĂşn con el poco aire que salĂa de las cortinillas donde se supone que estaba el aparato de aire acondicionado. O todavĂa no llegábamos al puerto o no abrĂan el contenedor, habĂa dejado de sentirse el vaivĂ©n hacĂa dĂas, «pronto estaremos muertos, ÂżserĂa una casualidad o serĂa un crimen?, sĂłlo si los cogen», pensaba.
Quedaban 20 litros de agua, los hombres se levantaron y estaban dispuestos a discutir con los celadores. Uno de ellos empujĂł a un celador y el mundo se le vino encima, los tres celadores comenzaron a golpearlo, la mujer gritaba y Tsingtao la restringĂa, el otro hombre regresĂł con su mujer y el viejo observaba desde su lugar. Cuando terminaron de golpearlo, el hombre del suelo no se movĂa, la mujer sollozaba casi en silencio, amenazada para que no hiciera más ruido.
Los celadores dejaron de ofrecernos agua. Aparentemente las chicas del sexo buscaron otra opciĂłn e hicieron un plan, en la siguiente madrugada, intentaron robarse agua mientras todos dormĂamos, yo despertĂ© cuando los celadores las golpeaban, sin piedad, habĂa dejado de funcionar el aire acondicionado por la noche, el aire apenas entraba y hacĂa un calor insoportable. En un momento de rabia, el marido que no habĂa sido golpeado se lanzĂł a la lucha, Tsingtao sacĂł un cuchillo y lo parĂł en seco al hundirle la hoja de acero en el estĂłmago, la mujer gritĂł y se lanzĂł de forma desesperada, no durĂł mucho peleando, Tsingtao la tomĂł del pelo y le levantĂł la cabeza luego de haberla golpeado en el estĂłmago y pateado la cara, le cortĂł el cuello mientras me miraba, siempre me miraba cuando alguna acciĂłn habrĂa de generar violencia. En ese momento me vencĂ, supe que no saldrĂa de ahĂ y que no morirĂa peleando, si bien una parte de mi mente deseaba levantarse, no podĂa reaccionar, eran muchos dĂas sentados y mi debilidad y deshidrataciĂłn tenĂan lo mejor de mĂ, una vez más, me pasmĂ©, callĂ© y observĂ©, el infierno se hizo aĂşn más insoportable cuando el olor a metal de la sangre atizĂł el contenedor, la sed era inclemente y no sabĂa si morirĂa de sed, hambre o miedo. El viejo seguĂa sentado, se paraba y se sentaba sin proferir sonido alguno, como lo habĂa hecho por los Ăşltimos 35 dĂas.
Hubo quietud, creo que todos pensamos lo mismo, era preferible morir esperando el final que a manos de estas bestias. Mientras recobraba el conocimiento y sentĂa que no podĂa respirar más, un poco de agua entrĂł en mi boca, no abrĂ los ojos, esperaba lo peor. En otro momento se repitiĂł el proceso, no supe más.
Sobrevivieron 4 chicas menores de veinte, 1 hombre moribundo, su mujer, 1 hombre de 50, 3 celadores y Tsingtao. 11 de 22. Los otros 11, en altamar, supongo.
DespertĂ© en una casa, las paredes eran de madera roĂda y tierra remojada, habĂa polvo en las ventanas, que estaban tapadas con pedazos de cajas de cartĂłn, tenĂa un suero intravenoso conectado a mi antebrazo izquierdo. El viejo del contenedor se asomĂł tras una cortina, me vio y se fue. Una mujer entrĂł a verme, me trajo gelatina de fresa y un vaso de agua con un sabor repulsivo, tenĂa que tomar “tragos pequeños”, me decĂa una y otra vez, la mujer hablaba cantonĂ©s, impulsivamente busquĂ© mis cosas, en una caja de madera de las que se usan para la verdura estaba mi libro de Crimen y castigo, era todo lo que habĂa, yo, desnuda bajo una sábana casi translĂşcida y con pequeños hoyuelos, seguramente causados por grillos o chinches, respiraba…respiraba… eso era lo raro, respiraba.
Nunca supe porquĂ© no movĂ un dedo para pelear en ese infierno, nunca me he perdonado el haber juzgado a las chicas, que por lo que terminĂł siendo una oportunidad de sobrevivir, se dejaron sodomizar a cambio de comida, pero ¡quĂ© diablos!, venĂan de Dongguan, ÂżquĂ© otra cosa podĂan hacer? Este episodio amenizarĂa mis madrugadas por muchos años.
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La caĂda

Para esa tarde no habĂa más lágrimas, aunque sentĂa ganas de llorar, no podĂa hacerlo más. Luego me habĂa quedado dormida y solamente escuchaba los pasos de los gemelos que gritaban a sus anchas y corrĂan. EntrĂł Aiko a mi recámara sin tocar la puerta y me dijo que me cambiara, me dio un vestido que habĂa sido de mi madre y saliĂł de forma intempestiva. Me di un baño y me arreglĂ©, cuando bajĂ© estaba el señor Hu sentado en la pequeña sala en la entrada del vestĂbulo, adornada con los viejos muebles que mi abuela paterna habĂa heredado a mi padre, vestigios de una vida mejor. Eran de terciopelo rojo y en la parte de atrás lucĂan el sĂmbolo del partido comunista. Sobre la mesa de centro estaba el conjunto de tĂ© de jade de mi madre, ese que atesoraba tanto y que decĂa habĂa sido el orgullo de mi abuela, mi abuela prostituta. En cuanto me sentĂ©, mi padre, sin voltearme a ver se disculpĂł con el señor Hu, porque, y estas fueron sus palabras: “Mi hija Shui Li ha deshonrado a tu hijo Xian Hu, y por ende a tu estirpe. De acuerdo con las reglas sociales, te absuelvo de nuestro compromiso y quedo a tus Ăłrdenes, como tu ciervo y subordinado.” El señor Hu no estaba precisamente enojado, más bien tenĂa un aspecto de tristeza. —Shui Li es una deportista de Ă©lite, que me hubiera dado nietos fuertes y valientes, contrarrestando las carencias de mi hijo, pero ante tal afrenta, como mencionas, no podremos continuar con el compromiso. Eres un hombre cabal y tu familia no quedará desamparada, trabajarás para mĂ hasta que me pagues tus deudas y luego, el tiempo dirá.
No lograba leer la expresiĂłn de Aiko, era todo lo que me importaba en ese momento, ver a la serpiente en acciĂłn, estaba pasiva, servĂa el tĂ© con la mirada baja, mientras lucĂa un vestido nuevo de seda. ParecĂa un robot, sus movimientos mecanizados eran prueba de su falsedad, Âżcon quiĂ©n he crecido todos estos años? Una duda terrible me asaltĂł en ese momento, ÂżserĂa capaz? Y si… No tenĂa sentido, ella y mamá eran las mejores amigas, crecieron juntas, quĂ© podrĂa ella ganar de algo tan terrible. Acababa de cumplir diecisĂ©is años, ÂżcĂłmo podrĂa esconder de mi rostro mis sentimientos? —Shui Li, no se te ven muestras de arrepentimiento, creo que esto ha sido una bendiciĂłn para mi familia, veo que has heredado… ComentĂł el señor Hu, al mismo tiempo que una mirada minĂşscula se daba entre Ă©l y Aiko, esa arpĂa era capaz de hacer lo que estaba pensando, mi mirada de odio se agudizĂł por un momento, hasta que voltee a ver a mi padre, que me observaba horrorizado. —Shui Li, dĂ©janos con el señor Hu, has hecho suficiente. —Pero papá es que no… No me salieron más palabras, mi conmociĂłn, mi odio, mi sorpresa, todo al mismo tiempo, de nuevo me pasmĂ©. Me levantĂ© y regresĂ© a mi cuarto, no recuerdo mucho más, era como si en ese momento me hubiera convertido en un fantasma, que vagaba de un lugar a otro.
—Señor Hu, lamento mucho este golpe, tanto para su familia como para la mĂa, le garantizo que trabajarĂ© para limpiar esta afrenta entre nuestras familias, hasta el Ăşltimo dĂa de mi vida. Fue lo Ăşltimo que escuchĂ©, un rato despuĂ©s escuchĂ© al Señor Hu partir, no escuchĂ© nada hasta el dĂa siguiente.
Afuera de mi habitación estaba el libro de Crimen y castigo en inglés y un DVD de KILL BILL Vol.1. Los gemelos pasaron corriendo, diciendo “te lo dejó tu novio Shui Li”.
En el sĂłtano de su trastienda, mi padre debatĂa con Aiko. —Bo, querido, decenas de nuestros coterráneos han pasado, hecho, mejor dicho, una nueva vida en Mexicali. —Mi hija es un dragĂłn, es un dragĂłn de tierra que abrirá el paso a una generaciĂłn de cantoneses, asĂ lo predijeron Ming Li y su madre, se referĂan a Shui Li, no debe ser de otra manera. —Yo amaba a Ming Li y Jing Li no sĂłlo fue su madre, tambiĂ©n me crio a mĂ, no lo olvides, yo tambiĂ©n perdĂ a mi familia cuando murieron. TambiĂ©n sufrĂ cuando Jing Li tuvo que… TambiĂ©n vivĂ el momento en que la desgracia llegĂł, tĂş sabes lo que pasĂł. Lamentablemente, lo que ellas soñaron no pasará en Dongguan, ni en CantĂłn, donde la sociedad es tan, cerrada. Lo Ăşnico que logrará tu hija aquĂ es que un dĂa su amiga Kim se la lleve a trabajar, y tendremos otra vez esa vergĂĽenza encima. Además, ÂżquiĂ©n querrá casarse con ella?, para la familia Hu la naturaleza violenta de tu hija era bien recibida, su hijo es un afeminado, además, la estirpe de Jing Li, aĂşn manchada, sigue pesando en CantĂłn. DespuĂ©s de lo ocurrido, Âżcrees que alguien la tomará como esposa?, Âżcuánto tiempo hasta que termine en una fábrica?, Âżcuánto tiempo hasta que golpee a un supervisor que le trate mal? TĂş sabes lo que le pasará si llama la atenciĂłn del gobierno, del ejĂ©rcito. — Pero en Mexicali, La CofradĂa hace lo mismo que el ejĂ©rcito. —No llores Bo Guo, sabes que cuenta con la protecciĂłn de los Hu, ¡que dejes el llanto digo! Será bien recibida… y si, su destino es ese, lo mismo será aquĂ que allá, pero allá al menos tendrá la oportunidad de empezar de cero. Tu dragĂłn ha muerto para CantĂłn. —Han pasado cuarenta años desde el desafĂo de la viuda Jing Li, tu padre estuvo ahĂ, le juraste a Ming Li, le juramos juntos… Jing Li no supo aprovechar la oportunidad que tenĂa, Ming Li era dĂ©bil, Shui Li está marcada, acepta el destino que te forjaste al casarte la primera vez. —No sĂ© quĂ© harĂa sin ti, no sĂ© que harĂ© sin Shui Li.
Pasaron varios dĂas en los que nadie me dirigĂa la palabra, supe por lo que escuchaba tras las paredes que mi padre habĂa entregado su negocio al señor Hu y ahora trabajaba para Ă©l, se iba temprano y regresaba tarde. Aiko arreglaba la casa y se llevaba a los gemelos por las mañanas, ni siquiera me pedĂa que lavara ropa o atendiera a sus hijos. Una semana despuĂ©s, salĂ de la casa al quedarme sola y me percatĂ© que todos en el vecindario me veĂan, pero nadie me hablaba, cuchicheaban, pero no me dirigĂan el saludo. Kim fue la Ăşnica que se me acercĂł, claro, la puta, todavĂa veĂa en ella a mi amiga de la infancia, pero no era ni la sombra de aquella niña. —No debes temer lo que viene Shui Li, no has hecho nada malo, muchos te vieron, pero las cosas en CantĂłn no cambian, seguimos siendo un pueblo bárbaro. Regresa a tus entrenamientos y sĂşmete en tus cosas, todo pasará. En ese momento mi mente y cuerpo vibraron de necesidad, fui por mis guantes y ropa deportiva y salĂ de la casa. EntrenĂ© los dĂas subsecuentes a diario, en el gimnasio me hablaban poco, pero los entrenadores me seguĂan dejando entrenar, asĂ pasaron algunos dĂas hasta que la entrenadora me pidiĂł ir a su oficina. Como era de esperar de una exboxeadora olĂmpica, su medalla de bronce en la olimpiada de 1988 relucĂa en el centro de su anaquel tras su escritorio, junto con muchos trofeos. —Tu padre dejĂł de pagar tu entrenamiento hace varias semanas Shui Li, te puedo seguir entrenando porque yo no te voy a hacer a un lado, pero debes entender, que en los torneos subsecuentes no podrás participar, el gobierno no ha tomado tu carta aĂşn y para hacerlo se requiere la firma de tus padres, ayer hablĂ© con Aiko y me dijo que no firmarán. Me enojĂ©, me enojĂ© mucho, los siguientes dĂas salĂa de la casa a las 8:00 AM y regresaba a las 4:00 PM, como si me preparara para la olimpiada. DejĂ© ir libre a mi ira en el boxeo, durante las prácticas de sparring noqueĂ© a una candidata olĂmpica mayor que yo, de nuevo la entrenadora me pidiĂł que fuera a su oficina. —Pero ÂżquĂ© te pasa a ti? Dije que podĂas seguir entrenando, pero si no vas a competir de nada me sirves, y por más buena que te creas, de nada sirve noquear a tus compañeras en una sesiĂłn de sparring, no sĂ© quĂ© te ha pasado en casa ni me importa, pero si no te controlas tendrĂ© que cerrarte las puertas, estás aquĂ por la promesa de lo que puedes ser, pero por el momento no me agregas ningĂşn valor, Âżte queda claro? AsentĂ maquinalmente, di las gracias con toda la hipocresĂa de la que era capaz y regresĂ© a entrenar. No pasaron dos dĂas y ya me habĂan echado del gimnasio, hice sparring con una ex peleadora profesional y despuĂ©s de haber recibido una combinaciĂłn, de un gancho izquierdo me mandĂł a la lona, cambiĂ© mi guardia a izquierda, ella pensaba que era derecha porque asĂ habĂa entrenado el Ăşltimo año, cayĂł fulminada con un gancho al hĂgado. No entrenĂ© más.

Photo by Shinobu on Pexels.com Recuerdo llegar a casa, pero de nuevo no recuerdo haber visto ni oĂdo nada en el trayecto, iba cegada de coraje, lágrimas salĂan de mis ojos, ya no habĂa tristeza, querĂa ver el mundo arder. Todo cambiĂł cuando al llegar vi a mi padre sentado en una silla afuera de la casa, sus ojos estaban rojos de haber llorado, sostenĂa una pintura a tinta de un dragĂłn, la pintura que mi abuela materna, la puta, le regalĂł a mi madre el dĂa en que nacĂ. No me habĂa percatado de que era domingo, por eso mi padre estaba en casa, antes los domingos hacĂa las cuentas del negocio en la mesa de la cocina, ya no hacĂa cuentas porque ahora tenĂa un empleo, y yo era la culpable. Sus ojos me trajeron de inmediato al presente, como un shock elĂ©ctrico, me parĂ© y le observĂ© unos segundos, su mirada al suelo me decĂa que algo más habĂa pasado. —Hija, cámbiate y come, tenemos que hablar contigo. Aiko esperaba sentada en la sala, limpiando el preciado juego de tĂ© de jade de mi madre, lleguĂ© a la habitaciĂłn, de nuevo, temblando de furia. DespuĂ©s de darme un baño y ponerme ropa limpia me sentĂ© en la sala y esperĂ© a que mi destino se volcara en mĂ.
—Hija, las cosas aquĂ no pintan bien para ti. —Pero ÂżquĂ© crees que hice papá?, no hice nada, los compañeros se fueron, no podĂa venir, no hice nada. —La decisiĂłn es final, tengo un primo segundo. —¿De quĂ© hablas papá? —Tengo un primo en MĂ©xico, hay una asociaciĂłn que ayuda a chinos en el exilio, hemos decidido… —¿QuiĂ©nes? TĂş eres mi padre, solo tĂş. —Aiko te ama como si fueras su hija, debes entender, te irás a MĂ©xico a comenzar de nuevo. —¿QuĂ©? ÂżY mis estudios? ÂżY mis amigos? ÂżY mi vida? —DespuĂ©s de lo que ha pasado con los Hu, tu vida será otra, ni siquiera en los deportes podemos augurarte el favor del partido comunista, recuerda que el tĂo del señor Hu es el patriarca del partido aquĂ en CantĂłn, para ellos ha sido una afrenta muy grave. —¡No hi-ce naa-daa! — ¡Calla! No sigas lastimando a tu padre, dijo Aiko. —Desafortunadamente eso es lo que menos importa hija, solo velamos por tu bien. —¿QuiĂ©nes? TĂş eres mi padre.
La mirada de Aiko estuvo en blanco durante toda la plática, parada estoicamente detrás de mi padre. Pero en un Ăşltimo segundo, en el que la comisura de sus labios se torciĂł y pude ver unos ojos llenos de odio, supe cuál era la respuesta a mis preguntas, tendrĂa que probarlo, debĂa probar que ella habĂa matado a mi madre, de alguna forma. En eso, como un impacto en un diapasĂłn, mi cerebro vibrĂł de nuevo, MĂ©xico habĂa dicho, ÂżquiĂ©n vive en MĂ©xico?
—Soy tu hija, ¿cómo puedes? —Tu padre se está enfermando por esta decisión y es la única forma de salvaguardar su honor y de que los gemelos tengan acceso a una vida mejor, ¿es que solo piensas en ti?
De nuevo callé, callé porque no supe qué decir, de nuevo, me pasmé.
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El Ăşltimo dĂa

—IncreĂble que creas que siempre te puedes salir con la tuya, tu padre trabaja largas jornadas, yo le ayudo todo el dĂa y tĂş solo le ayudas a cerrar el puesto, ¡quĂ© ingrata eres! —Aiko, ayudo todos los dĂas en casa, me levanto a las 5:00 de la mañana a hacer desayuno a tus hijos… —Tus hermanos dirás, ni siquiera los incluyes, los haces menos y ellos te veneran como su hermana mayor, tu padre siempre preocupado por ti, y mis hijos en segundo tĂ©rmino. —Mi padre los ama Aiko, y yo me hago cargo de ellos, sĂłlo salgo al instituto y a las prácticas, no salgo con amigos. —Pero no pierdes oportunidad de deshonrar a tu padre con ese americano. —Peter es mi amigo, nunca he tenido novio ni me he besado con nadie, creo que soy la Ăşnica de toda la escuela a la que han prometido en matrimonio y eso no significa que no pueda tener amigos. —¿Te atreves a levantarme la voz? ÂżDespuĂ©s de todo lo que hago por ti? ÂżPor esta familia? —Aiko… harĂ© lo que me pides, pero hoy es el Ăşltimo dĂa de clases, quiero pasar un rato con mis amigos —Dirás, amigo… —Iremos todos a la plaza despuĂ©s de clase, sĂłlo será un rato. —Haz lo que te pido y no dirĂ© nada a tu padre. —Mi padre me ha dado permiso, pero debĂa tener el tuyo tambiĂ©n, te agradezco Aiko, llegarĂ© a tiempo para hacer lo que me pides y harĂ© de cenar a los gemelos. —No demores.
Pensaba que Aiko sufrĂa mucho por la muerte de mi madre y el abandono de su primer esposo y por eso era tan dura, desde que mi madre muriĂł ella estuvo ahĂ para ayudar a mi padre en el funeral, mi madre habĂa sido su mejor amiga y desde niñas eran inseparables. Cuando yo era pequeña, ella cuidaba de mi padre y de mĂ cuando mi madre estaba enferma, que era casi todo el tiempo. Luego nacieron sus gemelos y se separĂł un tiempo de la familia. Durante esa Ă©poca mi madre tuvo mejor salud y los tres pasábamos el dĂa en la tienda de telas de mi padre, nos divertĂamos mucho, son los mejores recuerdos de mi infancia. Cuando mi madre enfermĂł de nuevo, Aiko ya habĂa regresado a la familia, el hombre con el que se habĂa ido desapareciĂł, nunca se hablĂł mucho del caso, sĂłlo sabemos que ella sufrĂa y mi madre siempre estaba consolándola, decĂa que era su hermana del alma, no pasaron muchos meses antes de que madre enfermara y un dĂa, asĂ como asĂ, no despertĂł. Su vĂłmito negro se transformĂł en una espuma blanca, blanca como su piel, traslĂşcida y firme, su cara de sufrimiento al morir quedo tatuada en mi memoria, como Ăşltimo recuerdo. La enterramos con su vestido de encajes blanco y una peineta de jade que ella atesoraba, pertenecĂa a mi abuela, de la que no se hablaba en la casa. Fue despuĂ©s que me enterĂ© que mi abuela habĂa sido una más de las prostitutas de Dongguan y habĂa muerto asesinada, me lo dijo Aiko en un arranque de coraje, de esos que le daban cada vez con más frecuencia, decĂa que por eso era tan dura conmigo, porque querĂa llevarme por el buen camino y temĂa que fuera a resultar como mi abuela. Al morir mi madre, Aiko empezĂł a venir a casa a diario a preparar la comida y hacer compañĂa a mi padre en la tienda, junto con los gemelos y yo. Al tiempo se casaron, yo estaba en la escuela, me tocaba atender a los gemelos y llevarlos a sus clases, hubo cierta funcionalidad en la familia. Cuando cumplĂ doce años, Aiko convenciĂł a mi padre de prometerme con un hijo de la familia Hu, una familia adinerada que a veces hacĂa prĂ©stamos a mi padre. Prometer en matrimonio a los hijos ya no es comĂşn en CantĂłn, pero Aiko decĂa que esas buenas costumbres mantenĂan la fibra social, que tan desgastada estaba en Dongguan por la prostituciĂłn y el libertinaje. Mi padre aceptĂł este acuerdo, la señora Hu era buena amiga de la juventud de mi madre y de Aiko, eso habrá ayudado, supongo. Cierto dĂa llegaron a la casa los papas de Xian Hu, mi prometido, que tenĂa diecisĂ©is en ese tiempo, la visita era para que nos conociĂ©ramos y que se cerrara el pacto de matrimonio con mi padre. Cuando yo cumpliera los diecisiete nos casarĂamos, Xian Hu no era feo, sĂłlo un poco raro y callado; es el menor de los tres hijos del señor Hu, era un poco gordo, pero no era feo.
Luego de que Aiko se fue al puesto de telas, la mañana se dio sin contra tiempos, servĂ desayuno a los gemelos, los dejĂ© en la escuela y me fui a clases. Peter me estaba esperando a la entrada del instituto, tenĂa una caja de twinkies para el desayuno, un desayuno americano, decĂa Ă©l. Los comimos debajo de un eucalipto mientras Peter me platicaba de la pelĂcula que habĂa visto la noche anterior: True romance.
—Te digo que hay casos donde lo que hablamos es real, toma el caso del chulo de Alabama, no podĂa quedar vivo para que la historia siguiera, era un delito sĂ, pero era un delito moralmente correcto. —Ja, eso no existe Peter, el delito moral es una cosa que se inventaron tĂş, RaskĂłlnikov y los infames ingleses que exterminaban indios en tu tierra. —A ti no te parece del todo mal. —Pero me aterra que lo sienta correcto, he sido entrenada en artes marciales desde los 4 años, la violencia no es para hacer daño. —Pero si es para defender, entonces es correcto usarla para defender a alguien. —Ya te dije que no soy el señor Miyagi y no serĂ© tu sicaria, debes ser amable y no andar por ahĂ causando problemas. —Me burlaba de ti —Y me encarguĂ© de eso, y mira ahora cĂłmo me vas a extrañar cuando no puedas vivir sin mĂ en San Antonio. —Vamos tarde a clase, muĂ©vete Bruce Lee que es mi Ăşltimo dĂa y no quiero dejar un mal precedente. —El que tiene un trasero gordo eres tĂş, señor super size, corre.

Photo by Nextvoyage on Pexels.com Unas nubes se formaron esa mañana en Dongguan, el cielo se oscureciĂł de forma brusca, violenta podrĂa decir. Al terminar la clase de historia se iban escuchando algunos truenos, cada que tronaba, algĂşn payaso hacĂa un ruido en clase o algĂşn cerdo simulaba una flatulencia. Al salir de clase estaba lloviendo a cántaros y como habĂamos quedado, habrĂamos de ir a la plaza, ya nos habĂamos empapado asĂ que nadie se preocupĂł por traer plásticos para taparse. Cuando llegamos ahĂ, la lluvia se habĂa acentuado y la mayorĂa se fue a casa. Quedamos algunos bajo el kiosko del parque viendo el cielo caerse a cántaros. Hablamos un rato, los que quedaban vivĂan del lado del rĂo al que quedaba la escuela, todos excepto yo. Esperamos que pasara la lluvia porque el puente estaba cerrado. La lluvia no paraba, asĂ pasamos algunas horas.
—Qué vas de que esto no es mas que la naturaleza diciéndote que te quedes a vivir en Dongguan. —Qué vas de que esto no es que mas que la naturaleza diciéndote que Dongguan apesta y que debes moverte a Texas. —Eh, el tiempo dirá. ¿Qué es lo que más te ha sorprendido de Cantón? — ¿Aparte de la cantidad de prostitutas? —Obvio, ¡cerdo! —Pues que viven en el medievo, el que estés prometida a un tipo mayor que ni conoces, por ejemplo. —A veces me sorprendo yo misma, cuando escucho a los grandes hablar del pasado y luego analizando los tiempos en que vivimos, me tranquiliza saber que no tengo que vivir las inclemencias del amor o que no tendré que recorrer las fábricas buscando trabajo como lo hacen los universitarios recién graduados, me casaré y tendré responsabilidades, eso es todo. Mi padre ha hablado con la familia Hu, y si estoy en posibilidades de ir a la olimpiada, estará bien que no me embarace hasta entonces. —¿Pero te estás escuchando? Es lo más arcaico que he escuchado en toda mi vida, y eso que vivo en Texas. Tú no eres la clásica niña de pueblo, sabes kung fu. —Judo y box. —¡Eso! Además, sabes cosas, lees, ¿y si te aburres con el gordito ese? ¿Qué vas a hacer? —No lo sé, pero no me cae mal, es amable, aunque lo he visto pocas veces, dicen que es aplicado en la escuela y que es muy tranquilo y trabajador, no estoy preocupada. —Locos están los chinos de Cantón. Tengo un disco nuevo, lo compré ayer, ¿lo escuchamos?, es un grupo nuevo, te va a gustar, se llama MY CHEMICAL ROMANCE, escucha…
Mientras tanto, no paraba de llover y yo no podĂa dejar de pensar en mi compromiso con Aiko, y si bien suponĂa entenderĂa que estaba cerrado el puente, con ella nunca se sabĂa. Jamás hubiera imaginado que, en una de las ventanas frente al parque, desde uno de los apartamentos de lujo, estaba viĂ©ndonos y tomándonos fotos. En esos apartamentos de lujo vivĂa una de sus amigas de dinero, prima del señor Hu, y precisamente se habĂan juntado para hablar de mĂ y de mi futuro, o en retrospectiva, para espiarme.
Las horas pasaron y rĂos de agua pasaban por las calles, los relámpagos y las centellas no permitieron que viera que la noche habĂa llegado y mi plática con Peter, la Ăşltima, me mantenĂa el hueco en el estĂłmago en orden, evitando asĂ que vomitara del nervio. HabĂa poco que hacer, era imposible ir a casa hasta que todo pasara, por un momento decidĂ dejarme llevar, olvidar mis obligaciones, mi deber familiar, el futuro de mi padre, los gemelos, de Aiko y curiosamente, no me preguntaba en ese momento acerca del mĂo, como si no existieran posibilidades.

Minutos despuĂ©s, Peter cambiĂł el disco que escuchábamos a un mixto de David Bowie, escuchamos en silencio hasta que perdimos el conocimiento, entrĂ© en un sueño, o al menos asĂ lo recuerdo, profundo y plácido. DespertĂ© en la madrugada y la tormenta habĂa pasado, habĂa gente en el parque que nos observaba, todavĂa traĂan impermeables y botas de hule, algunos tenĂan bolsas de plástico cubriendo sus zapatos, barrĂan o recogĂan escombro, pero todos nos veĂan. Estaba clareando y sonaban algunos pájaros, a pesar de que habĂa quietud, un vacĂo se fue formando en mi estĂłmago de manera vertiginosa, explosiva. PeguĂ© un salto —¡Peter! Me matará Aiko, debo irme. —¿QuĂ© dices?, vámonos, tranquila, te acompaño, es muy fácil de explicar, no habĂa manera de salir de aquĂ anoche. —¡No!, vete a la casa de tus mentores, yo irĂ© a la mĂa, luego te buscarĂ©, antes de que te vayas. —¿CĂłmo crees?, claro que no. —AdiĂłs.
CorrĂ a toda velocidad, la verdad, aunque no hubiera estado el suelo mojado, Peter no tenĂa posibilidad alguna de alcanzarme, corrĂ sin descanso hasta llegar a casa. Al llegar pude ver a mi padre en la puerta, su semblante no era de enojo sino de miedo, lleguĂ© corriendo y le abracĂ©. —¿DĂłnde estabas hija? Te he esperado toda la noche, Âżcon quiĂ©n estabas? —Estaba con los amigos del instituto papá, nos alcanzĂł la lluvia y nos quedamos en el kiosko cercano a la escuela, el puente estaba cerrado, pensábamos que nunca pararĂa de llover, fue sorpresiva, ni siquiera estaba en los reportes meteorolĂłgicos. Mi padre me observĂł con dureza, esa mirada quedarĂa indeleble en mi memoria. —¿Con quiĂ©n dices que estabas? —Con los compañeros de clase, te comentĂ© y tĂş me diste permiso, tambiĂ©n Aiko me dio el suyo. Aiko saliĂł tras la puerta, nunca habĂa visto la verdadera crueldad en sus ojos, lo que antes veĂa en ellos y en ese entonces no alcanzaba a discernir, era vil y llana falsedad. —¿Estás segura de que estabas ahĂ? ÂżCon compañeros de clase? —Aiko, discĂşlpame por favor, he fallado a tu encargo, pero sĂłlo porque la lluvia no me permitiĂł salir hasta este momento. En ese momento mi padre agachĂł la mirada y se metiĂł a la casa. Pasaron unos segundos y pude ver claramente como se agudizaba el odio en la mirada de Aiko. —Eres una puta mentirosa, siempre supe que tenĂas la sangre de tu abuela prostituta, se lo he dicho a tu padre por años, ahora con tu comportamiento le has traĂdo vergĂĽenza y deshonra. Mira con tus propios ojos, aquĂ está la foto donde con estás abrazada con el americano ese, ¡lo sabĂa!, y asĂ es como finalmente acabas con la esperanza de tu padre, en la tarde vendrá el señor Hu a deshacer el compromiso que tenĂa a tu padre apenas por encima de la bancarrota. Toda la colonia sabe que no eres mas que una puta más, otra puta en Dongguan.
Las lágrimas me habĂan empezado a brotar involuntariamente desde que mi padre agachĂł la mirada, pero despuĂ©s un odio fulgurante se originĂł en mi estĂłmago, dirigido hacia Aiko, ella habĂa tomado las fotos con su cámara, era su cámara, ella habĂa torcido todo, ella habĂa manipulado todo, hubiera querido decirle algo, pero no lograba formular ni una palabra, me quedĂ© pasmada, viĂ©ndole a los ojos. PodĂa ver su gozo, un placer anidado en lo que ahora sabĂa era un corazĂłn negro y podrido. Luego di la media vuelta y me dirigĂ a mi cuarto, las lágrimas no cesaban, recordaba con dolor la mueca de mi padre y querĂa hacerle daño a Aiko, la hubiera podido matar.
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Del diario de Shui Li, junio 27 de 2004

Si mi mamá viviera, no hubiera escrito un diario. Si mi papá no se hubiera vuelto a casar, hubiera escrito más seguido. Si yo estuviera muerta, no habrĂa nada y este diario estarĂa en las manos de otra tonta llorando su desahogo a su amigo imaginario.
Tengo dos años sin escribirte, pero podrás verificar en tus primeras páginas cĂłmo pensaba que serĂa mi vida al llegar a mis diecisĂ©is, irĂa al instituto y me graduarĂa con honores luego de participar en la olimpiada de Atenas, serĂa la primera cantonesa en ganar una medalla de oro en judo, aquĂ en CantĂłn el judo no es muy apreciado, es un deporte japonĂ©s, pero mi padre y Aiko estarĂan finalmente orgullosos. Esas eran mis expectativas en el año nuevo del 2000, cuando escribĂ en ti por primera vez. DejĂ© el judo hace dos años, cuando me descalificaron en la primera eliminatoria para la olimpiada que, por uso excesivo de la violencia, mi competidora me estaba poniendo una golpiza y era dos años mayor que yo, le ganĂ© bien, pero explĂcaselo a los dementes del comitĂ© olĂmpico de China. HabĂa dos oportunidades más, pero Aiko dijo que era muy costoso y que sus hijos tambiĂ©n merecĂan oportunidades, mi padre aceptĂł. PensĂ© que mi vida se acababa, yo querĂa seguir luchando por ese lugar, pero supongo que Aiko solo buscaba que las cosas fueran justas. Finalmente, el mundo no se me vino encima como en ese momento pensĂ©, y hoy en mi cumpleaños, estoy bien. Ayer tuve competencia de box, me reconocieron como la mejor boxeadora menor de diecisĂ©is en el condado de Dongguan, eso debe contar en algo, si bien, no estoy en Atenas ahora mismo, siempre puede haber un 2008 y ni más ni menos, un Beijing 2008, en box, que es mucho más competido que el judo, solamente tengo que ganarle a unas 5,000 competidoras más, pero los cursos los paga el gobierno.

No te habĂa escrito en dos años, reconozco mi falta de carácter, pero no tenĂa ganas de escribir. Aparte de ser un dĂa especial, tenĂa la necesidad de escribir porque estoy leyendo el libro al que me ha instado leer Peter, mi amigo americano de intercambio, ya que está haciendo un proyecto escolar acerca de Ă©l. Trata de un chico que intenta justificar un asesinato, ÂżcĂłmo se puede justificar matar a alguien?, ÂżcĂłmo justificarĂa yo a quien matĂł a mi abuela? Si se asesina por dinero, Âżestá bien? La verdad es que no lo entiendo muy bien, para Peter, como buen norteamericano es fácil hablar de ello, dice que las armas son un derecho de la gente allá, que Ă©l tiene incluso una escopeta que le regalĂł su papá a los doce años. El personaje del libro piensa que si se hace con ello un bien a la humanidad, es correcto beneficiarse de un asesinato. Necesito digerirlo, Âżpuede ser que quien mata a una puta de Dongguan haga un bien? Se compara un asesinato con las matanzas en las guerras, como las de NapoleĂłn, o como los nazis, que justificaban sus crĂmenes por el bien del pueblo. Por ejemplo, aquĂ en los libros de historia se habla de la grandeza de Mao y del partido comunista, pero no de los muertos. Visto desde los libros de historia me parece una aberraciĂłn, pero visto desde el punto de vista de RaskĂłlnikov, el personaje del libro, me hace sentido y eso me asusta. El que una supuesta moralidad te dĂ© derecho a terminar la vida de un ser humano suena horrible, pero, Âżpor quĂ© me hace tanto sentido? Si pudiera, por ejemplo, desaparecer a Hiro, el padrastro de Kim, que la obliga a prostituirse para seguir manteniendo el hogar luego de que encontraran a su mamá estrangulada, considerando lo leĂdo, pienso que lo harĂa. La lĂłgica de “Crimen y castigo” me hace sentido cuando se trata de alguien que ha matado a una persona inocente, como a mi abuela o a la mamá de Kim. Y aunque a mĂ nadie me ha violado, mi padre me ama, he encontrado un deporte donde me siento bien y creo que podrĂa llegar a cumplir mi sueño olĂmpico, por alguna razĂłn, me he quedado pensando demasiado en esto. He hablado con Peter de ello, Ă©l dice que si viviera en Texas sufrirĂa menos por sentirme asĂ. Te dejo, pero prometo regresar pronto, en unos dĂas quizá, despuĂ©s de que se vaya Peter a AmĂ©rica, como Ă©l le dice. No tengo muchos amigos con quien hablar y vendrĂ© a consolarme contigo seguramente. TambiĂ©n sĂ© que Aiko te leyĂł, pero ahora te esconderĂ© mejor.
Te escribo pronto, querido diario.
Shui Li