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  • Mei Lian

    Mei Lian

       Siempre fue parte de mi vida la pintura del dragĂłn en tinta. Me decĂ­a mi padre que al ser un dragĂłn de tierra tendrĂ­a una funciĂłn importante en mi entorno, y que representarĂ­a a China en el mundo. De niña soñaba con tatuarme un dragĂłn en la espalda o en el cuello. Cuando Mei Lian me enviĂł con Xiang la tarjeta del dragĂłn asumĂ­ que era para que supiera que sabĂ­a mi fecha de nacimiento, que sabĂ­a más de mĂ­. Mientras estuve en la cocina en mis primeros meses un cocinero me platicĂł la leyenda de un dragĂłn que fundarĂ­a el nuevo CantĂłn en las faldas del desierto, sobre las ruinas del primer intento, que regenerarĂ­a la tierra, luego, bromeando que era yo, me mandĂł a lavar los vegetales y librarlos de la tierra, el muy cabrĂłn. Tiempo despuĂ©s supe que esto era parte de las leyendas chinas de la ciudad, ya que se habĂ­a encontrado esto escrito en un documento, dejado en algo asĂ­ como una cámara del tiempo en la que un hombre, de los primeros pobladores, uno que habĂ­a sobrevivido las muertes del chinero y vivido sus Ăşltimos 20 años bajo los subterráneos de La Chinesca habĂ­a dejado para sus descendientes. En CantĂłn, somos un pueblo que vive en la barbarie, pero come de las putas, no de la guerra, decĂ­an en Dongguan. 

       Al paso de las semanas pasaba de 6:00 PM a 11:00 PM en el gimnasio de Mei Lian. Ella estaba algunos dĂ­as, me dejaba un listado de tareas por cumplir, entre las que estaban llenar de agua los bebederos, lavar los pisos y dejar limpio el gimnasio para la mañana siguiente, se habrá creĂ­do que yo era Daniel-san, ni siquiera bromeĂ© con ello, no creo que Mei Lian hubiera visto Karate kid. HacĂ­a hasta 3 horas de pelea y práctica de wing chun. El wing chun no era tan parecido al judo como pensaba, requiere, además de la flexibilidad del yoga, la velocidad y fuerza del box, consiste en utilizar la fuerza de tu contrincante en su contra, muy de mujeres la cosa, de hecho, es la Ăşnica arte marcial inventada por una mujer. 

       LlegĂł mi cumpleaños 17 sin fanfarrias, en un año ya habĂ­a estado al borde de la muerte un par de veces, salido de casa, cambiado de continente, convertido en esclava, aprendido español y endurecido mi cuerpo como no lo habĂ­a hecho en mis previas preparaciones. RecibĂ­ un pastel de dulce en el Nuevo CantĂłn de parte de Juan Lee y una cadena para mi muñeca con el hanzi del dragĂłn de Mei Lian. Al llegar la tarde, cuando lleguĂ© al gimnasio se apareciĂł Mei Lian de forma sorpresiva, sin haber entrado por la puerta principal, que hacĂ­a sonar un conjunto de campanas al abrirse, ello implicaba que el gimnasio estaba unido al sistema de subterráneos de la comunidad china, algo que desconocĂ­a. —No querĂ­a que llegara el dĂ­a, Shui Li, me has sorprendido gratamente en tus entrenamientos, despuĂ©s de todo, “trasero gordo” puede pelear. «¿Trasero gordo?, Âżtrasero gordo? ÂżquĂ© se cree?» —Dime Mei Lian, repliquĂ© con sequedad mientras bajaba la cabeza, como lo hacĂ­an todas las mujeres cuando le hablaban. —Tendrás que ofrecer un servicio a un cliente de La CofradĂ­a, deberás tener relaciones con Ă©l. SabĂ­a que de eso se trataba, pero al no haber pasado nada en tanto tiempo y sin saber para quĂ© entrenaba tanto, me hice otras ideas, claro, era estĂşpida. Me habĂ­a llegado la hora, sabĂ­a que las chicas lo hacĂ­an, pero pensĂ© que, por ser menor, pensĂ©, «sigue pensando pendeja», me repetĂ­ yo misma. —Es tu primer trabajo, sĂ© que no eres virgen, pero el hombre espera toparse con una virgen asĂ­ que no es necesario que sepas hacer nada, y probablemente no pida pruebas, eres deportista y eso lo explicará. —Pero… —Estás bajo la protecciĂłn de la cofradĂ­a, no pasa nada. Deberás seducirle, irán a un hotel aquĂ­ en La Chinesca, Ă©l estará en un bar a dos cuadras. Hablarás con Ă©l y te comportarás de forma sugestiva, cuando te invite a tener sexo, aceptarás y te deberás asegurar que el crea que te gusta, es posible que sea rudo y te lastime. —No me dejarĂ© lastimar. —Harás lo que yo te pida, te guste o no. El hombre se llama Ramiro Salido, tiene 52 años y esta es su foto, tĂłmala. Ha pagado buen dinero a La CofradĂ­a para acostarse contigo, ÂżquĂ© pensabas, que eras especial? En tu estado, o sirves a La CofradĂ­a o no existes. —Está bien Mei Lian. —Ganarás dinero, 50 dĂłlares por tu primer trabajo, si sale bien podrás ir luego ganando más. —¿Cuánto cobra por mĂ­ La CofradĂ­a? —Ja, ja, la pregunta de toda prostituta, crĂ©eme, violar a una china, virgen y menor de edad no es barato. 

      â€śViolar a una virgen menor de edad no es barato”, hijos de puta. 

       LleguĂ© al bar, se llamaba “El gato pardo” era un bar viejo de los años sesenta, habĂ­a prostitutas muy mayorcitas y trasvestis, estaba sucio y medio vacĂ­o. Un hombre se me acercĂł al llegar y me dijo: “tĂş debes ser la chinita” —Y ÂżtĂş quĂ© crees pendejo?, contestĂ©. —No se enoje chinita, que la paso para atrás antes de dársela al viejo, cabrona… ven, te espera tu… cliente. 

       Ramiro Salido era el lĂ­der de la cámara de comercio local, segĂşn supe despuĂ©s, gustaba de pagar prostitutas de noche, pero de dĂ­a manejaba una de las redes de contrabando de autos de americanos más grande de MĂ©xico, clonaban placas mexicanas y cruzaban los autos por la garita, conducidos por americanos, luego los vendĂ­an en el sur del paĂ­s, daba su mochada al general del ejĂ©rcito y al secretario de comunicaciones y transportes en la ciudad de MĂ©xico, sin contar al gobernador del estado. Además, tenĂ­a locales comerciales con permisos de licor y prostituciĂłn, aunque esta Ăşltima era ilegal, en MĂ©xico lo Ăşnico ilegal es lo que no paga moche. —Esmeralda, quĂ© bueno que llegas, pensĂ© que no tendrĂ­a hoy el gusto. Mientras me sentaba me tomĂł por el trasero de una forma grotesca metiendo el dedo en la raya de mis nalgas por afuera del vestido, todavĂ­a no me sentaba y ya lo querĂ­a matar. —Hola señor, gracias, ÂżcĂłmo se llama usted? —Ejem, yo pensĂ© que te habĂ­an enseñado a no hacer preguntas, pero, empecemos bien, llámame Ram, y no me digas señor, hoy seremos mejores amigos. De nuevo ponĂ­a sus asquerosas manos en mi cuerpo, pasando sus dedos por encima de mis pezones me hacĂ­a saber que estaba con Ă©l de renta, y la renta es propiedad temporal. Durante el rato que estuvimos ahĂ­ me platicĂł acerca de la ciudad y cĂłmo se habĂ­a fundado el centro, otra variante de la historia que contaban los chinos en las cocinas, asĂ­ como del poder del que Ă©l gozaba en la ciudad y en el gobierno. Supe que tenĂ­a tres exesposas y una cuarta actual y que en total tenĂ­a 10 hijos, vaya ficha. TratĂł de darme tres o cuatro bebidas con dios sabe quĂ©, hice como que las tomaba y salimos de ahĂ­ cuarenta minutos despuĂ©s. Entramos al callejĂłn. —¿Hacia dĂłnde vamos? preguntĂ©. —Vamos a hacerte mujer, niña, el hotel Camila debe acogernos bastante bien, si no, podemos empezar aquĂ­. Supongo que alcanzĂł a ver mi expresiĂłn de asco, porque se parĂł de improviso. —¿No te gusta la idea, chinita? —Lo que tĂş quieras… Ram. —Chamaca pendeja, la noche empieza aquĂ­. Acto seguido se bajĂł el pantalĂłn me tomĂł por los hombros esperando que le hiciera una felaciĂłn ahĂ­ mismo, en el puto callejĂłn, ¡en el puto callejĂłn! Con asco bajĂ© y tomĂ© su pene flácido con mi boca, el olor a orines era fĂ©tido, asumo que era diabĂ©tico o estaba enfermo, con torpeza comencĂ© a mover mi cabeza mientras tenĂ­a la masa de carne esa en mi boca. —En efecto, no sabes mamar la verga, no me mintieron, eres virgen, dijo el cerdo con una carcajada. Acto seguido me empujĂł y se subiĂł el pantalĂłn, satisfecho. En eso sonĂł su telĂ©fono celular. —¿QuĂ© chingados quieres? Estoy en una cita de negocios. ÂżQuĂ©? Y como pasĂł eso, ÂżquiĂ©n se ha enterado? Dile al presidente que le pagaremos hasta el Ăşltimo centavo, dile que tenemos todo su dinero, que no se preocupe… Obvio que no lo tenemos estĂşpido, pero gana tiempo… Okay, termino… mi… cita… y voy. ApagĂł el celular con una mueca llena de odio. —No te estrenarás en el amor chinita, pero si te voy a culear, no vaya a ser que no conozcas la verga en tu vida, dijo al esbozar una especie de risa. Me tomĂł por la espalda, yo lo permitĂ­, me subiĂł el vestido, mientras se aseguraba que nadie venĂ­a, la calle estaba obscura, una luz al final del callejĂłn habrĂ­a permitido a alguien vernos como dos sombras, un degenerado con su trasvesti, pensarĂ­an. Me embistiĂł con fuerza, mi vagina no lubricaba y me doliĂł mucho, habĂ­a pensado que no lo paraba, pero el asqueroso logrĂł sacar sangre de algĂşn lado para que su excusa de pene tomara una erecciĂłn, luego de un rato que se me hizo interminable, durante el cual el asco y la repulsiĂłn no me permitĂ­an hacer un sonido, unas manos me tomaron por el cuello: el hijo de puta querĂ­a estrangularme. 

       TomĂ© con una mano sus testĂ­culos y los apretĂ©, me soltĂł del cuello, pero me tomĂł del pelo. —China pendeja, aquĂ­ quedas, de todos modos, no ibas a amanecer. Acto seguido me acerquĂ© más a su axila y con mis dedos presionĂ© su cuello, me soltĂł, despuĂ©s golpeĂ© con mi pie su pecho, a la altura del corazĂłn, se desmayĂł, pude correr… pero no lo hice. Le tomĂ© de la cabeza y lo estrellĂ© contra el pavimento varias veces, demasiadas quizá, despuĂ©s presionĂ© su tráquea con mis dedos en dos puntos, tardĂł tres o cuatro minutos en morir. «RaskĂłlnikov imbĂ©cil, un hacha ensucia demasiado». Lo llevĂ© rodando hasta una alcantarilla, de alguna manera logrĂ© abrirla y lo rodĂ© hacia abajo, quedaron sus pies a la altura del alcantarillado, lo cerrĂ© y me fui. 

       RegresĂ© al gimnasio de Mei Lian, no me pensaba quedar ahĂ­, asumĂ­ que cuando se dieran cuenta me sentenciarĂ­an, pero no sabĂ­a quĂ© hacer, y es que La CofradĂ­a funciona como una corte marcial. «Soy un jodido desastre», pensĂ©. No sirvo ni de puta, además, al menos cinco personas me vieron salir con Ă©l, si no me mataba La CofradĂ­a, me meterĂ­an a la cárcel, y a mĂ­, una china sin papeles a la que le irá lindo en una cárcel mexicana, sin refrigeraciĂłn, en este infierno. ÂżCĂłmo lleguĂ© aquĂ­? No sentĂ­a el menor remordimiento porque el cerdo ese merecĂ­a morir y el mundo era un mejor lugar sin Ă©l, pero igual que el personaje de Dostoyevsky, lo habĂ­a hecho todo mal. Me habĂ­an visto salir, no planifiquĂ© nada, no era NapoleĂłn, ni Hitler, no era una revolucionaria que obraba a bien por la sociedad, era una china muerta, violada, con sabor a orines en la boca y segĂşn mi mentora y prĂłximo verdugo, gorda… Âżgorda? ÂżQuĂ© se cree?

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  • Trabajo, amor y traiciĂłn.

    Trabajo, amor y traiciĂłn.

       Con las semanas me fui acostumbrando al horrible calor de este desierto, entraba y salĂ­a de la cocina, donde hacĂ­a más calor y además respirabas aceite. Me levantaba a las 6:00 AM para hacer ejercicio, eso me mantenĂ­a la mente clara y en esas dos horas que estaba ahĂ­ en mi lugar haciendo esfuerzo, tenĂ­a al menos una sensaciĂłn de propiedad sobre mi persona. A las  9:00 AM estaba ya limpiando y lavando verduras en la cocina, cuando habĂ­a menos gente empezaba a atender clientes, pensaba que el saber inglĂ©s me habĂ­a ayudado, no sĂ© porque pensaba eso, a empezar a hablar español, sabĂ­a decir los platillos del menĂş y con mi acento cantonĂ©s podĂ­a establecer una conversaciĂłn sencilla con los comensales, y aunque la mayorĂ­a de las meseras eran mexicanas, pues a ellas si les pagaban, los dĂ­as bajos atendĂ­amos nosotros para abatir los costos, Juan Lee era un avaro pero Ă©l se veĂ­a sĂ­ mismo como un gran hombre de negocios, guapo y bondadoso, el muy panzĂłn. Fui entendiendo en quĂ© consistĂ­a La CofradĂ­a, era una organizaciĂłn que ante el mundo aparentaba ser un club de empresarios chinos, una cámara, pero el tráfico de influencias y las ligas con el Partido Comunista eran innegables, definitivamente habrĂ­a drogas, si habĂ­a tráfico de gente en esa escala. 

       Era un jueves, cuando al llegar me encontrĂ© a un chico sentado en la cocina, su cara dotada todavĂ­a del terror del viaje era sin duda hermosa, imaginando lo que acababa de vivir me acerquĂ© a platicar, era del mismo Shenzhen, se llamaba Wang. Platicamos un poco durante los primeros dĂ­as. Pero al tiempo comenzamos a ser muy amigos, nos reĂ­amos y guiñábamos durante el trabajo constantemente. Un dĂ­a mientras servĂ­a a miembros de la comunidad china, al servir la sopa, Wang hizo unos pasos de reversa a la Michael Jackson para mi entretenimiento y sonreĂ­ como tonta, una mujer de la comunidad me tomĂł del brazo con fuerza, de una forma que me inmovilizĂł y me obligĂł a quedarme pasmada, de nuevo. —Él no niña, Ă©l no. Cuando quise contestar, la señora estaba tranquilamente batiendo sus palillos en su sopa, con bastante maestrĂ­a, nadie más en la mesa hizo sonido alguno. RegresĂ© contrariada y le preguntĂ© a Xiang por la extraña señora. Xiang saliĂł y regresĂł blanca. —No quieres tener nada que ver con Mei Liang niña, esa mujer es un demonio. “Otro demonio”, pensĂ©. —Hey Ronda Rousey, ayĂşdame que acá hay una pila de 200 platos y viene un grupo grande, dijo Wang. Mi rostro se iluminaba cada vez que me hablaba, Xiang, con un rostro de complicidad asintiĂł para permitirme ayudarle. Wang no era listo como Peter ni veĂ­a pelĂ­culas de Kung Fu, le gustaba la mĂşsica Pop, escuchaba a Ricky Martin cuando nadie le veĂ­a, era adorable, aunque no era tonto, tenĂ­a esa inteligencia de saber cosas de los mayores y sobre todo de La CofradĂ­a. Alguna vez le preguntĂ© porquĂ© lo habĂ­an exiliado, sĂłlo decĂ­a que su padre habĂ­a hecho un trato, nunca mucho más. 

       Una rara tarde de otoño en que llovĂ­a a cántaros en Mexicali, cosa que ocurrĂ­a un par de veces al año, los recuerdos de mi Ăşltima y Ăşnica noche con Peter llegaron de golpe, me preguntĂ© porquĂ©, en tres meses no se me habĂ­a ocurrido escribirle, no podrĂ­a, yo no era la misma persona, ÂżquĂ© le iba a decir? Esa noche salimos temprano, pero habĂ­a un grupo especial de La CofradĂ­a y Xiang se debĂ­a quedar a atender a los invitados VIP, me mandĂł sola a los apartamentos, salĂ­ al mismo tiempo que Wang y este me acompañó, le dije que entrara hasta que bajara la lluvia, los apartamentos donde vivĂ­an los hombres estaban a dos cuadras. —¿Por quĂ© saliste de Dongguan? La pregunta me sobresaltĂł. No habĂ­a tocado el tema con nadie, ni siquiera habĂ­a recibido cartas de mi padre, salvo cuando me escribiĂł de puño y letra de Aiko, que todo estaba bien y que era una bendiciĂłn que estuviera yo bien y en Mexicali. TardĂ© dos horas en platicarle mi historia, por primera vez llorĂ© desde aquel momento en que se me secaron las lágrimas, ni siquiera en el infierno de contenedor ese derramĂ© una. Lo vivido ahĂ­ no se lo contĂ© nunca a nadie, creo que se sabĂ­a, pero nunca hablĂ© de ello. Al terminar mi historia Wang me besĂł. Mi primer beso, ahĂ­, como testigos sĂłlo dos arañas que me acompañaban desde hacĂ­a un mes a las que apodaba Aragog A y Aragog B. El beso durĂł mucho más de la cuenta, luego vinieron besos en el cuello y algo más, cuando me di cuenta ambos tenĂ­amos ya el torso desnudo, Wang sacĂł un preservativo, y si bien me detuve en frĂ­o al verlo, despuĂ©s de un momento de duda me entreguĂ©, ahĂ­, en la cama de mi compañera de cuarto, ahĂ­ dejĂ© la niñez, al menos fĂ­sicamente, desde hacĂ­a mucho no me consideraba tal, pero mientras sus manos me tocaban yo me estremecĂ­a, me dejĂ© llevar, luego tomĂ© el control como si fuera la protagonista de una pelĂ­cula americana, clasificada R. 

       Al irse Wang cambiĂ© las sábanas a mi compañera y me dormĂ­, con el olor de nuestros cuerpos en la fibra de las sábanas descansĂ© en una ensoñaciĂłn permanente, sonriente, si no era felicidad, porque yo no podĂ­a saber lo que era ser feliz, se debe haber parecido. 

       A la mañana siguiente me levantĂ© más tarde, aun asĂ­, hice mi rutina: 6 rounds de sombras, 10 series de piernas, saltos, ejercicio abdominal, lagartijas y estiramiento, la primera serie de Yoga Ashtanga, lo Ăşltimo que aprendĂ­ de mi maestra en Dongguan. —Buenos dĂ­as, ÂżcĂłmo estuvo el amor, niñita?, enmudecĂ­. —No sĂ© de que hablas, repliquĂ©. —Estaba guapo el niño, luego lo traes de nuevo y entre las dos le hacemos el dĂ­a, sirve que te enseño algĂşn truco, algo tendrás que aprender a hacer, aparte de fregar platos. —Que te den, contestĂ©. —Me dan diario niñita, y luego me pagan, por cierto, en tres meses es la segunda vez que hablamos, al menos podrĂ­amos hacerlo más seguido. Quizá te sirva dejar esos libros y conocer la ciudad. ReflexionĂ© un minuto. —De acuerdo Xie, de acuerdo, pero deja de decirme niñita. —Es un trato Shui Li, acto seguido me guiñó un ojo y regresĂł a dormir, cuando salĂ­ de bañar, Xie roncaba de nuevo. 

       Al llegar al Nuevo CantĂłn, Xiang me esperaba con un rostro serio. —Ven, tengo que decirte algo. Fuimos a la parte de atrás de la cocina, donde estaban los tanques de gas, que era donde fumaban en secreto los cocineros, listos ellos. —Tengo varias cosas que decirte. —¿A mĂ­? —SĂ­, a ti. Primero, te manda esta tarjeta Mei Lian, era una tarjeta con el sĂ­mbolo del dragĂłn, mi sĂ­mbolo zodiacal, las caracterĂ­sticas y años de nacimiento. —¿QuĂ© tengo que hacer con esto? —Yo no le hago preguntas a Mei Lian, los santos me libren y Buda me acompañe. —¿Es todo?, la cara de Xiang se descompuso de nuevo. —No, ayer me enterĂ© quiĂ©n es Wang, por alguna razĂłn sus palabras me cimbraron hasta la mĂ©dula, asentĂ­ sin poder decir palabra. —Wang es hijo de una rama de la familia Wu, que son los que controlan los transportes de carga en Shenzhen, asĂ­ como el tráfico de personas, un tĂ­o de Ă©l es muy conocido, le apodan Tsingtao. Al escuchar esto las piernas me flaquearon y el mundo me dio vueltas. —Y eso no es lo triste niña, Wang Wu, viene a casarse con la ahijada de Juan Lee, la nieta del lĂ­der de La CofradĂ­a en Mexicali y se casará en enero en San Francisco. Está esperando tener sus papeles mexicanos y luego su visado americano, eso es lo que hace mientras trabaja aquĂ­, además aprende el negocio porque se hará cargo de un restaurante en San Francisco una vez que se case. 

       Con esas palabras solamente, fueron varios los niveles de descenso en este infierno, mis vivencias en los Ăşltimos 4 meses habĂ­an cambiado todo mi horizonte, hacĂ­a un par de años me hacĂ­a campeona olĂ­mpica para estas fechas, la más joven. Seis meses atrás pensaba en mi preparaciĂłn para Beijing, en un nuevo deporte, y en Peter. De todos los descensos este fue el de menor impacto visible, pero serĂ­a el que menos olvidarĂ­a y el que más me marcarĂ­a, la traiciĂłn era una cosa, pero ser usada por un hombre era algo peor, demasiado personal. Aun asĂ­, de nuevo pensĂ© en las chicas del contenedor, ellas se habĂ­an dejado usar para sobrevivir, habĂ­an muerto haciendo algo al respecto, lo que estaba en sus manos y yo, yo habĂ­a sido usada por tonta. No hay nada que afecte tu seguridad como la traiciĂłn en el amor, más, cuando tienes diecisĂ©is. 

       No recuerdo nada de esa jornada laboral. Le buscaba el rostro a Wang y Ă©l actuaba como si nada hubiera pasado, no me volteaba a ver y hacĂ­a sus labores, aun cuando se percatĂł en mis ojos que algo habĂ­a cambiado, hizo caso omiso y siguiĂł con sus rutinas. Su maldita sonrisa perfecta, su español aceptable y su inglĂ©s británico daban una fachada perfecta para un chino occidental, su desfachatez completaba el cĂ­rculo, era material de La CofradĂ­a, “perteneces, hijo de puta”. Al salir, nos fuimos directo al apartamento, Wang saliĂł detrás de mĂ­ y de Xiang, —Ronda Rousey, Âża dĂłnde vas?, hay postre y cena para todos. —Dame un minuto, le dije a Xiang. —No demores, te espero en la entrada. —¿A quĂ© has venido a Mexicali?, preguntĂ©. —Como todos, a trabajar. —¿Cuánto tiempo trabajarás en el Nuevo CantĂłn?, y, ÂżquĂ© relaciĂłn tienes con Tsingtao? Al mencionar a su tĂ­o su mirada cambiĂł.  â€”Espera, sĂ© lo que pasaste ahĂ­, cosas salieron mal, no es culpa de mi tĂ­o. —¿SabĂ­as? —Todos sabemos Rousey —¿Y tu esposa? Dio un paso atrás y ahora sĂ­ cambiĂł su semblante. —Escucha, no la conozco, yo que sĂ©, son cosas de familia, tĂş y yo nos podemos seguir viendo. No terminĂł la frase cuando sin pensarlo, mi pie habĂ­a impactado de lleno su cara, inmediatamente despuĂ©s, un volado de izquierda le hizo caer al suelo, sin pensar, mi rodilla derecha habĂ­a impactado su nariz. Un flujo de sangre brotĂł de su rostro mientras Xiang gritaba: “Te van a matar idiota, ¡para!, ¡para!, ¡para!” Una patada circular en su costillar izquierdo cerrĂł la tanda, Xiang gritaba y movĂ­a las manos frente a mĂ­. CaminĂ© rumbo a mi habitaciĂłn y me encerrĂ©, cerrĂ© los ojos, a buena hora se me quitĂł el pasmo. 

       A la mañana siguiente tocaron a mi puerta a las 5:45 de la mañana. Xie se levantĂł, abriĂł la puerta y saliĂł. —Levántate. La voz seca provenĂ­a de una mujer de 1.65 mts, delgada y fibrosa. —Mueve ese enorme trasero y ponte frente a mĂ­. Lo hice lentamente, Âżenorme trasero?, ÂżquĂ© se cree? — Lo que hiciste ayer ha cambiado toda tu existencia, niña imbĂ©cil. AgachĂ© la cabeza, no dije nada. —Llegaste como activo de La CofradĂ­a… —Claro que no, lleguĂ© porque la perra de mi madrastra me tendiĂł una trampa… —¡Cállate! Están evaluando desaparecerte, dormirte como perro sin control, te advertĂ­ aquel dĂ­a, es que aparte de gorda eres bruta. La bilis no me brotaba por lo bruta, me brotaba por lo gorda, Âżgorda?, Âżgorda? — No pensĂ© que… —Exacto, la que no piensa se muere, asĂ­ funciona el infierno en el que te has metido, ¡bruta! Un silencio, obvio incĂłmodo, vino de inmediato. Mantuve mi mirada firme ante este demonio, como le llamaba Xiang, nunca le preguntĂ© por quĂ©, mira que si soy bruta, era la pregunta que debĂ­a hacer, pero estaba embrutecida, enamorada, pendeja. —Me dicen que hablas bien español. —No tan bien, pero puedo hablarlo. — Estaremos evaluando tu situaciĂłn, no está nada dicho. No salgas de tu habitaciĂłn, Xiang te traerá comida, pero no puedes regresar a trabajar hasta que se decida tu suerte, y ni se te ocurra escapar, que tus puñetazos dĂ©biles y tu trasero gordo no durarán mucho en la calle, terminarás en una fosa comĂşn en menos de un dĂ­a. RegresarĂ© cuando estĂ© decidido. 

       PasĂ© diez dĂ­as encerrada, afortunadamente en mis escapadas con Wang habĂ­a conocido una librerĂ­a llamada Sanborns, y estaba acompañada del ingenuo de Dante, su Divina comedia y El retrato de Dorian Grey, 2 por 100 pesos, una ganga que, con lo que ganaba era lo que habĂ­a, no estaba mal. Cada que mi mente divagaba pensaba en quĂ© pasarĂ­a si me convertĂ­a en asesina, quĂ© pasarĂ­a si mataba a: Xie, Xiang, Wang, Juan Lee… Cada iteraciĂłn de mis pensamientos tenĂ­a una serie de eventos distintos, en todos y cada uno de ellos Mei Lian terminaba con mi vida, en ninguna pude vencerla, era como ver una pelĂ­cula con diferentes finales en la que distintas situaciones se daban en funciĂłn de cada decisiĂłn. No sĂ© si era el hecho que me llamara gorda o en cĂłmo me hablaba, pero habĂ­a algo muy peligroso en la forma en que se movĂ­a Mei Lian, era como ver a una pantera. Además, era sumamente perturbador en cĂłmo habĂ­a salido Xie del cuarto aquella mañana y no me habĂ­a vuelto a dirigir la palabra desde entonces, ni siquiera estaba durmiendo en el cuarto, sĂłlo venĂ­a por ropa. LeĂ­ y divaguĂ© mientras incrementĂ© mi ejercicio a 3 horas diarias, ahĂ­ como presa, en mi celda. 9 rounds de sombras, 20 series, piernas, abdomen, espalda, brincos, brazos, la serie de Ashtanga completa para terminar. 

       En mis divagaciones hice comuniĂłn con Dostoyevsky. RaskĂłlnikov errĂł, se dejĂł atrapar, ese fue su error, debiĂł matar al juez, no dejarse atrapar, debiĂł matar a Sonia, no enamorarse de ella. 

    —¡Despierta ya!, eran las 5:45 AM, de nuevo. Mei Lian estaba parada frente a mi litera. BajĂ© sin decir nada, estaba despierta, tenĂ­a al menos 15 minutos viendo al techo en la obscuridad. Imaginando a las Aragogs haciendo su telaraña, pensando que era una de ellas, hilvanando la trampa para la mosca Wang, para el grillo Aiko. —Tienes suerte, se ha decidido que trabajarás para La CofradĂ­a, por medio mĂ­o, deberás servir platos de dĂ­a con Juan Lee, pero ciertas noches deberás servir de otra forma, lo lamento, al menos vivirás. No tardĂ© mucho en entender. Cuando finalmente lo hice abrĂ­ los ojos y una lágrima brotĂł de ellos, no me sentĂ­a triste, estaba enojada. —Entrenarás conmigo en mi gimnasio, tu nueva disciplina será el wing chun, cuando estĂ©s lista, quizá otros trabajos vengan. No dije palabra alguna. Otro silencio incĂłmodo se creĂł entre nosotras. —Báñate, haz tu rutina, empiezas a las 11:00 AM, sales a las 6:00 PM, te veo en el gimnasio. Dile a Xie que te lleve, ni se te ocurra llegar tarde. —Wang… —Wang se ha ido a San Francisco, Xie y Xiang han explicado al comitĂ© tu versiĂłn por ti, contradiciendo la de Ă©l, que por cierto implicaba que lo sedujiste para evitar su pactada boda, pequeño imbĂ©cil, no tendrá lo que merece, pero no le irá tan bien como Ă©l pensaba, aun asĂ­, su familia tiene poder en La CofradĂ­a, le buscarán otra esposa con menos… gracia. MuĂ©vete gordita. Con esto se fue, Âżgordita?, Âżgordita?, ÂżquĂ© se cree? 

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  • Un restaurant y La CofradĂ­a.

    Un restaurant y La CofradĂ­a.

       Una camioneta llena de pan llevaba a mi cuerpo, que seguĂ­a falto de espĂ­ritu e inteligencia, a un lado de un hombre viejo, que, viĂ©ndolo de cerca y con luz, habrá tenido más de sesenta, era el mismo que venĂ­a en el contenedor desde Shenzhen, tampoco aquĂ­ cruzamos palabra. La camioneta venĂ­a repleta de pan y galletas de la suerte, habrĂ© comido cinco bollos a escondidas de mi acompañante, en una dormida que se dio. Cuatro horas nos separaban del hospital de la “Masacre de la motosierra”, una choza en un área agrĂ­cola en el sur de Ensenada, mi morada por sabrá el diablo cuántos dĂ­as que nunca contĂ©, de un restaurante chino llamado “El Nuevo CantĂłn” ubicado en el verdadero infierno terrenal, nuestro destino: Mexicali. 

       Bajamos a un calor inaudito que despuĂ©s supe eran 51 grados centĂ­grados a la parte trasera de un restaurant. Nos pidieron descargar la camioneta y acto seguido nuestro chofer se fue. A recibirnos llegĂł un hombre gordo que hablaba un cantonĂ©s muy extraño, no pude ubicar el acento, era el aquĂ­ famoso cantonĂ©s mexicalense, el que hablaban las segundas y terceras generaciones de gente llegada de CantĂłn. — Lee Lian, tu hermana Mei Lian me ha hablado mucho acerca de ti, bienvenido, ella te espera afuera, pasa por la cocina, está en el restaurante. —TĂş debes ser Shui Li, te esperaba, aguarda un momento aquĂ­ mientras ayudas a acomodar estas cajas en la cocina, mi nombre es Juan Lee y soy primo tercero o algo asĂ­ de tu padre, vienes a trabajar conmigo, no conozco bien a mi primo, pero vienes recomendada por la familia Hu de Dongguan, ÂżquĂ© habrás hecho para que te echaran de la ciudad de las putas? Bueno, aquĂ­ no es muy diferente, anda, anda, muĂ©vete ya. 

    —El hombre del contenedor me observĂł e hizo una pequeña reverencia, dio la media vuelta y se fue. La cocina estaba sucia y pude ver dos ratas corretearse la una a la otra por una canaleta cercana al techo, olĂ­a fuerte, a aceite quemado de ese que se usa varias veces y termina pareciendo petrĂłleo, se respiraba la melcocha en el aire, con mucho esfuerzo movĂ­ las cajas, mis fuerzas estaban aĂşn bastante mermadas, al pasar por un espejo vi una calavera de lo que en China fui, asumo que mi peso apenas rozaba los cuarenta kilos, quizá menos. 

       â€”MuĂ©vete niña que las cajas no se mueven solas, me dijo una mujer al pasar. Todos en la cocina seguĂ­an sus labores mientras me observaban con disimulo, el vestido que me habĂ­a dado la señora en Ensenada, mi ángel o mi demonio, mas bien mi otra celadora, estaba atado con un listĂłn y me quedaba como una tĂşnica enorme. Tampoco supe el nombre de la mujer, ni preguntĂ©, en ese momento, cuando alguien me saludĂł intentĂ© contestar, para mi sorpresa no pude, no habĂ­a hablado palabra desde Shenzhen, se me habĂ­a ido la voz, asĂ­ me mantuve, supongo que mi cobardĂ­a, el haberme visto fuera de mi cuerpo por dĂ­as sin saber si estaba viva o muerta y el olor a metal que todavĂ­a podĂ­a sentir en los dientes me habĂ­an desgastado hasta volverme un trapo. 

       Juan llegĂł una hora despuĂ©s, una vez que acomodĂ© las cajas, la señora que me habĂ­a apurado pasĂł y me dio una escoba, no dije nada, barrĂ­. —AquĂ­ estás niña, me dice Lee Lian que no hablas, pero a mĂ­ me habĂ­an prometido una atleta y mira nada más, uno paga por buenos empleados y ÂżquĂ© recibe?, tremendos esperpentos. Ayudarás a la señora Xiang en la cocina, harás todo lo que ella te diga hasta que te diga yo lo contrario, anda, anda, anda que los platos no se sirven solos, es domingo, estamos a reventar, muĂ©vete, anda.

       En la noche, ya como a las 11:00 PM, la señora Xiang me llevĂł a unos apartamentos que estaban a media cuadra del restaurante, el lugar era muy sencillo y pequeño, se notaba que habĂ­an metido más cuartos de los que estaban originalmente, se hubiera visto deplorable si no fuera que estaba excepcionalmente limpio. Me dio una bolsa con jabĂłn y artĂ­culos de limpieza y me apuntĂł a una litera. —Vas arriba tĂş, abajo no, abajo es de alguien, asĂ©ate y descansa, mañana el trabajo empieza a las 9:00 AM. 

       Una idea habĂ­a dado vueltas en mi cabeza durante toda la tarde, mi padre o el señor Hu pagaron 80,000 yuanes porque yo llegara a salvo. Once personas murieron a pesar de que habĂ­an pagado 80,000 yuanes cada uno. Llegamos de milagro, algo obviamente se saliĂł de control, pero dijo Juan Lee que Ă©l habĂ­a pagado, mi padre pagĂł por deshacerse de la “mercancĂ­a dañada”, Juan Lee pagĂł por otra mercancĂ­a, pagó…pagĂł, Âżme comprĂł? ÂżCuánto dinero habĂ­a aquĂ­? O… ÂżQuiĂ©n mentĂ­a? IntuĂ­ que nadie, esto era una especie de mafia. RecordĂ© las palabras de mi padre, Ă©l dijo empezar de cero, esto no era empezar de cero, esto era empezar bajo tierra, este era un infierno que se revelaba a sĂ­ mismo en capas, como una diantre cebolla. 

       Por la mañana bajĂ© de la litera, habĂ­a una joven dormida, delgada, con senos prominentes segĂşn se veĂ­a por fuera de la sábana, tenĂ­a aĂşn rĂ­mel en los ojos y claramente estaba desnuda. Colgado en un clavo en la pared habĂ­a un vestido rojo, pequeño y muy corto, “las putas de Dongguan, las putas de Mexicali”, pensĂ©. Al verla dormida e indefensa, pensĂ© de nuevo en Crimen y castigo, y lo iluso y afortunado que era el imbĂ©cil ese, ÂżcĂłmo le pudieron pillar?, quizá fue que lo leĂ­ tantas veces, era mi Ăşnico acompañante por tanto tiempo, concluĂ­ que Dostoyevsky habĂ­a creado a Pinocho, cuando la chica de la litera de abajo y yo, Ă©ramos niños de verdad. Vino de nuevo a mi mente el sabor a metal en mi garganta, el olor a muerte… “no hice ni putas madres”, se murieron, vivo por cobarde, chuparles la pija a los animales esos requerĂ­a más valentĂ­a que la que yo tuve, ahora entiendo, no, no entiendo nada, no soy nada, no existo, soy una masa de carne en el suelo, estuve viendo a las demás pelear con las herramientas que tenĂ­an a la mano, yo pasmada, no merezco vivir… ¡Vaya al diablo!, me ha trastornado DostoyĂ©vsky, “¡Vete al diablo!”, dije en voz alta, mis primeras palabras no podrĂ­an ser otras, estaba viendo fijamente el vestido rojo con lentejuela. —Y ÂżtĂş quĂ© eres?, Âżputa, mesera o cocinera?, soy RubĂ­, jaja, en realidad me llamo Xie, tĂş ÂżcĂłmo te llamas? DespuĂ©s de un largo silencio dije: “Shui Li”, y esa fue toda la conversaciĂłn con mi nueva compañera, por muchos dĂ­as. 

       12 horas diarias, 28 dĂ­as al mes son 336 horas, que al equivalente de 5 dĂłlares por hora que se podĂ­an llevar los meseros regulares eran $1,680 dĂłlares al mes. Eso era lo que no me pagĂł Juan Lee esos meses. 80,000 yuanes o $9,390 dĂłlares que cobraron Tsingtao y sus asesinos, otro tanto que pagĂł Juan Lee por mĂ­. Menos los 100 dĂłlares que recibĂ­a para artĂ­culos personales al mes… Estos cabrones estaban haciendo dinero, con razĂłn los demonios la pasan bien, ¡hijos de puta! Alguien estaba haciendo $37,740.00 dĂłlares ese año conmigo, entre contrabando y salarios no devengados, y yo era una empleada de piso, ni siquiera era puta como Xie. En los apartamentos dormĂ­amos 40 mujeres, habĂ­a otro de hombres y ahĂ­ dormĂ­an hasta 6 por habitaciĂłn, podrĂ­an haber 120. Si las cuentas fueran lineales, habĂ­a seis millones de dĂłlares, sĂłlo bajo el control de Juan Lee, sĂłlo en salarios, sin contar ventas, ganancias ni contrabando. ÂżDĂłnde me metiste Aiko?, te odio… claramente escuchĂ© en mi mente la voz de Aiko, dulce y llena de hipocresĂ­a: “Bienvenida a La CofradĂ­a Shui Li, tienes lo que tu madre merecĂ­a…”

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  • El viaje

    El viaje

       En los puertos de Shenzhen habĂ­a un hombre que apodaban “Tsingtao”, como la cerveza. Un trabajador de la familia Hu me llevĂł hasta el puerto. HablĂł con Tsingtao, me apuntaron varias veces mientras hablaban, escuchĂ© decir “recomendada” y “familia Hu”, a pesar de que hablaban entre ellos, hacĂ­a un viento a mi favor que me permitĂ­a escuchar sus susurros. Tsingtao contĂł los 80,000 yuanes que habĂ­a enviado mi padre, ambos afirmaron con sus cabezas y se dieron la mano. AsĂ­ fue, que en el puerto mercante de Shenzhen me convertĂ­ en una mercancĂ­a, en una transacciĂłn. Tsingtao me llevĂł hacia una zona de contenedores donde, escondido, habĂ­a un contenedor marĂ­timo que era en realidad una oficina, ligado a otros más que formaban un complejo escondido, habĂ­a analistas en computadoras viendo pantallas, escribiendo y hablando por telĂ©fono, despuĂ©s de un camino angosto entrĂ© a un comedor muy sucio, que al menos tenĂ­a aire acondicionado, ahĂ­ habrĂ­an unas quince personas, la mayorĂ­a mujeres, jĂłvenes, un par de parejas y un hombre mayor, sentados en el piso, esperando. —Faltan tres más, quĂ©dese ahĂ­, ahĂ­ hay una máquina expendedora, compre lo que pueda que no volverá a ver una en tres semanas, me dijo casi al oĂ­do Tsingtao. —Pasaremos al contenedor en dos horas máximo, prepárense. Dijo para el resto. No volteĂ© a ver a nadie, saquĂ© mi copia de Crimen y castigo y me sumĂ­ en ella.

       Durante todo el tiempo que pasĂł desde que supe de mi destierro, pensĂ© en todas las bifurcaciones que tenĂ­a mi vida en ese momento, yo era una buena persona, pero pensaba, bajo quĂ© escenario la tesis de matar por el bien aplicaba a mi situaciĂłn. Aiko serĂ­a por placer, ello me vilificaba, salvo que fuera por venganza de la muerte de mi madre, pero no tenĂ­a pruebas y ello me convertĂ­a en una falsa vĂ­ctima y la convertirĂ­a a ella en una mártir ante los ojos de mi padre, que no dudarĂ­a en deshacerse finalmente de mĂ­, como “mercancĂ­a dañada”, sin contar que las relaciones que llevaba con la esposa del señor Hu complicarĂ­an todo. Matar a mi padre me abrirĂ­a de par en par las puertas del infierno, al que parecĂ­a caer irremediablemente, podrĂ­a terminar su asesinato con un suicidio, serĂ­a la comidilla de toda la colonia industrial de Dongguan. Aiko heredarĂ­a una pensiĂłn por parte de la familia Hu, los gemelos tendrĂ­an sus estudios pagados por la misma, serĂ­an gente de bien, niños caĂ­dos en desgracia, apoyados por toda la comunidad para salir adelante, Aiko vencĂ­a. Mi vida propia, eso no harĂ­a ningĂşn cambio, Aiko igual habrĂ­a ganado. Cuando pensĂ© en cĂłmo me desharĂ­a de los gemelos sentĂ­ una punzada de repulsiĂłn en el estĂłmago, no podrĂ­a. Definitivamente aquello me hizo sentir que una buena parte de mi humanidad estaba intacta, no era una mala persona, la calma con la que me veĂ­a estrangulando a mi padre y luego aventándome al rĂ­o o dando hachazos sobre el cráneo de Aiko me hacĂ­an pensar que la idea de deshacerse de mĂ­ era acertada, era mercancĂ­a dañada, «no todavĂ­a», pensĂ©. 

       Un contenedor marĂ­timo con aire acondicionado posicionado sĂłlo, en una parte olvidada de un barco de carga contenĂ­a 22 personas: 13 mujeres menores de veinte años, 2 parejas de reciĂ©n casados en sus veintes, 5 hombres, uno mayor de cincuenta y 4 hombres jĂłvenes. De los 4 hombres jĂłvenes, 3 eran celadores, el otro era Tsingtao. 18 personas a 80,000 yuanes cada uno: 1,440,000 yuanes. Era una cantidad obscena de dĂłlares, más o menos 10,000 dĂłlares por persona, hubiera pensado que el infierno era el pago por tu maldad, no que tenĂ­a costo de entrada. 

       Pasaron dos dĂ­as en silencio, habĂ­a una luz tenue dentro del contenedor que venĂ­a acondicionado para mercancĂ­as, pero tenĂ­a un baño pequeño. Tsingtao repartĂ­a toallas hĂşmedas con limpiador y desinfectantes cada mañana, asĂ­ como bolsas con comida chatarra y huevos de codorniz en vinagre al vacĂ­o en bolsas selladas. Una botella de 1.5 litros de agua para todo el dĂ­a por persona. Los primeros dĂ­as leĂ­ y seguĂ­ meditando, diferentes formas de matar venĂ­an a mi mente como un flash esporádico. El tercer dĂ­a las cosas se descompusieron cuando a uno de los celadores se le ocurriĂł frotar los senos de una de las chicas mientras dormĂ­a, la chica le dio una patada en la nariz al incorporarse asustada y un chorro de sangre brotĂł sin más. Tsingtao corriĂł hasta el lugar, pensĂ© que golpearĂ­a al celador, errĂ©, entre los dos patearon a la chica hasta dejarla inmĂłvil. El resto de la tripulaciĂłn no hizo absolutamente nada, cuando tratĂ© de levantarme, los otros dos celadores estaban tras de mĂ­ y me dijo uno al oĂ­do, mientras siseaba su asquerosa lengua en Ă©l: “si metes tus narices de nada servirĂ­a tu protecciĂłn boxeadora, aquĂ­ en el mar, nadie tiene derechos”. A partir de ahĂ­, estábamos en un mundo nuevo, «bienvenida al segundo cĂ­rculo del infierno» pensĂ©, Âżo era el sĂ©ptimo?, nada nunca es tan simple, Dante no sabĂ­a nada… de nada. 

       Al dĂ©cimo dĂ­a los celadores habĂ­an logrado tocar a las chicas sin que nadie se los impidiera, los dos hombres con pareja cuidaban a sus esposas, en un amago que hizo uno de ellos, dos celadores se acercaron a su mujer, el hombre desistiĂł. No las habĂ­an violado, pero las obligaban a dejarse limpiar el cuerpo con toallas hĂşmedas por las mañanas y dejarse tocar. Cuando me entregaban mis toallas reĂ­an y me hacĂ­an poses ridĂ­culas de artes marciales, propias de pelĂ­culas viejas de kung fu, sabĂ­an perfectamente quiĂ©n era. Esto se fue exacerbando y un dĂ­a una de las chicas, seguramente buscando tener un poco de ventaja, comenzĂł un coqueteo con los celadores, a cambio le empezaron a dar una raciĂłn extra de comida, luego otra hizo lo mismo, y otra más. A los dĂ­as las tenĂ­an compitiendo por raciones extra de agua, comida o dulces. Tsingtao reĂ­a. LlegĂł el dĂ­a veinte, el dĂ­a que llegarĂ­amos a puerto se aproximaba, una de las chicas accediĂł acostarse con un celador y tuvieron sexo en un cuarto improvisado con cobijas y cobertores que venĂ­an en las cajas. Luego otra. 

       Pasaron cinco dĂ­as, ya eran veintisiete dĂ­as y no salĂ­amos del contenedor. Se escasearon las toallas hĂşmedas y el desenfreno de las chicas subiĂł de tono, peleaban entre ellas por hacer favores a los celadores, llegĂł el punto donde hacĂ­an concursos felaciones, y estas eran ahĂ­, enfrente de todos, la ganadora se llevaba una golosina o lo que iba quedando, que no era mucho. Se escaseĂł la comida y los hombres de familia se comenzaron a impacientar, a exigir que parase el pago de comida extra por sexo. Los celadores reĂ­an, Tsingtao los ignoraba. LlegĂł el dĂ­a treinta. La comida se racionaba, el agua tambiĂ©n.

       Cuatro o cinco dĂ­as despuĂ©s el sexo ya no era una opciĂłn, el olor del contenedor era casi insoportable, aĂşn con el poco aire que salĂ­a de las cortinillas donde se supone que estaba el aparato de aire acondicionado. O todavĂ­a no llegábamos al puerto o no abrĂ­an el contenedor, habĂ­a dejado de sentirse el vaivĂ©n hacĂ­a dĂ­as, «pronto estaremos muertos, ÂżserĂ­a una casualidad o serĂ­a un crimen?, sĂłlo si los cogen», pensaba.

       Quedaban 20 litros de agua, los hombres se levantaron y estaban dispuestos a discutir con los celadores. Uno de ellos empujĂł a un celador y el mundo se le vino encima, los tres celadores comenzaron a golpearlo, la mujer gritaba y Tsingtao la restringĂ­a, el otro hombre regresĂł con su mujer y el viejo observaba desde su lugar. Cuando terminaron de golpearlo, el hombre del suelo no se movĂ­a, la mujer sollozaba casi en silencio, amenazada para que no hiciera más ruido. 

       Los celadores dejaron de ofrecernos agua. Aparentemente las chicas del sexo buscaron otra opciĂłn e hicieron un plan, en la siguiente madrugada, intentaron robarse agua mientras todos dormĂ­amos, yo despertĂ© cuando los celadores las golpeaban, sin piedad, habĂ­a dejado de funcionar el aire acondicionado por la noche, el aire apenas entraba y hacĂ­a un calor insoportable. En un momento de rabia, el marido que no habĂ­a sido golpeado se lanzĂł a la lucha, Tsingtao sacĂł un cuchillo y lo parĂł en seco al hundirle la hoja de acero en el estĂłmago, la mujer gritĂł y se lanzĂł de forma desesperada, no durĂł mucho peleando, Tsingtao la tomĂł del pelo y le levantĂł la cabeza luego de haberla golpeado en el estĂłmago y pateado la cara, le cortĂł el cuello mientras me miraba, siempre me miraba cuando alguna acciĂłn habrĂ­a de generar violencia. En ese momento me vencĂ­, supe que no saldrĂ­a de ahĂ­ y que no morirĂ­a peleando, si bien una parte de mi mente deseaba levantarse, no podĂ­a reaccionar, eran muchos dĂ­as sentados y mi debilidad y deshidrataciĂłn tenĂ­an lo mejor de mĂ­, una vez más, me pasmĂ©, callĂ© y observĂ©, el infierno se hizo aĂşn más insoportable cuando el olor a metal de la sangre atizĂł el contenedor, la sed era inclemente y no sabĂ­a si morirĂ­a de sed, hambre o miedo. El viejo seguĂ­a sentado, se paraba y se sentaba sin proferir sonido alguno, como lo habĂ­a hecho por los Ăşltimos 35 dĂ­as. 

       Hubo quietud, creo que todos pensamos lo mismo, era preferible morir esperando el final que a manos de estas bestias. Mientras recobraba el conocimiento y sentĂ­a que no podĂ­a respirar más, un poco de agua entrĂł en mi boca, no abrĂ­ los ojos, esperaba lo peor. En otro momento se repitiĂł el proceso, no supe más. 

       Sobrevivieron 4 chicas menores de veinte, 1 hombre moribundo, su mujer, 1 hombre de 50, 3 celadores y Tsingtao. 11 de 22. Los otros 11, en altamar, supongo. 

       DespertĂ© en una casa, las paredes eran de madera roĂ­da y tierra remojada, habĂ­a polvo en las ventanas, que estaban tapadas con pedazos de cajas de cartĂłn, tenĂ­a un suero intravenoso conectado a mi antebrazo izquierdo. El viejo del contenedor se asomĂł tras una cortina, me vio y se fue. Una mujer entrĂł a verme, me trajo gelatina de fresa y un vaso de agua con un sabor repulsivo, tenĂ­a que tomar “tragos pequeños”, me decĂ­a una y otra vez, la mujer hablaba cantonĂ©s, impulsivamente busquĂ© mis cosas, en una caja de madera de las que se usan para la verdura estaba mi libro de Crimen y castigo, era todo lo que habĂ­a, yo, desnuda bajo una sábana casi translĂşcida y con pequeños hoyuelos, seguramente causados por grillos o chinches, respiraba…respiraba… eso era lo raro, respiraba. 

       Nunca supe porquĂ© no movĂ­ un dedo para pelear en ese infierno, nunca me he perdonado el haber juzgado a las chicas, que por lo que terminĂł siendo una oportunidad de sobrevivir, se dejaron sodomizar a cambio de comida, pero ¡quĂ© diablos!, venĂ­an de Dongguan, ÂżquĂ© otra cosa podĂ­an hacer? Este episodio amenizarĂ­a mis madrugadas por muchos años. 

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  • La caĂ­da

    La caĂ­da

       Para esa tarde no habĂ­a más lágrimas, aunque sentĂ­a ganas de llorar, no podĂ­a hacerlo más. Luego me habĂ­a quedado dormida y solamente escuchaba los pasos de los gemelos que gritaban a sus anchas y corrĂ­an. EntrĂł Aiko a mi recámara sin tocar la puerta y me dijo que me cambiara, me dio un vestido que habĂ­a sido de mi madre y saliĂł de forma intempestiva. Me di un baño y me arreglĂ©, cuando bajĂ© estaba el señor Hu sentado en la pequeña sala en la entrada del vestĂ­bulo, adornada con los viejos muebles que mi abuela paterna habĂ­a heredado a mi padre, vestigios de una vida mejor. Eran de terciopelo rojo y en la parte de atrás lucĂ­an el sĂ­mbolo del partido comunista. Sobre la mesa de centro estaba el conjunto de tĂ© de jade de mi madre, ese que atesoraba tanto y que decĂ­a habĂ­a sido el orgullo de mi abuela, mi abuela prostituta. En cuanto me sentĂ©, mi padre, sin voltearme a ver se disculpĂł con el señor Hu, porque, y estas fueron sus palabras: “Mi hija Shui Li ha deshonrado a tu hijo Xian Hu, y por ende a tu estirpe. De acuerdo con las reglas sociales, te absuelvo de nuestro compromiso y quedo a tus Ăłrdenes, como tu ciervo y subordinado.” El señor Hu no estaba precisamente enojado, más bien tenĂ­a un aspecto de tristeza. —Shui Li es una deportista de Ă©lite, que me hubiera dado nietos fuertes y valientes, contrarrestando las carencias de mi hijo, pero ante tal afrenta, como mencionas, no podremos continuar con el compromiso. Eres un hombre cabal y tu familia no quedará desamparada, trabajarás para mĂ­ hasta que me pagues tus deudas y luego, el tiempo dirá.   

        No lograba leer la expresiĂłn de Aiko, era todo lo que me importaba en ese momento, ver a la serpiente en acciĂłn, estaba pasiva, servĂ­a el tĂ© con la mirada baja, mientras lucĂ­a un vestido nuevo de seda. ParecĂ­a un robot, sus movimientos mecanizados eran prueba de su falsedad, Âżcon quiĂ©n he crecido todos estos años? Una duda terrible me asaltĂł en ese momento, ÂżserĂ­a capaz? Y si… No tenĂ­a sentido, ella y mamá eran las mejores amigas, crecieron juntas, quĂ© podrĂ­a ella ganar de algo tan terrible. Acababa de cumplir diecisĂ©is años, ÂżcĂłmo podrĂ­a esconder de mi rostro mis sentimientos? —Shui Li, no se te ven muestras de arrepentimiento, creo que esto ha sido una bendiciĂłn para mi familia, veo que has heredado… ComentĂł el señor Hu, al mismo tiempo que una mirada minĂşscula se daba entre Ă©l y Aiko, esa arpĂ­a era capaz de hacer lo que estaba pensando, mi mirada de odio se agudizĂł por un momento, hasta que voltee a ver a mi padre, que me observaba horrorizado. —Shui Li, dĂ©janos con el señor Hu, has hecho suficiente. —Pero papá es que no… No me salieron más palabras, mi conmociĂłn, mi odio, mi sorpresa, todo al mismo tiempo, de nuevo me pasmĂ©. Me levantĂ© y regresĂ© a mi cuarto, no recuerdo mucho más, era como si en ese momento me hubiera convertido en un fantasma, que vagaba de un lugar a otro. 

       â€”Señor Hu, lamento mucho este golpe, tanto para su familia como para la mĂ­a, le garantizo que trabajarĂ© para limpiar esta afrenta entre nuestras familias, hasta el Ăşltimo dĂ­a de mi vida. Fue lo Ăşltimo que escuchĂ©, un rato despuĂ©s escuchĂ© al Señor Hu partir, no escuchĂ© nada hasta el dĂ­a siguiente. 

       Afuera de mi habitaciĂłn estaba el libro de Crimen y castigo en inglĂ©s y un DVD de KILL BILL Vol.1. Los gemelos pasaron corriendo, diciendo “te lo dejĂł tu novio Shui Li”.

       En el sĂłtano de su trastienda, mi padre debatĂ­a con Aiko. —Bo, querido, decenas de nuestros coterráneos han pasado, hecho, mejor dicho, una nueva vida en Mexicali. —Mi hija es un dragĂłn, es un dragĂłn de tierra que abrirá el paso a una generaciĂłn de cantoneses, asĂ­ lo predijeron Ming Li y su madre, se referĂ­an a Shui Li, no debe ser de otra manera. —Yo amaba a Ming Li y Jing Li no sĂłlo fue su madre, tambiĂ©n me crio a mĂ­, no lo olvides, yo tambiĂ©n perdĂ­ a mi familia cuando murieron. TambiĂ©n sufrĂ­ cuando Jing Li tuvo que… TambiĂ©n vivĂ­ el momento en que la desgracia llegĂł, tĂş sabes lo que pasĂł.  Lamentablemente, lo que ellas soñaron no pasará en Dongguan, ni en CantĂłn, donde la sociedad es tan, cerrada. Lo Ăşnico que logrará tu hija aquĂ­ es que un dĂ­a su amiga Kim se la lleve a trabajar, y tendremos otra vez esa vergĂĽenza encima. Además, ÂżquiĂ©n querrá casarse con ella?, para la familia Hu la naturaleza violenta de tu hija era bien recibida, su hijo es un afeminado, además, la estirpe de Jing Li, aĂşn manchada, sigue pesando en CantĂłn. DespuĂ©s de lo ocurrido, Âżcrees que alguien la tomará como esposa?, Âżcuánto tiempo hasta que termine en una fábrica?, Âżcuánto tiempo hasta que golpee a un supervisor que le trate mal? TĂş sabes lo que le pasará si llama la atenciĂłn del gobierno, del ejĂ©rcito. — Pero en Mexicali, La CofradĂ­a hace lo mismo que el ejĂ©rcito. —No llores Bo Guo, sabes que cuenta con la protecciĂłn de los Hu, ¡que dejes el llanto digo! Será bien recibida… y si, su destino es ese, lo mismo será aquĂ­ que allá, pero allá al menos tendrá la oportunidad de empezar de cero. Tu dragĂłn ha muerto para CantĂłn. —Han pasado cuarenta años desde el desafĂ­o de la viuda Jing Li, tu padre estuvo ahĂ­, le juraste a Ming Li, le juramos juntos… Jing Li no supo aprovechar la oportunidad que tenĂ­a, Ming Li era dĂ©bil, Shui Li está marcada, acepta el destino que te forjaste al casarte la primera vez. —No sĂ© quĂ© harĂ­a sin ti, no sĂ© que harĂ© sin Shui Li. 

       Pasaron varios dĂ­as en los que nadie me dirigĂ­a la palabra, supe por lo que escuchaba tras las paredes que mi padre habĂ­a entregado su negocio al señor Hu y ahora trabajaba para Ă©l, se iba temprano y regresaba tarde. Aiko arreglaba la casa y se llevaba a los gemelos por las mañanas, ni siquiera me pedĂ­a que lavara ropa o atendiera a sus hijos. Una semana despuĂ©s, salĂ­ de la casa al quedarme sola y me percatĂ© que todos en el vecindario me veĂ­an, pero nadie me hablaba, cuchicheaban, pero no me dirigĂ­an el saludo. Kim fue la Ăşnica que se me acercĂł, claro, la puta, todavĂ­a veĂ­a en ella a mi amiga de la infancia, pero no era ni la sombra de aquella niña. —No debes temer lo que viene Shui Li, no has hecho nada malo, muchos te vieron, pero las cosas en CantĂłn no cambian, seguimos siendo un pueblo bárbaro. Regresa a tus entrenamientos y sĂşmete en tus cosas, todo pasará. En ese momento mi mente y cuerpo vibraron de necesidad, fui por mis guantes y ropa deportiva y salĂ­ de la casa. EntrenĂ© los dĂ­as subsecuentes a diario, en el gimnasio me hablaban poco, pero los entrenadores me seguĂ­an dejando entrenar, asĂ­ pasaron algunos dĂ­as hasta que la entrenadora me pidiĂł ir a su oficina. Como era de esperar de una exboxeadora olĂ­mpica, su medalla de bronce en la olimpiada de 1988 relucĂ­a en el centro de su anaquel tras su escritorio, junto con muchos trofeos. —Tu padre dejĂł de pagar tu entrenamiento hace varias semanas Shui Li, te puedo seguir entrenando porque yo no te voy a hacer a un lado, pero debes entender, que en los torneos subsecuentes no podrás participar, el gobierno no ha tomado tu carta aĂşn y para hacerlo se requiere la firma de tus padres, ayer hablĂ© con Aiko y me dijo que no firmarán. Me enojĂ©, me enojĂ© mucho, los siguientes dĂ­as salĂ­a de la casa a las 8:00 AM y regresaba a las 4:00 PM, como si me preparara para la olimpiada. DejĂ© ir libre a mi ira en el boxeo, durante las prácticas de sparring noqueĂ© a una candidata olĂ­mpica mayor que yo, de nuevo la entrenadora me pidiĂł que fuera a su oficina. —Pero ÂżquĂ© te pasa a ti? Dije que podĂ­as seguir entrenando, pero si no vas a competir de nada me sirves, y por más buena que te creas, de nada sirve noquear a tus compañeras en una sesiĂłn de sparring, no sĂ© quĂ© te ha pasado en casa ni me importa, pero si no te controlas tendrĂ© que cerrarte las puertas, estás aquĂ­ por la promesa de lo que puedes ser, pero por el momento no me agregas ningĂşn valor, Âżte queda claro? AsentĂ­ maquinalmente, di las gracias con toda la hipocresĂ­a de la que era capaz y regresĂ© a entrenar. No pasaron dos dĂ­as y ya me habĂ­an echado del gimnasio, hice sparring con una ex peleadora profesional y despuĂ©s de haber recibido una combinaciĂłn, de un gancho izquierdo me mandĂł a la lona, cambiĂ© mi guardia a izquierda, ella pensaba que era derecha porque asĂ­ habĂ­a entrenado el Ăşltimo año, cayĂł fulminada con un gancho al hĂ­gado. No entrenĂ© más.

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       Recuerdo llegar a casa, pero de nuevo no recuerdo haber visto ni oĂ­do nada en el trayecto, iba cegada de coraje, lágrimas salĂ­an de mis ojos, ya no habĂ­a tristeza, querĂ­a ver el mundo arder. Todo cambiĂł cuando al llegar vi a mi padre sentado en una silla afuera de la casa, sus ojos estaban rojos de haber llorado, sostenĂ­a una pintura a tinta de un dragĂłn, la pintura que mi abuela materna, la puta, le regalĂł a mi madre el dĂ­a en que nacĂ­. No me habĂ­a percatado de que era domingo, por eso mi padre estaba en casa, antes los domingos hacĂ­a las cuentas del negocio en la mesa de la cocina, ya no hacĂ­a cuentas porque ahora tenĂ­a un empleo, y yo era la culpable. Sus ojos me trajeron de inmediato al presente, como un shock elĂ©ctrico, me parĂ© y le observĂ© unos segundos, su mirada al suelo me decĂ­a que algo más habĂ­a pasado. —Hija, cámbiate y come, tenemos que hablar contigo. Aiko esperaba sentada en la sala, limpiando el preciado juego de tĂ© de jade de mi madre, lleguĂ© a la habitaciĂłn, de nuevo, temblando de furia. DespuĂ©s de darme un baño y ponerme ropa limpia me sentĂ© en la sala y esperĂ© a que mi destino se volcara en mĂ­. 

    —Hija, las cosas aquĂ­ no pintan bien para ti. —Pero ÂżquĂ© crees que hice papá?, no hice nada, los compañeros se fueron, no podĂ­a venir, no hice nada. —La decisiĂłn es final, tengo un primo segundo. —¿De quĂ© hablas papá? —Tengo un primo en MĂ©xico, hay una asociaciĂłn que ayuda a chinos en el exilio, hemos decidido… —¿QuiĂ©nes? TĂş eres mi padre, solo tĂş. —Aiko te ama como si fueras su hija, debes entender, te irás a MĂ©xico a comenzar de nuevo. —¿QuĂ©? ÂżY mis estudios? ÂżY mis amigos? ÂżY mi vida? —DespuĂ©s de lo que ha pasado con los Hu, tu vida será otra, ni siquiera en los deportes podemos augurarte el favor del partido comunista, recuerda que el tĂ­o del señor Hu es el patriarca del partido aquĂ­ en CantĂłn, para ellos ha sido una afrenta muy grave. —¡No hi-ce naa-daa! — ¡Calla! No sigas lastimando a tu padre, dijo Aiko. —Desafortunadamente eso es lo que menos importa hija, solo velamos por tu bien. —¿QuiĂ©nes? TĂş eres mi padre. 

       La mirada de Aiko estuvo en blanco durante toda la plática, parada estoicamente detrás de mi padre. Pero en un Ăşltimo segundo, en el que la comisura de sus labios se torciĂł y pude ver unos ojos llenos de odio, supe cuál era la respuesta a mis preguntas, tendrĂ­a que probarlo, debĂ­a probar que ella habĂ­a matado a mi madre, de alguna forma. En eso, como un impacto en un diapasĂłn, mi cerebro vibrĂł de nuevo, MĂ©xico habĂ­a dicho, ÂżquiĂ©n vive en MĂ©xico?

    —Soy tu hija, ÂżcĂłmo puedes? —Tu padre se está enfermando por esta decisiĂłn y es la Ăşnica forma de salvaguardar su honor y de que los gemelos tengan acceso a una vida mejor, Âżes que solo piensas en ti? 

    De nuevo callé, callé porque no supe qué decir, de nuevo, me pasmé.

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  • El Ăşltimo dĂ­a

    El Ăşltimo dĂ­a

    —IncreĂ­ble que creas que siempre te puedes salir con la tuya, tu padre trabaja largas jornadas, yo le ayudo todo el dĂ­a y tĂş solo le ayudas a cerrar el puesto, ¡quĂ© ingrata eres! —Aiko, ayudo todos los dĂ­as en casa, me levanto a las 5:00 de la mañana a hacer desayuno a tus hijos… —Tus hermanos dirás, ni siquiera los incluyes, los haces menos y ellos te veneran como su hermana mayor, tu padre siempre preocupado por ti, y mis hijos en segundo tĂ©rmino. —Mi padre los ama Aiko, y yo me hago cargo de ellos, sĂłlo salgo al instituto y a las prácticas, no salgo con amigos. —Pero no pierdes oportunidad de deshonrar a tu padre con ese americano. —Peter es mi amigo, nunca he tenido novio ni me he besado con nadie, creo que soy la Ăşnica de toda la escuela a la que han prometido en matrimonio y eso no significa que no pueda tener amigos. —¿Te atreves a levantarme la voz? ÂżDespuĂ©s de todo lo que hago por ti? ÂżPor esta familia? —Aiko… harĂ© lo que me pides, pero hoy es el Ăşltimo dĂ­a de clases, quiero pasar un rato con mis amigos —Dirás, amigo… —Iremos todos a la plaza despuĂ©s de clase, sĂłlo será un rato. —Haz lo que te pido y no dirĂ© nada a tu padre. —Mi padre me ha dado permiso, pero debĂ­a tener el tuyo tambiĂ©n, te agradezco Aiko, llegarĂ© a tiempo para hacer lo que me pides y harĂ© de cenar a los gemelos. —No demores. 

       Pensaba que Aiko sufrĂ­a mucho por la muerte de mi madre y el abandono de su primer esposo y por eso era tan dura, desde que mi madre muriĂł ella estuvo ahĂ­ para ayudar a mi padre en el funeral, mi madre habĂ­a sido su mejor amiga y desde niñas eran inseparables. Cuando yo era pequeña, ella cuidaba de mi padre y de mĂ­ cuando mi madre estaba enferma, que era casi todo el tiempo. Luego nacieron sus gemelos y se separĂł un tiempo de la familia. Durante esa Ă©poca mi madre tuvo mejor salud y los tres pasábamos el dĂ­a en la tienda de telas de mi padre, nos divertĂ­amos mucho, son los mejores recuerdos de mi infancia. Cuando mi madre enfermĂł de nuevo, Aiko ya habĂ­a regresado a la familia, el hombre con el que se habĂ­a ido desapareciĂł, nunca se hablĂł mucho del caso, sĂłlo sabemos que ella sufrĂ­a y mi madre siempre estaba consolándola, decĂ­a que era su hermana del alma, no pasaron muchos meses antes de que madre enfermara y un dĂ­a, asĂ­ como asĂ­, no despertĂł. Su vĂłmito negro se transformĂł en una espuma blanca, blanca como su piel, traslĂşcida y firme, su cara de sufrimiento al morir quedo tatuada en mi memoria, como Ăşltimo recuerdo. La enterramos con su vestido de encajes blanco y una peineta de jade que ella atesoraba, pertenecĂ­a a mi abuela, de la que no se hablaba en la casa. Fue despuĂ©s que me enterĂ© que mi abuela habĂ­a sido una más de las prostitutas de Dongguan y habĂ­a muerto asesinada, me lo dijo Aiko en un arranque de coraje, de esos que le daban cada vez con más frecuencia, decĂ­a que por eso era tan dura conmigo, porque querĂ­a llevarme por el buen camino y temĂ­a que fuera a resultar como mi abuela. Al morir mi madre, Aiko empezĂł a venir a casa a diario a preparar la comida y hacer compañía a mi padre en la tienda, junto con los gemelos y yo. Al tiempo se casaron, yo estaba en la escuela, me tocaba atender a los gemelos y llevarlos a sus clases, hubo cierta funcionalidad en la familia. Cuando cumplĂ­ doce años, Aiko convenciĂł a mi padre de prometerme con un hijo de la familia Hu, una familia adinerada que a veces hacĂ­a prĂ©stamos a mi padre. Prometer en matrimonio a los hijos ya no es comĂşn en CantĂłn, pero Aiko decĂ­a que esas buenas costumbres mantenĂ­an la fibra social, que tan desgastada estaba en Dongguan por la prostituciĂłn y el libertinaje. Mi padre aceptĂł este acuerdo, la señora Hu era buena amiga de la juventud de mi madre y de Aiko, eso habrá ayudado, supongo. Cierto dĂ­a llegaron a la casa los papas de Xian Hu, mi prometido, que tenĂ­a diecisĂ©is en ese tiempo, la visita era para que nos conociĂ©ramos y que se cerrara el pacto de matrimonio con mi padre. Cuando yo cumpliera los diecisiete nos casarĂ­amos, Xian Hu no era feo, sĂłlo un poco raro y callado; es el menor de los tres hijos del señor Hu, era un poco gordo, pero no era feo.

       Luego de que Aiko se fue al puesto de telas, la mañana se dio sin contra tiempos, servĂ­ desayuno a los gemelos, los dejĂ© en la escuela y me fui a clases. Peter me estaba esperando a la entrada del instituto, tenĂ­a una caja de twinkies para el desayuno, un desayuno americano, decĂ­a Ă©l. Los comimos debajo de un eucalipto mientras Peter me platicaba de la pelĂ­cula que habĂ­a visto la noche anterior: True romance.

    —Te digo que hay casos donde lo que hablamos es real, toma el caso del chulo de Alabama, no podĂ­a quedar vivo para que la historia siguiera, era un delito sĂ­, pero era un delito moralmente correcto. —Ja, eso no existe Peter, el delito moral es una cosa que se inventaron tĂş, RaskĂłlnikov y los infames ingleses que exterminaban indios en tu tierra. —A ti no te parece del todo mal. —Pero me aterra que lo sienta correcto, he sido entrenada en artes marciales desde los 4 años, la violencia no es para hacer daño. —Pero si es para defender, entonces es correcto usarla para defender a alguien. —Ya te dije que no soy el señor Miyagi y no serĂ© tu sicaria, debes ser amable y no andar por ahĂ­ causando problemas. —Me burlaba de ti —Y me encarguĂ© de eso, y mira ahora cĂłmo me vas a extrañar cuando no puedas vivir sin mĂ­ en San Antonio. —Vamos tarde a clase, muĂ©vete Bruce Lee que es mi Ăşltimo dĂ­a y no quiero dejar un mal precedente. —El que tiene un trasero gordo eres tĂş, señor super size, corre. 

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       Unas nubes se formaron esa mañana en Dongguan, el cielo se oscureciĂł de forma brusca, violenta podrĂ­a decir. Al terminar la clase de historia se iban escuchando algunos truenos, cada que tronaba, algĂşn payaso hacĂ­a un ruido en clase o algĂşn cerdo simulaba una flatulencia. Al salir de clase estaba lloviendo a cántaros y como habĂ­amos quedado, habrĂ­amos de ir a la plaza, ya nos habĂ­amos empapado asĂ­ que nadie se preocupĂł por traer plásticos para taparse. Cuando llegamos ahĂ­, la lluvia se habĂ­a acentuado y la mayorĂ­a se fue a casa. Quedamos algunos bajo el kiosko del parque viendo el cielo caerse a cántaros. Hablamos un rato, los que quedaban vivĂ­an del lado del rĂ­o al que quedaba la escuela, todos excepto yo. Esperamos que pasara la lluvia porque el puente estaba cerrado. La lluvia no paraba, asĂ­ pasamos algunas horas. 

       â€”QuĂ© vas de que esto no es mas que la naturaleza diciĂ©ndote que te quedes a vivir en Dongguan. —QuĂ© vas de que esto no es que mas que la naturaleza diciĂ©ndote que Dongguan apesta y que debes moverte a Texas. —Eh, el tiempo dirá. ÂżQuĂ© es lo que más te ha sorprendido de CantĂłn? — ÂżAparte de la cantidad de prostitutas? —Obvio, ¡cerdo! —Pues que viven en el medievo, el que estĂ©s prometida a un tipo mayor que ni conoces, por ejemplo. —A veces me sorprendo yo misma, cuando escucho a los grandes hablar del pasado y luego analizando los tiempos en que vivimos, me tranquiliza saber que no tengo que vivir las inclemencias del amor o que no tendrĂ© que recorrer las fábricas buscando trabajo como lo hacen los universitarios reciĂ©n graduados, me casarĂ© y tendrĂ© responsabilidades, eso es todo. Mi padre ha hablado con la familia Hu, y si estoy en posibilidades de ir a la olimpiada, estará bien que no me embarace hasta entonces. —¿Pero te estás escuchando? Es lo más arcaico que he escuchado en toda mi vida, y eso que vivo en Texas. TĂş no eres la clásica niña de pueblo, sabes kung fu. —Judo y box. —¡Eso! Además, sabes cosas, lees, Âży si te aburres con el gordito ese? ÂżQuĂ© vas a hacer? —No lo sĂ©, pero no me cae mal, es amable, aunque lo he visto pocas veces, dicen que es aplicado en la escuela y que es muy tranquilo y trabajador, no estoy preocupada. —Locos están los chinos de CantĂłn. Tengo un disco nuevo, lo comprĂ© ayer, Âżlo escuchamos?, es un grupo nuevo, te va a gustar, se llama MY CHEMICAL ROMANCE, escucha…

       Mientras tanto, no paraba de llover y yo no podĂ­a dejar de pensar en mi compromiso con Aiko, y si bien suponĂ­a entenderĂ­a que estaba cerrado el puente, con ella nunca se sabĂ­a. Jamás hubiera imaginado que, en una de las ventanas frente al parque, desde uno de los apartamentos de lujo, estaba viĂ©ndonos y tomándonos fotos. En esos apartamentos de lujo vivĂ­a una de sus amigas de dinero, prima del señor Hu, y precisamente se habĂ­an juntado para hablar de mĂ­ y de mi futuro, o en retrospectiva, para espiarme.

       Las horas pasaron y rĂ­os de agua pasaban por las calles, los relámpagos y las centellas no permitieron que viera que la noche habĂ­a llegado y mi plática con Peter, la Ăşltima, me mantenĂ­a el hueco en el estĂłmago en orden, evitando asĂ­ que vomitara del nervio. HabĂ­a poco que hacer, era imposible ir a casa hasta que todo pasara, por un momento decidĂ­ dejarme llevar, olvidar mis obligaciones, mi deber familiar, el futuro de mi padre, los gemelos, de Aiko y curiosamente, no me preguntaba en ese momento acerca del mĂ­o, como si no existieran posibilidades.

       Minutos despuĂ©s, Peter cambiĂł el disco que escuchábamos a un mixto de David Bowie, escuchamos en silencio hasta que perdimos el conocimiento, entrĂ© en un sueño, o al menos asĂ­ lo recuerdo, profundo y plácido. DespertĂ© en la madrugada y la tormenta habĂ­a pasado, habĂ­a gente en el parque que nos observaba, todavĂ­a traĂ­an impermeables y botas de hule, algunos tenĂ­an bolsas de plástico cubriendo sus zapatos, barrĂ­an o recogĂ­an escombro, pero todos nos veĂ­an. Estaba clareando y sonaban algunos pájaros, a pesar de que habĂ­a quietud, un vacĂ­o se fue formando en mi estĂłmago de manera vertiginosa, explosiva. PeguĂ© un salto —¡Peter! Me matará Aiko, debo irme. —¿QuĂ© dices?, vámonos, tranquila, te acompaño, es muy fácil de explicar, no habĂ­a manera de salir de aquĂ­ anoche. —¡No!, vete a la casa de tus mentores, yo irĂ© a la mĂ­a, luego te buscarĂ©, antes de que te vayas. —¿CĂłmo crees?, claro que no. —AdiĂłs. 

       CorrĂ­ a toda velocidad, la verdad, aunque no hubiera estado el suelo mojado, Peter no tenĂ­a posibilidad alguna de alcanzarme, corrĂ­ sin descanso hasta llegar a casa. Al llegar pude ver a mi padre en la puerta, su semblante no era de enojo sino de miedo, lleguĂ© corriendo y le abracĂ©. —¿DĂłnde estabas hija? Te he esperado toda la noche, Âżcon quiĂ©n estabas? —Estaba con los amigos del instituto papá, nos alcanzĂł la lluvia y nos quedamos en el kiosko cercano a la escuela, el puente estaba cerrado, pensábamos que nunca pararĂ­a de llover, fue sorpresiva, ni siquiera estaba en los reportes meteorolĂłgicos. Mi padre me observĂł con dureza, esa mirada quedarĂ­a indeleble en mi memoria. —¿Con quiĂ©n dices que estabas? —Con los compañeros de clase, te comentĂ© y tĂş me diste permiso, tambiĂ©n Aiko me dio el suyo. Aiko saliĂł tras la puerta, nunca habĂ­a visto la verdadera crueldad en sus ojos, lo que antes veĂ­a en ellos y en ese entonces no alcanzaba a discernir, era vil y llana falsedad. —¿Estás segura de que estabas ahĂ­? ÂżCon compañeros de clase? —Aiko, discĂşlpame por favor, he fallado a tu encargo, pero sĂłlo porque la lluvia no me permitiĂł salir hasta este momento. En ese momento mi padre agachĂł la mirada y se metiĂł a la casa. Pasaron unos segundos y pude ver claramente como se agudizaba el odio en la mirada de Aiko. —Eres una puta mentirosa, siempre supe que tenĂ­as la sangre de tu abuela prostituta, se lo he dicho a tu padre por años, ahora con tu comportamiento le has traĂ­do vergĂĽenza y deshonra. Mira con tus propios ojos, aquĂ­ está la foto donde con estás abrazada con el americano ese, ¡lo sabĂ­a!, y asĂ­ es como finalmente acabas con la esperanza de tu padre, en la tarde vendrá el señor Hu a deshacer el compromiso que tenĂ­a a tu padre apenas por encima de la bancarrota. Toda la colonia sabe que no eres mas que una puta más, otra puta en Dongguan. 

       Las lágrimas me habĂ­an empezado a brotar involuntariamente desde que mi padre agachĂł la mirada, pero despuĂ©s un odio fulgurante se originĂł en mi estĂłmago, dirigido hacia Aiko, ella habĂ­a tomado las fotos con su cámara, era su cámara, ella habĂ­a torcido todo, ella habĂ­a manipulado todo, hubiera querido decirle algo, pero no lograba formular ni una palabra, me quedĂ© pasmada, viĂ©ndole a los ojos. PodĂ­a ver su gozo, un placer anidado en lo que ahora sabĂ­a era un corazĂłn negro y podrido. Luego di la media vuelta y me dirigĂ­ a mi cuarto, las lágrimas no cesaban, recordaba con dolor la mueca de mi padre y querĂ­a hacerle daño a Aiko, la hubiera podido matar. 

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  • Del diario de Shui Li, junio 27 de 2004

    Del diario de Shui Li, junio 27 de 2004

       Si mi mamá viviera, no hubiera escrito un diario. Si mi papá no se hubiera vuelto a casar, hubiera escrito más seguido. Si yo estuviera muerta, no habrĂ­a nada y este diario estarĂ­a en las manos de otra tonta llorando su desahogo a su amigo imaginario. 

       Tengo dos años sin escribirte, pero podrás verificar en tus primeras páginas cĂłmo pensaba que serĂ­a mi vida al llegar a mis diecisĂ©is, irĂ­a al instituto y me graduarĂ­a con honores luego de participar en la olimpiada de Atenas, serĂ­a la primera cantonesa en ganar una medalla de oro en judo, aquĂ­ en CantĂłn el judo no es muy apreciado, es un deporte japonĂ©s, pero mi padre y Aiko estarĂ­an finalmente orgullosos. Esas eran mis expectativas en el año nuevo del 2000, cuando escribĂ­ en ti por primera vez. DejĂ© el judo hace dos años, cuando me descalificaron en la primera eliminatoria para la olimpiada que, por uso excesivo de la violencia, mi competidora me estaba poniendo una golpiza y era dos años mayor que yo, le ganĂ© bien, pero explĂ­caselo a los dementes del comitĂ© olĂ­mpico de China. HabĂ­a dos oportunidades más, pero Aiko dijo que era muy costoso y que sus hijos tambiĂ©n merecĂ­an oportunidades, mi padre aceptĂł. PensĂ© que mi vida se acababa, yo querĂ­a seguir luchando por ese lugar, pero supongo que Aiko solo buscaba que las cosas fueran justas. Finalmente, el mundo no se me vino encima como en ese momento pensĂ©, y hoy en mi cumpleaños, estoy bien. Ayer tuve competencia de box, me reconocieron como la mejor boxeadora menor de diecisĂ©is en el condado de Dongguan, eso debe contar en algo, si bien, no estoy en Atenas ahora mismo, siempre puede haber un 2008 y ni más ni menos, un Beijing 2008, en box, que es mucho más competido que el judo, solamente tengo que ganarle a unas 5,000 competidoras más, pero los cursos los paga el gobierno.

       No te habĂ­a escrito en dos años, reconozco mi falta de carácter, pero no tenĂ­a ganas de escribir. Aparte de ser un dĂ­a especial, tenĂ­a la necesidad de escribir porque estoy leyendo el libro al que me ha instado leer Peter, mi amigo americano de intercambio, ya que está haciendo un proyecto escolar acerca de Ă©l. Trata de un chico que intenta justificar un asesinato, ÂżcĂłmo se puede justificar matar a alguien?, ÂżcĂłmo justificarĂ­a yo a quien matĂł a mi abuela? Si se asesina por dinero, Âżestá bien? La verdad es que no lo entiendo muy bien, para Peter, como buen norteamericano es fácil hablar de ello, dice que las armas son un derecho de la gente allá, que Ă©l tiene incluso una escopeta que le regalĂł su papá a los doce años. El personaje del libro piensa que si se hace con ello un bien a la humanidad, es correcto beneficiarse de un asesinato. Necesito digerirlo, Âżpuede ser que quien mata a una puta de Dongguan haga un bien? Se compara un asesinato con las matanzas en las guerras, como las de NapoleĂłn, o como los nazis, que justificaban sus crĂ­menes por el bien del pueblo. Por ejemplo, aquĂ­ en los libros de historia se habla de la grandeza de Mao y del partido comunista, pero no de los muertos. Visto desde los libros de historia me parece una aberraciĂłn, pero visto desde el punto de vista de RaskĂłlnikov, el personaje del libro, me hace sentido y eso me asusta. El que una supuesta moralidad te dĂ© derecho a terminar la vida de un ser humano suena horrible, pero, Âżpor quĂ© me hace tanto sentido? Si pudiera, por ejemplo, desaparecer a Hiro, el padrastro de Kim, que la obliga a prostituirse para seguir manteniendo el hogar luego de que encontraran a su mamá estrangulada, considerando lo leĂ­do, pienso que lo harĂ­a. La lĂłgica de “Crimen y castigo” me hace sentido cuando se trata de alguien que ha matado a una persona inocente, como a mi abuela o a la mamá de Kim. Y aunque a mĂ­ nadie me ha violado, mi padre me ama, he encontrado un deporte donde me siento bien y creo que podrĂ­a llegar a cumplir mi sueño olĂ­mpico, por alguna razĂłn, me he quedado pensando demasiado en esto. He hablado con Peter de ello, Ă©l dice que si viviera en Texas sufrirĂ­a menos por sentirme asĂ­. Te dejo, pero prometo regresar pronto, en unos dĂ­as quizá, despuĂ©s de que se vaya Peter a AmĂ©rica, como Ă©l le dice. No tengo muchos amigos con quien hablar y vendrĂ© a consolarme contigo seguramente. TambiĂ©n sĂ© que Aiko te leyĂł, pero ahora te esconderĂ© mejor. 

    Te escribo pronto, querido diario. 

    Shui Li

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